La Feria de Simoca: 300 años de historia




Carta abierta a manera de prólogo
                                                    

     Amigo poeta Hugo Morales Solá, le escribo esta carta-prólogo para su Libro de la Feria de Simoca y le hago llegar mi enhorabuena por dejar tan bien plantada la idea de recuperación de la Memoria histórica, algo que tanta falta hace para el reconocimiento del acervo Cultural de nuestros pueblos Argentinos.
     Su brillante labor de Historiador y Poeta, puesto en pie de lucha, queda demostrada en estas páginas que son acerca del pensamiento y la Memoria de nuestro querido Tucumán.
Al leer su libro, no sólo recupero mis Orígenes, sino también las fuerzas suficientes para seguir adentrándome en los Motivos y las Razones de lo que fuimos y estamos hechos en el tiempo.
     Quiero agradecer también el gesto de acordarse de mi obra y de lo que yo hago por la querida Tierra, desde lejos. Me invita que lo acompañe en su Libro y esté presente en la Celebración de los 300 años de la Feria de Simoca. Mi casa y mi pueblo, donde aprendí temprano la venerada Luz de los recuerdos y el noble oficio de decir con las palabras cómo siento y lo que pienso.

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     Miro a través de su libro pasar el río de Gentes venidas como de todas partes. Los antepasados ilustres, que aún viven en Nosotros. La mística y la mítica versión de la que durante Siglos es conocida como la Feria de Simoca.
     A la Feria la hicieron los infaltables Gauchos, los campesinos, y los que fueron llegando día a día desde tantas partes, y hasta algunos que, después de conocerla, se quedaron para siempre habitando nuestro pueblo.
     Es con este querer Saber “quiénes somos, de dónde venimos o hacia dónde vamos” que su documentado estudio de la Feria nos alumbra el largo y ancho camino de la Historia, poniendo el conocimiento a disposición de las generaciones presentes y futuras.

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     Estoy parado en la Estación abandonada de los trenes, mirando hacia la Plaza mítica de Evita y el Arco que da entrada al ventarrón de gentes que se aturden con las emociones del lugar, conjunto que es el vivo retrato de la pintura del ayer y del mañana.
     Gozando de la alegría de poder seguir viviendo junto a todos, escribo desde la Casa de la Cultura, que también perpetúa el amasado pan de la Nostalgia, al celebrar la publicación del Libro de la Feria de Simoca. Y junto a tantos otros nombres y lugares que, sin nombrarlos, me enseñaron el camino de lo que ahora estoy sintiendo renacer a través de las hermosas páginas de este libro de poesía, historia, periodismo, o las añadiduras que el avezado Lector prefiera hacer si corresponde.
     La indagación de los Orígenes y las Crónicas recogidas en el Libro no hacen más que llevarme al pasado de algo que siempre para mí estará vigente desde el testimonio fotográfico de uno de entre los mayores ausentes en el pueblo, el hermano Hugo Ibarra. Y espero que una vez más esas Imágenes captadas en la retina, en blanco y negro, sirvan al regocijo popular del agradecido Lector de la Memoria del siempre venerable Mundo de la Feria.

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     Me recuerdo, siendo niño, estar viviendo dentro del mismo corazón Ferial en la última Estación de Trenes. Sintiendo y conociendo, desde el Viernes por la noche, lo que sería al otro día la algarabía y el espíritu del encantado mundo del Sábado de Feria. Recuerdo a los que la hicieron para que nadie olvide el pasado ni las palabras de las que estamos hechos.
     Veo las muchedumbres que se vuelcan, como en las Procesiones del 24 de Septiembre, pero cada Sábado, en otro enjambre de voces que se mezclan entre la oferta y la demanda de las mercaderías y los tratos. El último concierto de una pelea de gallos o una carrera de caballos y de sulkys.
     La Fiesta popular donde el Amor es el que vence al trueque. Los pañuelos con sombreros y las sombrillas por lo alto. La época cuando todavía las sillas de los aperos eran de plata. De plata y oro, los recuerdos. El tiempo de las injustas muertes que se fue llevando casi todo.
     Y también algo que Oí decir, ha mucho tiempo de esto y me dejó marcado para siempre, que La Feria de Simoca era el Mundo más parecido al antiguo Foro Romano y los Mercados Persas.
La Filosofía popular inventa y dice realidades, convertidas en Mito o en leyendas. Mientras, la música del corazón seguirá poniendo estrellas como velas en el cielo de los que ya no están pero quisieron que el Poeta hable. Viejos maestros en el Arte de amar y ser amados.
     En el advenimiento del Centro comercial y de intercambio, en donde aún se continúan desarrollando las Culturas, los productos de la Tierra pasan de mano en mano desde hace 300 años y más, como los paraísos o los infiernos en la vida. Esa pelea que dura en el constante periplo de la tierra.
     Ahí están, hoy, en los Ranchos, los famosos tenderetes, hechos otrora de catres y con las bolsas arpilleras en el suelo. Repletos de mercaderías envueltas en las fragancias que salen de la tierra, iban extendiéndose a la luz de la luna o bajo un farol de noche. Las hojas del tabaco se mezclaban con las hortalizas y las frutas, entre el rezongo de un animal que se resistía a la exposición de ser vendido.
     Algunas Personas se quedaban conversando hasta bien tarde, junto al fuego, y hasta que cante el gallo y amanezca nuevamente el solecito sabadeño de la tierra. Sembraban con los ojos y los colores de las voces los sábados de Feria. Y también una mujer y un hombre que se encuentran para que la Tribu continúe.
     El azahar de los naranjos o el lapacho floreciente entre los corazones siempre jóvenes de los enamorados. La sentida música de los recuerdos, sobre el escenario del cantor Virgilio bajo el encendido patio de moreras y de lunas con estrellas, donde alguien canta una canción de cuna.
Los sauces y el arroyo. El arrabal del mundo de los trabajadores y estudiantes, con los que aprendo todavía a vivir conmigo en los Destierros. Los años de la Escuela con las campanas de Recreo. La Feria de Simoca y el MercoSur que crece en los álgidos veranos de mi tierra tucumana. El Todo y Nada para el resurgir de la Naturaleza de las cenizas abiertas de la noche provinciana.
Recuerdo todavía aquellos días de fuegos encendidos en el recinto de la Feria, y a cuyo alrededor los campesinos y carreros de la zafra estaban esperando con sus mulas y los bueyes para entrar en las Balanzas de los malacates, mientras algunos descansaban contándose historias peregrinas, como para amenguar la noche de los tiempos.
     El Semicírculo sagrado de gente laboriosa que iba fomentándose la esperanza de poder vivir algo mejor un día de sábado de Feria, cuando tampoco faltaba la mirada de Amor por la belleza que terminaba dentro de la Iglesia, en las Bodas del cielo con la tierra.
     Cuando la gente iba llegando desde muy temprano, en tren, a pie, a caballo o en los hermosos sulkys, al epicentro de la sombra del silencioso Pacará, testigo fiel de las calles de polvo y todavía divididas por la Vía del tren que iba de Sur a Norte o viceversa. Desde el Recreo el Rosedal, La Cruz del Barrio de la Hilacha o de la Finca Mothe y hasta el mismo Centro de la Villa y la Estación de Trenes, Hoy, desafortunadamente desaparecida o muerta en el destierro o el olvido.
     Pero todos reunidos, Campesinos y Villeros, sin distinción de clases, bajo el sufrido edificio de sombras del Pacará que duerme en sus raíces. Y donde alguna vez, dijeron otros, acampó el creador de la Bandera, don Manuel Belgrano. Los Indios y los Gauchos con la Extranjería que pueblan el arquetipo de Simoca desde la Memoria.
     El sabroso olor característico de la Feria y el murmullo de hombres y animales sabía crecer incesante, parecido a ahora, y se apagaba como el fuego hasta el próximo Sábado de Feria, desde la venida y la salida del primero y último Tren o Colectivo del pueblo de Simoca.
     El aceite de las ollas salía a borbotones con las empanadas y los pasteles de la abuela, entreverándose con el aroma del café y el Mate con tortilla hecha a las brasas. Y cuando hasta el asado sabe a gloria, acompañándose de un vaso de vino con bandoneón y una guitarra por los improvisados boliches de la Feria. El baile, el Canto emocionante de las sensaciones del espíritu y cuando Vivir vale la pena, siempre.
     En resumidas cuentas, amigo Hugo Morales Solá, digamos que todo esto lo he revivido con su libro de la Feria, en el que queda dicho con el mejor estilo, puro, sencillo y verdadero, de aquel que, como usted, sabe moverse en el entendimiento de cada uno de los apartados que componen la Obra.
     Y como Sé muy bien que no han de faltar los probables añadidos del Lector ausente, recuerdo estos versos del gaucho Martín Fierro, que decían “Lo que pinta este pincel,/ ni el tiempo lo ha de borrar;/ ninguno se ha de animar / a corregirme la plana;/ no pinta quien tiene gana,/ sino quien sabe pintar”.

Doy un abrazo en Ud. a todos los Hermanos, Amigos de Simoca.
Hasta la Vuelta, Siempre.

Ángel Leiva Monserrat
Sevilla. España. Primavera de 2010.


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