Los Quilmes - XIII - El destierro

¿Resistir hasta la primavera?

  El ejército -alrededor de quinientos soldados- debía aprovechar el invierno que estaba comenzando para hacerse fuerte y llegar a la segunda etapa de la ofensiva con la mayor seguridad del triunfo. La primera incursión y aquella batalla de tres días, en 1659 -durante la primera campaña militar de Mercado y Villacorta-, cuando los quilmes echaron literalmente a los soldados españoles de su territorio en la quebrada de Omakatao, habían servido para tomar los recaudos y los cuidados extremos. Debían encarar, además, un profundo análisis de la técnica de los guerreros indígenas y un exhaustivo repaso de las artes de la guerra que había aprendido el militar catalán. Todo los conocimientos científicos sobre estrategias defensivas y ofensivas estaban ahora puestas a prueba frente a un enemigo francamente desconocido, cuya rebeldía sin medida lo volvía sanguinario. 
  En fin, luego de rehacer pormenorizadamente sus fuerzas humanas y técnicas, el capitán de guerra dispuso, varias semanas después, un nuevo movimiento ofensivo sobre los quilmes. Irían por los nativos que se escondían en las montañas, aunque en realidad era un manera de notificarlos que el ejército seguía -y seguiría- todavía allí, esperando el agotamiento de sus fuerzas. ¿Cómo hacerlo, cómo saber dónde estaban esperando al acecho, detrás de qué peña, cómo saber cuántos eran y cuáles eran definitivamente sus escondrijos? En verdad, la incursión era una cacería mortal para ambos bandos. Lo único más o menos visible eran los pucarás, pero ellos justamente eran lo de mayor inaccesibilidad. En cada una de estas fortalezas había una parte del pueblo, que por supuesto debía estar especialmente defendido por los mejores guerreros. Pero esta vez Mercado y Villacorta había arrimado los cañones para asegurar el amedrentamiento de los indígenas. Por otra parte, había equipado mejor a sus hombres para defenderse de las agresiones indígenas. A cada uno, en efecto, lo había provisto de una armadura de acero que protegía todo el cuerpo de las ráfagas de flechas y lanzas, sobre todo de las flechas envenenadas -como la que mató a Diego de Rojas-, que caían desde las grandes rocas que amparaban a los indios en la montaña. Los militares subirían armados de mosquetes y ballestas, además de los potentes arcabuces y una jauría de perros mastines, expertos en olfatear la guarida del enemigo. Pero todo ese pertrecho bélico poderoso no alcanzó para doblegar a los quilmes. Tronaron los cañones sobre sus rocas sagradas, el bombardeo mordisqueó sus montañas, las tropas escalaron hasta donde el clima y el monte les permitieron, pero ellos no aparecieron. Unos pocos guerreros hicieron frente a la soldadesca para proteger a la mayoría que, al contrario, huyó hacia arriba. Se perdieron en las quebradas y en las cañadas, con sus niños, mujeres, ancianos y heridos, en el nudo de las sierras que se multiplica hacia el poniente, hasta el valle contiguo de El Cajón. 
  El frío no cedía, el invierno se había instalado con toda su virulencia en las cumbres heladas y el hambre apretaba más y más a los estómagos. El cacique Yquisi apostó a la resistencia de su gente para pasar el frío y aguardar con el menor gasto de energías la llegada de la primavera, el calor que reconstituiría a su pueblo o lo que quedase de él. Por lo demás, no había otra alternativa en la encrucijada. Bajaban al destino de destierro y esclavitud o esperaban los primeros calores aun a riesgo de morir en el intento. Los pucarás que circundaban la ciudad sagrada, así como ella misma, quedaron despoblados. Pero si había posibilidades de sobrevivir era precisamente porque la histórica experiencia de la guerra les había enseñado a construir iguales fortalezas defensivas en muchos cerros de los alrededores de su asentamiento. Esa reserva, dotada además de algún acopio de alimentos -que habían aprendido de los tampus, una suerte de pequeño depósito de provisiones comestibles que los incas construyeron a lo largo y ancho de su red caminera para abastecer a los funcionarios y pueblos vasallos que la usaban-, fue el verdadero reaseguro de su subsistencia en ese atroz invierno del que salieron, de todos modos, maltrechos y con numerosas muertes entre su gente. 
  Abajo, en el valle donde habían dejado sus casas, talleres, animales y cultivos, el ejército conquistador había ocupado con paso firme el territorio, aunque antes de la huida de los quilmes a las cumbres el jefe español había mandado a los ganados a comer el producto de la tierra, todos sus sembradíos serían pasto tierno de los animales de la tribu y de otros pueblos que las tropas habían traído para alimentarse. Sólo quedaron los campos desnudos y yermos, como antes de que les hubiera costado tanto esfuerzo trabajarlos, regarlos y domesticarlos para el cultivo. Todo servía para medrar el ánimo del enemigo, aunque él estuviera ausente. No importa, lo esperarían para derrotarlo de una vez y para siempre. 

Comienza el calvario

  Las fuerzas armadas sirvieron -sirven- para eso: para impulsar y asegurar un proyecto político cuando el diálogo y la negociación pacíficos fracasan. Ahora también estaban cumpliendo esa misión. Los valles calchaquíes eran, en efecto, el último baluarte de resistencia casi indoblegable de los indígenas en la ruta que el virreinato del Perú necesitaba trazar entre Lima y el puerto de Buenos Aires, de cara al océano Atlántico, conocido en esa época como el Mar del Norte. Era un foco de rebeldía que llevaba ya unos ciento treinta años de insurrección y había que darle -a juicio del ejército conquistador- una solución definitiva que permitiese el control absoluto de la región. Si los españoles llegaban a controlar estas altas tierras, sus leguas interminables serían además repobladas para beneficio propio, como el mejor estímulo a aquellos colonos que tuvieran el coraje de asentarse y enriquecerse con toda la actividad económica que allí podía desarrollarse. 
  Algunas pocas familias quilmeñas quedarán sirviendo a los grandes terratenientes y encomenderos de la llanura tucumana. Casi todos morirán despacio, con la muerte lenta e irremediable de las aguas palúdicas de los llanos de la zona de Ibatín, una endemia imposible de erradicar, al punto que estallaría como una peste veinte años después y obligaría al traslado de la ciudad de San Miguel de Tucumán de ese lugar. La mayoría de los quilmes seguirá la procesión sin retorno hasta la ribera del río de la Plata, casi mil quinientos kilómetros caminando con los pies encadenados. Será para muchos la ejecución lenta e imperceptible de una condena de muerte. Muchos indígenas, en efecto, morirían en el viaje interminable. Algo más de la mitad de los dos mil habitantes de la ciudad sagrada que habían salido del valle de Yocavil llegarán a la reducción indígena rioplatense. Los demás caerían en el camino, muertos de fatiga, de hambre o sed, de enfermedades nuevas que su sistema inmunológico desconocía. Otros murieron de tristeza, ahogados en la angustia que los colmaba en cuerpo y alma. Las mujeres se iban de la vida detrás de la muerte de sus hijos, pequeños cuerpecitos, débiles para resistir tanto dolor y tanta contaminación extraña. Habían bajado por la quebrada del Portugués, que era la ruta de pendientes suaves y un descenso más tranquilo del río Pueblo Viejo que baja por allí desde la montaña. Era, además, el camino elegido por indígenas y españoles, aun por los incas para mantener contactos diplomáticos con los pueblos de la llanura que no habían sido incluidos en la férula imperial. A partir de allí, sí, todo sería desconocido y extraño para el mundo de los quilmes, ceñido como estuvo siempre a las alturas de los valles calchaquíes. Ahí empezó el verdadero calvario del pueblo desterrado. Ahí tuvo lugar la separación definitiva y sin regreso de aquellas pocas familias que quedaron en las inmediaciones de llano tucumano. 
  No hay, es cierto, evidencias históricas claras que den certeza sobre lo que puede llamarse “la ruta del destierro”. ¿Cuál fue el camino que eligió el ejército español para trasladar al pueblo calchaquí? Las conjeturas científicas más serias coinciden, sin embargo, en que la marcha continuó un poco más por las tierras paralelas al cordón montañoso, que estaría acompañándolos desde la lejanía celeste hacia el sur. Los primeros tramos fueron de un paisaje de suelos fértiles y vegetación más o menos generosa que les permitió, así como con la diversidad de animales que cazaban, sobrellevar la carga del desarraigo en las prolongadas estaciones de varias semanas o meses que demandaba cada campamento. La tierra hospitalaria de los capayanes, al sur del Tucma, sobre las márgenes del río Medinas, fue un verdadero bálsamo para los primeros caídos por la fiebre del paludismo que los había infectado en su paso por la zona endémica. En los dominios de la tribu del legendario cacique Canamico, que opusiera un siglo antes su coraje a las primeras entradas de los españoles en el sur tucumano, murieron algunas decenas de quilmeños, pero se levantaron otros tantos para seguir la peregrinación con los cuerpos debilitados. A esa altura del antiguo Tucumán, el ejército español de Mercado y Villacorta que escoltaba la marcha del destierro dispuso desviar abruptamente la ruta hacia el este, en un ángulo de casi noventa grados para cruzar transversalmente este territorio y penetrar en la incandescencia estival de las tierras santiagueñas. Ingresaron, en efecto, al viejo camino real de los incas en lo que fuera la provincia indígena de Concho, sobre el río Dulce, a la altura de la actual capital de Santiago del Estero, donde la Ciudad del Barco, fundada por Juan Núñez del Prado, exhibía ya más de un siglo de vida. Básicamente, sobre su trazado se diseñó mucho después la ruta nacional N° 9. El paso era lento bajo las llamaradas del sol que agrietaba y resecaba el suelo estéril. Los hombres callaban y las mujeres gemían la sed de los niños. Hasta los pechos de las madres se secaron de leche y empezó a sobrevolar otra vez la negra ave de la muerte. La desesperación les preguntaba cuándo terminaría ese tormento, pero nadie podía saber que recién había comenzado el camino de la sal. Las primeras blancuras habían comenzado después que cruzaron lo que había sido la provincia indígena de Salabina, a la altura de las estribaciones de San Pedro de Guasayán. Miraban el horizonte y un extraño efecto blanco que resplandecía desde la tierra les parecía un paisaje conocido, semejante a aquellos inconmensurables salares de las altas montañas calchaquíes, cuando escalaban aquellas cumbres para cazar o buscar metales -preciosos o no- que sirvieran para la metalurgia doméstica que practicaban. El último curso de agua que habían visto y aprovechado era el río Soconcho, como también llamaban los indígenas de la zona al Dulce y el último oasis más o menos verde había quedado en Salabina, donde estacionaron casi un mes. La peregrinación del éxodo llevaba casi tres meses, pero los españoles habían dispuesto ese descanso largo, casi hasta los primeros días de marzo de 1666, antes de encarar la travesía por las salinas de Ambargasta y parte de las Grandes que sería un verdadero coladero mortal para la comunidad aborigen que caminaba debilitada y diezmada en sus fuerzas espirituales y físicas. Los pies empezaron a florecer de ampollas sobre el pedregal, primero, que calcinaba hasta los huesos. Después, la sal era insoportable sobre la piel despellejada. ¿Cómo avanzar sobre ese territorio de ardores desesperantes, de sed que adormecía los músculos hasta el desfallecimiento, de una fatiga atroz que volteaba los cuerpos hasta el desmayo? Pero no había una sombra para protegerse de la tormenta solar, no había agua en muchos kilómetros a la redonda, las pequeñas matas y diminutos arbustos que resistían al sol y la sal se defendían con todas sus espinas de la tentación de los hombres para sofocar ese infierno blanco. La noche apenas sedaba las heridas con rayos fugaces de oscuridad. Debían dormir sentados, casi de pie para controlar mejor el peligro de las alimañas y otros reptiles que salían armados de la ponzoña del desierto a buscar alimentos a la luz de la luna. 
  Bien poco le habían servido los cañones y el sofisticado equipamiento de guerra que Mercado y Villacorta había ubicado cerca de Quilmes. En la ciudad sagrada, sólo había quedado la ausencia de sus habitantes originarios. Él siguió esperando. Por ahora, el invierno estaba a su favor, pero ya casi estaba terminando la estación del frío y debía alistar a sus hombres para reaccionar ante los primeros movimientos de los sobrevivientes que debían bajar a buscar alimentos. El militar catalán no tenía dudas sobre su paciente y silenciosa estrategia. El sitio y el bloqueo de suministros alrededor de las sierras que refugiaban a los fugitivos estaban funcionando tan perfectamente como los había imaginado. 
  Las tropas que dirigían el éxodo por el desierto de sal racionaban cada vez más el agua entre los caminantes y las reservas de alimentos escaseaban hasta el hambre voraz. Marzo avanzaba parsimonioso hacia el otoño, pero la desolación no terminaba. Apenas unas sierras chatas, peladas y áridas se habían levantado hacia el poniente del norte cordobés, pero la tierra yerma seguía sin dar señales de vida, como no fueran algunos rebaños de cabras que dieron alguna esperanza a los indígenas errantes de Calchaquí. Mientras tanto, los cuerpos sin vida seguían cayendo, abatidos por las infecciones generalizadas que subían desde las inmensas heridas de los pies sangrantes. Otros caían vencidos por la sed de interminables días o el hambre que clamaba desde los dolores punzantes de estómago. 

¿La primavera los salvaría?

  La primavera había llegado hasta el último reducto de libertad que se arrinconaba ahora en las alturas de las montañas del Yocavil. Pero el frío y el hambre habían demolido sus reservas físicas y espirituales. Casi todos los ancianos habían encallado en el invierno, los heridos -los que quedaban vivos- pendían del último soplo de energía y, lo que es peor, estaba en peligro la vida de los niños y las mujeres, el sector más débil que se mantenía precariamente en pié. La milicia de los quilmes casi había desaparecido, sus guerreros habían caído en los combates defendiendo los pucarás y las retiradas repetidas de su gente hacia las cumbres, muchos habían muerto después de una larga agonía en los meses fríos. Casi no había un cuerpo de defensa... Se miraron, entonces, unos a otros en los grupos de fuga que habían formado para dispersarse por los cerros y vieron un pueblo desolado y devastado, casi sin fuerzas para seguir resistiendo. Yquisi sintió un estremecimiento de sensatez, como si la conciencia le ordenase proteger la vida de sus hermanos, a quienes todavía conducía y debía continuar conduciendo en los meses más difíciles que todavía no habían llegado. 
  Después, llegó Córdoba. El centro del territorio mediterráneo fue en verdad un bálsamo para los sobrevivientes de aquel martirio de sal, sangre, sol, sed, hambre y muertes en las salinas santiagueñas. Aquí, en cambio, volvieron a ver algunos riachos y otros ríos más importantes, como el Primero, en cuyos alrededores encontraron al pueblo de Comechingones, hombres altos y barbados que habían confundido a los primeros conquistadores por algún semblante europeo que creyeron ver en su figura. Lo cierto era que a esta altura estaban ya bajo el control español y de ellos se sirvieron las tropas, como de las ciudades hispanas que habían en la zona, para acometer el descanso no menos prolongado que el anterior de Salabina. A partir de allí, los acantonamientos serían más relajados y extendidos en lo que restaba del viaje a la ribera rioplatense. El horizonte se haría cada día más fértil y apretaría cada día menos los pies. 
  Ya era hora de bajar. A un mes de su llegada, la primavera de 1665 reverdecía con más diligencia la escasa vegetación de esa altura. Martín Yquisi se rodeó de una pequeña guardia y ordenó el descenso a la ciudad sagrada, mientras ordenaba a la gente que esperase su regreso. Lacónico, explicó con pocas palabras que debía defender la vida de los niños y las mujeres que quedaban en la comunidad desparramada en las montañas, porque ellos eran el futuro de su sangre. Nada más y nada menos. El resto del camino lo hizo en silencio, mordisqueando la ira y la indignidad de la decisión, como el caballo camina tascando el freno entre sus dientes. Se repetía una y otra vez que estaba obligado a tomar esa resolución para proteger a quienes debían continuar la raza, que esa causa justificaba sus actos y engrandecía la derrota, si es que eso era una derrota. Se rendiría, sí, en nombre de su pueblo, pero quedaba claro que merecía el respeto del buen guerrero. Sin embargo, así como el frío y el hambre lucharon a favor del invasor, el destierro ahora haría lo demás en contra de su destino. 

Siempre la Pachamama

  Pero la Pachamama, no. Ella no los había abandonado nunca. Seguía a su lado, adentro de cada uno, no sólo debajo de sus pies, aun cuando cruzaban la tierra inerte del desierto. No eran sus valles ni el cerro santificados por sus creencias, tampoco la ciudadela sagrada -ellos seguían latiendo en cada uno de los corazones vallistos que ahora erraban hacia el destino de sometimiento. Pero sentían en cada paso, en cada campamento, que ella los seguía envolviendo en su regazo, que continuaba conteniéndolos, aun en la misma desgracia. Hacia ella debía rendirle culto. Hacia ella debían prosternarse. En cualquier lugar que estuvieran, ella daría igualmente el sentido a la existencia. El primer rito a la Madre Tierra, se cumplió a orillas del río Tercero. Cuando llegaron a las tierras que regaba este curso de agua, conocido también como Amazonas, por el torrente enorme que llevaba con el Carcarañá hasta el Paraná, los quilmes quisieron bendecir la fortuna de mejores días que siguieron a la inmolación del desierto recién atravesado. No había ya chicha ni algarrobales, pero la ceremonia austera sirvió para pedir por buena suerte para enfrentar el invierno que amenazaba en los últimos días de mayo de 1666. La marcha del destierro acompañó el rumbo del río Tercero un poco más allá de su unión con el Carcarañá y desde allí emprendieron por las llanuras de buenas pasturas donde engordaban crecientes ganados de vacas y caballos.


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(C) Hugo Morales Solá





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 * Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa): Junto a los pueblos indígenas II 
 * La foto pertenece a Jorge Luis Campos - Buenos Aires. 

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