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Mostrando entradas de marzo, 2012

Poemario: "El último grito"

Creyeron que te mataban con una orden de ¡fuego! Creyeron que te enterraban,
y lo que hacían era enterrar una semilla. Ernesto Cardenal (Del poema “Epitafio para la tumba  de Adolfo Báez Bone)





Llegaron sin caras, sin piedad y sin ley, aunque ellos eran la ley. Se llevaron la vida, vientres henchidos; se llevaron a justos y a pecadores.
Vinieron en nombre de la paz y se llevaron la paz. Nunca más la volvimos a ver, ni a esos rostros de humo que caminan todavía contra la memoria y el olvido.
Son pasos de nadie, desvanecidos de tiempo, habitantes de los espejos rotos de la memoria, huesos de todos que un día volverán sin carne, sin justicia y sin saber quiénes fueron.
La tierra fue la madre que los abrazó en su oscuro útero y el Río de la Plata, el padre que dio el consuelo líquido

Poemario: "No estás"

Beso tus besos que no están

y beso en el aire el perfume de tu ausencia.

Busco a tientas la sombra de tu regreso,

mientras te disuelves a lo lejos, 

adelante del tiempo.
Te has ido y te has llevado la luz, 

alejando las distancias.

Yo me quedo, 

y un rechinar de latidos divulga este tormento.

Dónde queda la esperanza

si todavía crepita de tibieza tu presencia.
Camino sobre la oscura atmósfera de silencios

que presides sin saberlo,

y desando sin sosiego la estepa de tu partida...

Y espero, espero, sin remedio.



(c) Hugo Morales Solá

Poemario: "Deseo"

En el fondo de tu boca anida mi deseo.

Cuando quiero lo desentierro entre las 

culebrillas guardianas que se esconden 

en el cuenco líquido de tus fauces.
Y me acechan.

Yo te busco.

No me amedrentan sus esfinges de cancerberos. 

Salto a la luz desde la noche,

y es eterna la felicidad de jadear sobre tu gozo,

mariposa de la niebla,

innombrable agitadora de mis sentidos.

Me cuelo en el viento de tu asombro 

y navego hacia tus entrañas.

Y te desnudo.

Nada quieres, aunque todo lo apetezcas.

Me rechazas y me albergas.

Te sobrecoges y te tientas.

Tu profundidad es generosa,

inmensa para quererme y no quererme.

¡Confusa belleza que me envenena 

en el calambur de tus palabras!

Me dices que eres el bing y yo el bang 

en este espeso ensamble que rocía nuestros cuerpos, 

como el zumo vaporoso que voy libando de tu boca.

Que no habrá más lunas después de este crepúsculo,

que el sol coagulará su desconsuelo.

Pero yo reposo seguro en las tibias cavernas

que riega tu sangre deletérea, siempre inatrapable.



(c) Hugo Morales Solá

Poemario: "Sangra el desierto"

Dientes de silicio y de silencio

muerden tus pies descalzos.

El silicio penetra el gemido

de los pasos que ya no están

y el silencio acompasa la llovizna de tus sollozos,

justo antes de que despeñes tus gritos.

Muerden cuando duermes

y una lágrima de sueño

moja los amancay de la noche.

En su regazo amarillo descansa el sol,

hasta que despierte con el lamido seco

de tus talones corriendo hacia el desierto,

donde sangran los cerezos.

Un colibrí del atardecer

acariciará con sus alas

la sonrisa enterrada de mordiscos

en el hueco de tu tristeza.

Y volverás del silencio

sin palabras y sin aliento,

cuando tu carita desove carcajadas

sobre la sangre de tus pies mordidos.



(C) Hugo Morales Solá

Poemario: "Tentaciones"

Pájaros de la lluvia
te sumergen en el jardín
de donde vienes.
La lluvia moja los recuerdos,
tu, vuelas con las alas de la creación
y la sangre hilvana tus instintos
al árbol prohibido.
Y me atraes,
y me tientas.
Me seduces
y me perturbas.
Sabes que en tu cuerpo
se estrangula mi deseo,
que tus abrazos erizan
la piel del tiempo.
Como el mar insomne,
que sólo se adormece
en el pecho de la luna,
tus besos llegan de noche.
Y me buscan.
Me llevan y me traen
en el oleaje de tus labios
que se abren y se cierran,
que me aspiran y me tragan.
Vienes del primer día,
como una Eva sin Edén
y no puedo resistir
la marea nocturna de tu presencia.

(C) Hugo Morales Solá

Poemario: "Ingravidez"

Te desnudo con palabras,
con susurros de papel.

Son salmos de amor

que sobre tu piel caen,

se deslizan suavemente,

se deshojan y te visten de versos.

Son presagios de instintos

que corren por tu cuerpo.

Como un arroyo de ternura,

crecen desde tu boca

y desaguan en la espesura de tu asombro.

Son dos gotas de este poema

que ruedan cuesta abajo,

entre la curvatura de tu exaltación

y la quietud de este deseo desgajándose en 


gemidos.

Levitas en el aire, como pétalos de suspiros

y es tan ingrávida y deletérea la felicidad

que nada sigue, nada vuelve. Como la eternidad.

Apenas te suspende la respiración de la noche,

aunque estés afuera de su marcha hacia la luz,

porque de marfil es ahora el tiempo

y de ébano tus ojos lustrosos, sin memoria.

Si te sonrojas sentirás de nuevo la fragilidad

y te caerás de esta breve inmortalidad.

No vuelvas al barro de los dolores.

Quedémonos aquí,

como un recuerdo de lo que seremos.

Poemario: "Descanso"

Debajo de tu sonrisa
se esconde el plumaje de las palabras.
Ahí se arropan mis esperanzas
y se adormecen mis insomnios.
Su sombra es un penacho de verdad
que rueda siempre sobre mi cabeza.
Con él puedo volar los vuelos que agita mi corazón.
Salgo a la calle y en el arenal de gritos,
las palabras flotan y me envuelven,
y me amparan.
Camino con ellas
y me aletean su alegría.
Juego con ellas
y me sostienen desde adentro.
Revoloteo en sus aromas
y me dan el aire que respiro
Mariposeo con su magia
y me hipnotizan sus rumores.
Escucho las palabras,
y escribo en el aire.
Pienso,
y escribo en el agua.
Duermo,
y escribo.
Escribo,
y sueño.
Respiro con letras invisibles
y puedo cantar su silencio.
Como un jilguero,
voy trinando las palabras,
silabeándolas, leyéndolas,
pensándolas, necesitándolas.
Como niños de la calle,
puedo verlas sueltas,
solitas, martirizadas y profanadas.
Han llenado las bocas de los hombres,
pero sus corazones las han vejado,
las han vaciado de sustancia.
Yo las recojo, las alivio y las respeto.
Las redimo.
Yo l…

La cultura Alamito - Parte III

Un espacio de síntesis religiosa

El valle de Alamito fue un medio ambiente ideal para que fuera el almácigo de la fusión cultural de los numerosos pueblos valliserranos del Noroeste argentino. Allí había tierras humedades y fértiles, recostado sobre selvas de yungas, que le permitía contar con madera abundante como combustible para los hornos metalúrgicos, por ejemplo, y demás necesidades de la comunidad, como el algarrobo, árbol sagrado desde aquellas épocas, pródigo en madera y frutos. Del mismo modo, disponían de grandes bosques de cebiles, cuya sustancia consumían en pipas de piedra para elevarse en alucinaciones hacia las nubes de los dioses. Un espacio, en fin, apto para manifestar toda la diversidad de sus misticismos y fundar el arte sagrado, variado y sintetizador a un solo tiempo, cuyos productos pudieron esparcirse, con el tiempo, por todos los valles y quebradas hasta donde llegó a irradiarse en el proceso de coalición cultural que, sin regreso, disparó el fenómeno religio…