Los Quilmes - XII - El destierro

 La tormenta militar final

 Jamás hubiera imaginado que iba a ser el cacique del destierro. Pero si lo pudiese haber hecho, habría estado en el mismo lugar: encabezando la marcha de la expulsión, con la cabeza alta y la mirada perdida en el horizonte. Enhiesto, firme, como si no hubiera entregado todas las energías en la guerra que acababa de terminar para oponer sus guerreros a la nueva entrada de las tropas españolas en la tierra santa de los valles. Intacto y fresco, manteniendo altiva la dignidad de su raza, aun cuando estuviera vencido. Conteniendo a su gente que caminaba a tientas al exilio obligado, al éxodo jamás querido. Siempre había temido esta partida sin regreso. Martín Yquisi nunca había descartado la posibilidad de la derrota frente a un enemigo ostensiblemente superior por la fuerza de su armamento.
  Pero le indignaba que esta guerra atroz y definitiva fuera consecuencia de lo que igualmente había sospechado desde hacía mucho tiempo: la impúdica ambición de ese gran fabulador que llegó desde Andalucía y embaucó a sus hermanos con la ilusión de que portaba sangre del último emperador inca, con derechos absolutos a gobernar su imperio y recuperar la tierra y la libertad para sus pueblos. ¡Cuánta ingenuidad de los caciques calchaquíes! ¡Cuánta traición y cuánta alevosía de Pedro Bohórquez!
  Lo cierto fue que “no quedó ni un solo indio, ni un solo pueblo en Calchaquí”, como recuerda Piossek Prebisch lo que fue la conclusión del monje jesuita Hernando de Torreblanca, historiador de ese triste período que además protagonizara personalmente con roles del más alto nivel.
  Así fue. Apenas volvió en 1664, con la suma de los poderes que le daba por segunda vez el cargo de gobernador del Tucumán, Alonso de Mercado y Villacorta lanzó la campaña militar de dominación del sector sur de los valles calchaquíes, que aún estaba fuera del control del gobierno español. Entre las numerosas tribus que vivían en la cuenca del río Yocavil, estaba la temida comunidad de Quilmes, famosa por su ferocidad entre los mismos indígenas, cuyas guerras intestinas habían quedado mucho tiempo atrás, antes incluso de la llegada del imperio inca, cuando luchaban entre ellos por la disputa de parcelas de territorios o alguna otra enemistad que encendía la batalla como un fogonazo de ira e inmediatamente se apagaba. La convivencia en paz volvía, entonces, a solear los días en los valles calchaquíes, cuyas montañas y cerros sagrados daban contención y entibiaban la espiritualidad de sus habitantes, sirviendo de morada de sus dioses y siendo este territorio, en las cumbres como en el fondo del valle, la deidad mayor de sus creencias: la Pachamama, la madre Tierra, compañera inseparable de Inti, el padre Sol, la unión más trascendente que daba vida a todo lo que latía en Calchaquí. El valle, en fin, era la existencia misma, la razón vital de todos sus días: ahí estaban sus dioses, los alimentos, los cultivos, la guerra y la paz, la convivencia y la vida toda de cada uno de los habitantes originarios de estas tierras. Ellos mismos eran parte de la Madre Tierra, de la cual venían y a la cual volverían a fundir la carne y los huesos en su entraña más profunda. La vida toda transitaba y respiraba por la Pachamama que daba sentido a cada latido de su presencia en el valle ancestral. Ningún quilmeño podía concebir sus días sin ese gran útero que todo lo contenía, sin esa cosmogonía a la que pertenece todo el universo sudamericano. Y ahora estaban condenados al destierro. ¡Nada menos! ¿Se puede vivir afuera del tiempo? ¿Puede un hombre de la tierra, un habitante del cerro Alto del Rey vivir afuera de él? Sólo la nada o la muerte -es igual- cabía en cualquier coordenada más allá del Yocavil. Todo sería perdido, saqueado, arrasado. Todo quedaría sumergido en la desolación: el valle, las montañas, la ciudadela sagrada de piedra, los muertos que descansan bajo la tierra, los dioses que deambularán a solas y a tientas entre los ecos del destierro. La marea conquistadora inundaría todo lo visible y lo invisible de su geografía y de su historia, y cuando hayan bajado las aguas de la nueva invasión europea, una inmensa ausencia aturdirá el silencio que dejó el exilio y una gran presencia nueva conducirá la historia que comenzará de nuevo, como si con la expulsión de sus dueños legítimos el valle pudiera detener el tiempo y empezar otra vez, como si nunca hubieran existido, como si borrándolos de los sentidos se pudiera borrarlos de la historia y del destino.
  Esta vez la guerra sería terminante, contundente y mortal. Sería definitiva e irremediable. Mejor estratega militar que gobernante, Mercado y Villacorta sabía que el único y último camino que le quedaba era el de las armas. Estaba convencido de que no podía negociar ni podía vencer a los indígenas y convivir con ellos, porque sabía que su espíritu indomable llevaría una y otra vez al enfrentamiento armado. El sometimiento de los quilmes fue paradigmático por la efectiva metodología de “desnaturalización” que se aplicó. La solución brillaba como una piedra preciosa, aunque todavía inalcanzable: había que expulsar a estas comunidades originarias de los valles para que pudiera haber paz y gobierno seguro en Calchaquí. Era tentador este recurso que los españoles habían aprendido -y practicado muchas veces con éxito- de los incas para sojuzgar a los pueblos nativos indóciles e impetuosos.
  El gobernador alistó sus tropas, tanto en equipamiento como en adoctrinamiento, en el menor tiempo posible y se dispuso marchar en 1665 sobre el último bastión de independencia aborigen que quedaba en el extremo sur del antiguo imperio incaico. Entró de nuevo por Cachi al valle norte del río Calchaquí, zona que, por supuesto, ya la había dejado bajo control de la corona española en 1659. Bajó seguro por allí hasta el valle sur del río Yocavil. Pero desde Tolombón hacia abajo comenzaría la tormenta militar del capitán de guerra Alonso de Mercado y Villacorta. Esta era la zona de mayor peligro para su maquinaria bélica. Aquí reinaba la fama guerrera de los quilmes, y en menor medida de los acalianos, que caerían en desgracia antes que sus vecinos del cerro Alto del Rey. Pero estaban también los amaichas y otras comunidades diaguitas en la tierra que había pertenecido a los tafíes en el valle contiguo y aterciopelado del naciente, de quienes poca preocupación sintió el gobernador del Tucumán. El español asentó su real en las cercanías de los tolombones, muy cerca de las montañas de los quilmes, cuyo territorio se extendía hasta las proximidades de Colalao del Valle, jurisdicción esta, precisamente, de los colalao y más arriba, por el poniente, del pueblo de los pichao. Todos ellos, además de los yocaviles y anguinahaos, habían continuado bajo la conducción política y espiritual del cacique diaguita Luis Enríquez para llevar adelante la rebelión de los calchaquíes, después de la caída de Pedro Bohórquez. Pero en ese período, la rebeldía y la indocilidad de los quilmes fueron el modelo de los demás pueblos nativos para mantener encendido el espíritu de libertad.
 Desde luego: la noticia de la campaña militar llegó a los oídos del cacique Martín Yquisi mucho antes que el ejército virreinal. Estaba convencido que estaba vez sería la última, que los soldados de Mercado y Villacorta venían a matar o morir y en los mismos términos habría que dar respuesta. Pero no podía imaginarse lo que el gobernador del Tucumán tenía preparado para el día después de la batalla final... Entonces sí, cuando se enterase valdría todo. Sería un juego letal sin códigos ni límites, salvo la limitación ética que el gobernador pudo imponer entre sus hombres, para evitar sufrimientos innecesarios sobre los vencidos.
  Mercado y Villacorta sabía que cruzando las tierras de los colalao al sur, ingresaba en el territorio más peligroso de Calchaquí. Hasta ahí, había ido ganando terreno en la medida en que sometía a las tribus que lo ocupaban, a veces con un trámite difícil de hacer frente al combate que los indígenas daban desde las montañas, aunque por lo general cuando advertían la superioridad de las armas de fuego, a las que temían como a una fatalidad de la naturaleza, deponían la beligerancia, a pesar de que fuera defensiva. Preferían la vida y el sometimiento a la muerte, en especial de las mujeres y niños. Por la misma razón, otras veces la resolución del paso del ejército español era corta y rápida, después de la rendición en paz de otros pueblos más dóciles a la dominación conquistadora.
  Yquisi caminaba encadenado pero enhiesto y al frente de la marcha sin regreso. Tenía claro en su cabeza que no volvería más a ver esas montañas y el cerro sagrado de Alto del Rey, con las viviendas de piedra descolgándose de su ladera, pero su camino era como el de la Biblia: no debía volverse atrás para mirarlo por última vez. Su gesto firme y su mirada dura eran como un desafío al destino que, sin embargo, por adentro suyo lo desgarraba. Pero él era el jefe y debía dar el ejemplo, por lo menos a los hombres y a los guerreros heridos de su pueblo. En efecto, sus pasos seguían inmutables ante el llanto y el gemido de las mujeres y los niños, quienes levantaban un coro de dolor al cielo que parecía haberlos abandonado. ¿Dónde estaban los dioses que habían protegido la existencia de su pueblo durante tantos siglos? Por eso debía parecer inconmovible, porque el peso de la historia le exigía por última vez, porque era el cacique, aun en la desgracia -y con mayor razón en la desgracia-, el punto de apoyo y de consuelo de todos y cada uno de los quilmes.
  Pero ellos sí, ellos resistirían tenazmente la entrega de la dignidad y de su libertad. El gobernador lo sabía. Tenía clara conciencia de que esta tribu daría batalla hasta el fin y que habría que hacerlo en el ámbito de su propio señorío, donde ellos también imponían las reglas del juego de la guerra. En primer lugar, habría que ir a buscarlos al lecho inmenso de las montañas, donde los expertos eran naturalmente los quilmes, no sólo porque conocían cada milímetro de sus gargantas y quebradas, cada centímetro de sus laderas y peñascos, el rincón del último morro escondido en el cordón montañoso de El Cajón, sino sobre todo porque sabían asediar desde las fortalezas casi inexpugnables de los pucarás, distribuidos entre tantos cerros y farallones del Yocavil. Los soldados del rey de España debían dejar hasta los caballos y escalar las colinas armados de sus arcabuces y sus bayonetas. Sabían que todo tipo de trampas mortales les esperaba en el duro ascenso.

Resistir en los pucarás

  El cacique de Quilmes había mandado a la mayoría de su gente al refugio de las montañas, a poblar los pucarás en las alturas de los cerros y se había quedado esperando a los primeros adelantados de las tropas españolas en las primeras estribaciones de Alto del Rey. Había otros más audaces -¡más suicidas!- que servirían de primera barrera entre la maleza de arbustos que acompañan al algarrobal, entre el río Yocavil y el llano del pedemonte. Las primeras refriegas fueron mortales para los españoles. El desconocimiento de las técnicas de combate de los indígenas y la sorpresa de sus apariciones de entre la espesura del matorral en una carrera de malón sobre ellos, inmovilizaban a los soldados hasta el punto de no poder reaccionar para disparar sus armas de fuego. Cayeron desde su llegada por el camino de los incas, que corría paralelo al río Yocavil, tal como se extiende actualmente la ruta cuarenta. Y volvieron a caer, cuando empezaron a desviar hacia el cerro Alto del Rey, hasta que los demás soldados se replegaron. Al día siguiente, el segundo intento: la tropa iba ya mejor preparada para resistir, la primera experiencia había sido aleccionadora. Cada arcabuz era una daga de fuego remontada que esperaba la mínima presión del gatillo para dispararse sin fallar sobre la piel terrosa de los quilmes. Entre ellos, habían caído unos pocos bajo el poder de las lanzas metálicas de la segunda línea defensiva de los españoles. Pero ahora los quilmes debían defenderse del ataque enemigo, porque casi no les quedaban flechas y el recuento de las lanzas era igualmente escaso. Apelaron a las armas de la naturaleza: buscaron inmediatamente los panales de abeja que crecían en las ramas de los algarrobos y chañares y los arrancaron para arrojárselos sobre los grupos de combatientes de Mercado y Villacorta. Después, incendiaron unas hectáreas del monte. En fin, las improvisaciones bélicas fueron efectivas, pero sólo sirvieron para demorar el avance del ejército.
  Podía sentir rodar su llanto entre los pliegues del alma, aunque en los ojos ninguna lágrima brillaba. ¿Pero era efectivamente así: podría ser posible que los dioses se hayan alejado de su sino y hayan quedado solos con su propia suerte -su negra suerte, en realidad-, desprotegidos de toda divinidad que en los cielos y en la tierra acompañaron siempre los días de Quilmes? El Dios resucitado de los cristianos era todavía un ser extraño a su cultura y a su espiritualidad inmemoriales, a pesar de los esfuerzos evangelizadores de los jesuitas. En el mejor de los casos, la divinidad de los españoles debía convivir y compartir los altares mimetizándose en el panteón de los dioses nativos. De modo, que para muchos quilmeños, a esta altura de los hechos aciagos, la sensación era que desde ambos credos -incluso desde la mixtura de los altares- las deidades se habían olvidado de su destino, y la única estrella que brillaba ahora en la noche oscura de su porvenir era la de la fatalidad. Atrás quedaba la fortuna de sus días, cuyo resplandor era ya carne fétida del pasado. Atrás marchaba el dolor, todo el sollozo y el lamento de los más débiles, de los heridos, que seguirían a su gente hasta donde las fuerzas los llevasen. Pero el camino era interminable. Sabían que los llevaría lejos, tan lejos como la distancia sirviese para terminar de derrotar sus ánimos y aun sus ganas de seguir viviendo en esas condiciones. Debían llegar hasta el gran río desconocido que se lo traga el mar. Serían cientos y cientos de kilómetros por la llanura sin fin, alfombrada a veces de arena del desierto, otras veces de los verdes intensos de las humedades del puerto sobre el ancho río. La marcha era a pie descalzo y tobillos encadenados. Ahora estaban en el Abra del Infiernillo, la altísima ventana de tres mil metros de altura que da al valle de los tafíes. De allí bajarían por la quebrada del Portugués a los llanos donde ya no habrá más montañas ni piedras sagradas. En las pupilas, Yquisi llevaba grabada todavía las batallas que no pudo superar. Tal vez la impotencia y la furia de la derrota eran el último combustible para dar energía a su altivez, para no someterse al poder del gobernador victorioso, ni siquiera arrastrado ya como un reo que va camino al cadalso.
  La primera incursión había sido traumática para el invasor, a pesar de que en ella las primeras fuerzas de choque de los españoles habían sido otros calchaquíes -algunos pacciocas, por ejemplo- sometidos en diversas encomiendas de la zona que servían a la guerra de la expansión sobre Calchaquí. En el avance hasta Quilmes, este método había dado buenos frutos, porque funcionaba como escudo humano para defender a las verdaderas tropas de españoles. Pero ahora el trámite debía ser diferente. Del lado de los indígenas, había resistencia a poner el pecho en el frente de batalla con el pueblo quilmeño, de quien se conocía desde siempre su valor casi invencible. En tanto, desde los altos mandos hispanos se temía que esta táctica militar no sólo fuese inútil sino que además atemorizase a los hombres de armas de la corona de España, luego que vieran la conducta evasiva de los nativos que irían a la vanguardia.
  Lo cierto fue que las hostilidades se paralizaron. Los quilmes, mientras tanto, esperaban en sus bastiones montañosos, habían subido en los primeros días de marzo de 1665 y el otoño amenazaba ya con los primeros fríos. El cacique Yquisi pensaba en el alimento de su gente, cuando el frío intenso del invierno desalojara toda vida en esas alturas. Estaban bien protegidos -del frío y del enemigo- en los pucarás, pero sin comida su pueblo no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir por muy imbatibles que fueran las fortificaciones de los cerros. Por ahora, soportarían el hambre, todavía escasa, con raciones cada vez más pequeñas y el rigor todavía tolerable de las temperaturas del otoño.

La limpieza étnica

  El gobernador Mercado y Villacorta sentía, por su parte, la fuerte presión de los estancieros, ganaderos, agricultores y encomenderos de las ciudades de la llanura que lindaban con los altos valles, sobre todo de los habitantes de San Miguel de Tucumán, que estaba enclavada en el paraje de Ibatín, a las puertas del ascenso al valle de los tafíes. Ellos exigían seguridad frente a la amenaza de ataques e incursiones de los indígenas vallistos a sus tierras y animales y querían que la campaña militar fuera terminante y definitiva. Querían, en otras palabras, que la época de progreso económico, urbano y social que estaban viviendo los fundadores de las nuevas ciudades pudiese desarrollarse sin el temor permanente que aguijoneaba sus esfuerzos productivos y que los pueblos nativos de altura fuesen sojuzgados en encomiendas, donde sirvieran con su trabajo para la abundante cosecha de algodón, por ejemplo, que se comercializaba con el resto del virreinato y devolvía cuantiosos beneficios a los productores.
  El éxodo forzado recién comenzaba. Habían salido de Quilmes unas doscientas familias y, si bien no conocían el destino, presentían que no volverían al valle. Yquisi había recibido el rumor de que los llevarían lejos, muy lejos, castigados por su feroz rebeldía. Ya sabía de otros destierros de los valles, cuyos pueblos vecinos, como los amaichas, estaban reducidos a la virtual esclavitud en algunas encomiendas del llano tucumano. Pero estaban cerca de su tierra y la esperanza del regreso podía mantenerse viva, aunque para el espíritu indomable de los quilmes esa condición de opresión y servidumbre sería igualmente insoportable, a pesar de la corta distancia. De modo que en cualquier caso, cerca o lejos, la vida sin libertad tenía poco sentido para ellos. Nadie podría comprenderlo -mucho menos el español- que ellos eran -son- los “quilmes”, cuyo significado más profundo en kakán, su lengua nativa, es ser gente que vive “entre cerros”, que su existencia está unida intrínsecamente a la montaña. ¿Cómo podrían vivir sin ella, después de siglos de presencia, de una historia, de tradiciones, creencias, una religión; después de construir en definitiva una cultura y un modo de ser individual y colectivo adheridos y vertebrados a los cerros y a los valles casi como un todo indisoluble, casi como un solo ser hecho entre ellos y la naturaleza que siempre los rodeó y esculpió su personalidad?
  Ciertamente, el español no podía comprenderlo. Él quería la paz para poder poblar la nueva tierra de los sueños, progresar en ella y rendir tributo de ese progreso a la corona de su país. Pero, a esta altura, estaba convencido de que para eso no había otra solución que vaciar literalmente los valles de los pueblos indígenas que los habían habitado desde siempre y que por eso mismo se resistían hasta con sus vidas a dejarlos. Entonces, había que planificar muy bien el operativo final: la simple ofensiva militar era insuficiente y de alto riesgo. Después de las primeras incursiones mortales que hicieron sobre los indígenas de Quilmes, resolvieron actuar con paciencia e impusieron un largo sitio a su alrededor. Sabían que arriba, en los cerros, estaban muy bien guarnecidos pero con pocos víveres y que tarde o temprano deberían bajar para buscar suministros. Sólo era una cuestión de tiempo y debían aprender a esperar. El invierno que crecía y teñía de nieve las montañas sería su aliado.



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(C) Hugo Morales Solá




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  * Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa): Junto a los pueblos indígenas II 
   * La foto pertenece a Jorge Luis Campos - Buenos Aires.




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