300 años de historia de la Feria de Simoca



 La Posta de Simoca
   Cuando la noche se quiebra de soles antiguos, el amanecer enciende aquellos rostros. El día es el mismo de siempre, un soplo de luz se vierte todos los sábados entre el paisaje de los pacarás ausentes y repite el rito que viene desde la desmesura de los tiempos. El sol ya los conoce, son aquellos que viajaron por los siglos para sostener esta costumbre de trescientos años. Son otros, por supuesto, pero son iguales, un espíritu ritual los hermana, hijos del mandamiento de los primeros mercaderes. Siguen de pie en la tierra donde comenzaron conviviendo con las tribus de los Simocas y los Beliches, entre otros nativos de la nación Tonocotés, que estaban ya confinados en las encomiendas de los conquistadores españoles.
     Muchos rostros de la Feria de Simoca, muestran aquellos surcos cobrizos que se hunden en los pómulos salientes de los genes indígenas, como si todavía resistiesen al exterminio de su raza. El culto casi ceremonioso se levanta hoy, como todos los sábados, entre el humo de los primeros puestos de comidas y los vapores desvanecidos del rocío, amedrentados por las primeras tibiezas del sol. Su cuerpo tiene el esqueleto de la modernidad del tercer milenio. Un pórtico que se abre en una gran arcada, desnuda más adelante la amplia avenida peatonal de ranchos ordenada y urbanizada en una ristra de quinchos de alrededor de cuatro cuadras que se rinde finalmente ante el escenario “Virgilio Carmona”, enhiesto e inmóvil en el fondo del corredor. Allí van a dar todos los feriantes,  cuya insospechada variedad atrae aun más a nuevos vendedores de toda la provincia y de las vecinas. En los ranchos se come, sobre todo, pero también pueden encontrarse otras mercaderías y hasta animales vivos, expuestos al mejor postor. El campo de la feria es amplio y generoso y abre su  suelo alrededor del bulevar de comidas para la diversidad del mercadeo. Hacia el este, donde ciñe el cinturón de asfalto de la ruta nacional 157, en cuyo kilómetro 53 desde la capital provincial, se levanta el pueblo de Simoca. Del otro lado del pavimento, más al oriente todavía, un alarido fantasma del machete perturba el aire de los cañaverales ausentes. Ahora, otros cultivos exóticos, como el arándano, habitan los surcos dolientes que antes nutrieron por centurias a la caña de azúcar, arrinconada a cercos más reducidos que obligó la reconversión agrícola de la zona. Por el oeste, el edificio de la estación de trenes dejó de respirar cuando el gobierno de la convertibilidad menemista decretó el desguace ferroviario en la Argentina, aunque es cierto que mucho tiempo antes, en los años de la última dictadura militar comenzó su lenta agonía. Desde la final década del siglo XX, las vías que atraviesan la feria son dos arterias muertas, por donde nunca más circuló su sangre de acero, salvo alguna zorra desvencijada o un insólito tren de cargas que despierta a los durmientes de aquel letargo casi sin regreso. Más allá de la estación ferroviaria, en dirección hacia los cerros lejanos y celestes del poniente, la ciudad se teje y desteje todos los días, reinventándose, resistiéndose eternamente, desde aquella alborada de su existencia.
     Es la misma tierra, punto de encuentro de las antiguas rutas de los conquistadores, que tentaba a los españoles asentados en la zona, a los primeros criollos y a los indios encomendados por allí. Tierra dura, poblada de tribus feroces, que resistieron la ocupación extranjera con toda la fiereza de su raza. Gente, sin embargo, que fue doblegándose al poder arrollador de las armas de los españoles y al señorío de la palabra evangelizadora de los franciscanos y jesuitas. Todos ellos fueron atraídos, desde aquel albor del tiempo inmemorial, en torno de un espíritu ceremonial que los fundía y hermanaba. Un solar polvoriento que olió siempre a paz, convocaba a los viajeros a reunirse para intercambiar sus mercancías, trocar sus productos y distraerse en las tertulias sabatinas, cuya magia les encendía la pasión por el canto, algún baile improvisado y hasta las leyendas que burbujeaban en la imaginación colectiva. Fue eso, tal vez: un ámbito donde se deponían las armas para arrimarse a beber en el mismo cáliz la fecundidad de los pueblos pacíficos.
     Shimoukay, precisamente, quiere decir lugar de paz y silencio o pueblo de gente tranquila y silenciosa. Un vocablo quechua, que explica para muchos especialistas la etimología de la palabra Simoca y que resume, en definitiva, el espíritu que amalgamó a esa antigua ceremonia social de reunirse todos los sábados para dar una tregua a los enfrentamientos de razas y a las divisiones entre las etnias originarias, para dejar de lado por un día los sojuzgamientos crueles de las encomiendas y alegrarse del encuentro entre seres humanos, sin más ni más, en un foro que llamaba al mercadeo, al trueque liso y llano, pero que, carne adentro de las almas que se sumaban cada mes, cada año más y más, se abría como un lirio al rocío de la buena voluntad. Eran los pobladores de la zona, habitantes de los primeros villorrios de Chicligasta y Monteros o los desamparados de la primera ciudad de San Miguel de Tucumán, cuya mudanza, después de ciento veinte años de existencia, más al norte del primitivo Tucumán, desde Ibatín hacia La Toma en la ribera del río Salí -o Grande, como lo llamaron los hombres de la primera entrada española a la región del Tucma-, había dejado casi indefensos del asedio indígena a los caseríos que la orbitaban. También llegaban los primeros colonos de Ampata y Ampatilla, los vecinos españoles y nativos de Ayalapa, o las primeras reducciones indígenas de Belicha, a cargo de las misiones religiosas, muy cerca del rudimentario asentamiento urbano de Simoca. Pero también se acercaban los viajeros del norte hacia las aldeas de Buenos Aires o Córdoba o desde allí hacia el Perú. En Simoca, los peregrinos encontraban una posta tranquila y segura para el descanso, al tiempo que podían comer y adquirir mercaderías y otros productos para semejantes travesías.
     Desde las primeras entradas por estas tierras, los hombres de la conquista fueron crueles con los pueblos originarios. Sólo el poder de las misiones evangelizadoras fue capaz de humanizar esta empresa expansionista de la corona española. El duelo perpetuo ante la codicia sin frenos de los conquistadores, que hacían de su trabajo un proyecto personal con el que sólo buscaban acumular grandes riquezas para sí mismo y para su descendencia, y la palabra del Evangelio, cargada de valores espirituales que servían de contrapeso al avance depredador de los invasores, se esparció también por las tierras del Tucma, en cuya llanura vivían los Simocas y el resto de los Tonocotés. Lo primero, precisamente, que se conoció de Simoca, como una tenue vislumbre de pueblo, fue el templo de la misión franciscana, a fines del siglo XVII, el cual era nada más que un ramadón o rancho de paja, que servía para oficiar misa entre los indios que habitaban por allí y otros pocos españoles que iban afincándose en la zona, a quienes les seguían, en muchos casos, sus familias, que habían traído de España o que habían formado aquí, incluso mezclándose con las mujeres nativas que elegían para dejar la primera descendencia mestiza.
     La mansedumbre de esta tierra se fue consolidando con la presencia espiritual de las congregaciones de franciscanos y jesuitas, cuya fuerte impronta dibujó trazos inconscientes de una convivencia armónica, que fue ciertamente el almácigo fértil para que en él creciera el espíritu gregario, que haría de una simple reunión semanal de fieles, ávidos del pan espiritual, un ágora de paz que cumplía con el mandamiento bíblico de descansar el séptimo día. Como en aquel sábado de Dios, hombres y mujeres, de aquí y de allá, viajaban en aquellos tiempos hasta la iglesia de ese lugar para asistir a misa desde muchas leguas de distancia, en carretas tiradas por lentos bueyes, lo cual los obligaba a salir el día anterior y descansar, incluso pasar la noche allí, a fin de estar presentes en las primeras horas del día para el oficio religioso. La oportunidad era, entonces, inmejorable: una reunión social numerosa, cada vez mayor, de gente que de buena voluntad se congregaba en las vísperas del encuentro espiritual más importante de los católicos, un día de descanso -o para algunos, apenas unas horas- para comunicarse e intercambiar experiencias, información, temores y rumores. ¿Por qué no, pues, intercambiar mercaderías y otros tantos productos que traían unos y otros desde sus haciendas? La noche era de vigilia y el campo que envolvía a la pequeña capilla enramada era el ropaje que los abrigaba con sus fogones, donde chispeaban las leyendas sobre la vastedad de peligros que se cernían sobre cada día de sus vidas, y ardían los cuentos y supersticiones que mantenían de pie todos los miedos, que sabían exorcizar con una variedad de canciones y danzas presididos por el alcohol de la chicha. El fuego, en suma, era el soplo cálido que los reunía e iluminaba, que les asaba las carnes con las que se alimentarían, hasta que el sol renaciera en el amanecer y devolviese los colores al paisaje y la solemnidad a los espíritus en el oficio dominical de la misa.
    La Feria de Simoca nació con esa hospitalidad espontánea, ansiosa de vincularse con el vecino lejano, el de otras comarcas, o con el propio, de su propia vecindad, con el semejante, más allá de sus diferencias, dispuestos a abrirse espiritualmente para compartir el alimento, junto a las aguas de su interioridad, revueltas muchas veces de inseguridades, acechadas de llantos y miedos que latían en aquellos corazones de la conquista de una tierra remota, feroz y desconocida. Ahí habrán aprendido a conocer al natural de estas tierras, a cruzar los primeros gestos de paz, a cambiar los gemidos de dolor por una sonrisa que convidaba el pan de ese día, a convencerse de que el arma del respeto era más poderosa que la espada, que aquel armamento invisible hubiese legitimado auténticamente la conquista de este continente. Lo cierto fue que ese espíritu de concordia, simple y silvestre, creció como crecen las flores del campo, libre y por mandato de la naturaleza, hasta convertirse ciertamente en una costumbre que atravesó los siglos.
         Pero, claro, para asentar sus raíces en estas tierras, los hombres del imperio español debían someter a las comunidades aborígenes, sean pacíficas o aguerridas. Con mayor razón, por supuesto, si ellas demostraban rebeldía frente al avance extranjero sobre el suelo que le daba identidad y al cual le debían, en definitiva, su existencia personal, familiar y colectiva. Era la Madre Tierra, diosa de todas sus fortunas y de todos sus pesares, y ahora venían por ella y sus habitantes para esclavizarlos y extraer de ella todas las riquezas posibles. Hacia comienzos del XVIII, cuando amanecía el hábito de la feria, a la sombra de los grandes pacarás que presidían el ágora sabatina, en los campos del cacique Pedro Chique, su pueblo -un puñado de indios Shimoukay- estaba confinado en la encomienda de Simoca y Pomán, en el actual valle de San Fernando de Catamarca. Desde 1644, la tribu de los Simogas, junto a los Beliches y los Cucuma, se integraron a la encomienda de Nuño Rodríguez Beltrán, cuya jurisdicción abarcaba un lado y otro de la sierras de Ancasti, lo cual lo autorizaba a mudar a las comunidades aborígenes dentro de su encomienda para que cumpliesen diferentes servicios personales, agrícolas o ganaderos y permitía la fusión de las etnias, que se subsumían entre sí.
     Si bien sus habitantes originarios ya no están -ni sus descendientes-, el paisaje de la Feria de Simoca sigue habitado por su espíritu. Tal vez no haya pueblos de sangre beliche -o de los primitivos shimoukay-, pero en los rostros de los campesinos, que sostuvieron desde siempre este ritual sabático, chispea todavía la misma sustancia de su ser labriego, cuerpos cobrizos, doblados, entregados a la tierra de sol a sol, para extraer la riqueza de sus pequeños fundos, donde a la vez producen microemprendimientos ganaderos. El minifundio, precisamente, que aró sus destinos con penurias de toda laya, será seguramente otro legado de una cultura de explotación de los grandes señores de ayer y de hoy que avanzaron, ocuparon y dominaron sin medida ni control sobre un patrimonio que nunca fue sólo económico, sino antes que nada espiritual y cultural, en cuyas raíces se hunde el modo de ser de un pueblo que todavía no encuentra la luz de la historia para dejar de caminar a tientas entre tanta pobreza y esclavitud.
Cruce de caminos
       La posta era el punto obligado de descanso en una ruta que, si bien no era la más importante para unir ambos océanos, como lo era el antiguo Camino del Perú -más tarde llamado también Camino Real-, servía como una vía alternativa para emprender las largas travesías de aquellos tiempos desde el norte argentino, por ejemplo, hasta Córdoba o Buenos Aires. Por esta ruta secundaria, entonces, los productores locales transportaban todas las mercaderías y ganados que comercializaban en la extensa región del Tucumán, pero también les daba posibilidad de conectarse en el norte con el camino real para trasladar sus productos hacia Lima y Potosí. A la altura del solar de la Feria, que crecía apresuradamente en el siglo XVIII, se cruzaban uno de los dos caminos más importantes que por estas tierras conducían a Buenos Aires con la ruta que venía desde el oeste, de la vieja Ibatín, el primitivo Camino del Perú que descendía de las alturas de los valles calchaquíes. Era también la vía obligada de los chasquis y todo tipo de correo y mensajerías, diligencias, carruajes y caravanas de carretas que viajaban desde esta zona a la ciudad que hacia finales de este siglo sería capital del virreinato español sobre las riberas del río más ancho del mundo. Todos, absolutamente todos, hacían su parada aquí para descansar y comer. Una rústica posada recibía a los pasajeros durante la semana. Pero en los sábados muchos se enrollaban en los fogones, donde ardían las canciones en las noches interminables de los inviernos de la llanura escarchada. La Posta de Simoca comenzó a dejar de ser solamente el paraje de reposo de animales y hombres en el cruce de dos caminos importantes en aquellos tiempos de la conquista española, cuando llegó a la zona, en 1684, la comunidad de frailes franciscanos. La orden de San Francisco de Asís recuperó y remodeló el frágil templo que encontraron en la primitiva aldea que comenzaba a formarse en torno a este punto geográfico estratégico y, a partir de su prédica, germinó también el hábito casi ritual que se  instalaría definitivamente en la conciencia de los pobladores de la región -y aún de los viajeros- de reunirse los sábados, en vísperas de la misa dominical, para disfrutar del encuentro social y el trueque de mercaderías que allí había comenzado a practicarse.
     Trescientos años, desde luego, cambiaron el paisaje y la fisonomía de la Feria de Simoca. Su predio urbanizado, hormigonado y electrificado es un vientre atávico que se abre, sin embargo, a la misma solemnidad de los campesinos pobres de la región que nació en los albores del siglo XVIII. Desde entonces, se repite el mismo escenario humano, donde se cruzan toda clase de historias de vida, de amores, imposibles unos y rotos otros por el desamor otros, de traiciones y lealtades, de odios irredimibles y de perdones, de timadores y tomadores, de buscavidas y buscapleitos, al lado de la galería de animales vivos que exhiben sus propietarios a grito pelado, junto al puestero de comidas, donde humean las parrillas y tientan las carnes embutidas, los famosos arrollados de cerdo y los chorizos, los aromas del locro o el perfume de las empanadas y los tamales. No es ni más ni menos que el mismo lienzo de las pasiones humanas de todos los tiempos, sublimadas hasta su exaltación o degradadas hasta los más bajos instintos. Ayer, hoy y siempre. El hombre, siempre el mismo hombre.
     La extensa llanura tucumana fue la matriz generosa que albergó a la gran nación indígena de los  bajos del Tucumán. Arriba, en los valles diaguitas habitaba la ferocidad calchaquí, que resistió por más de un siglo a la dominación española. En los llanos, fueron los lules quienes prestaron su espíritu guerrero, pero de los tonocotés aprendieron a convivir con el conquistador con un lenguaje de docilidad, frente al avance del poder arrollador de sus armas. Sobre el curso del siglo que amaneció con la Feria de Simoca, podían percibirse ya los efectos de las evangelizaciones jesuita y franciscana, en términos de una convivencia más pacífica, en un encuentro racial que fue sin dudas violento. El vasallaje y la esclavitud de los sobrevivientes nativos, marcó, sin embargo, la supervivencia del espíritu opresor para dominar las tierras de esta parte del continente americano. Pero a esa altura de la ocupación española, las naciones originarias estaban diezmadas y sus pueblos eran pequeñas reducciones de los primeros habitantes de esta llanura, quienes eran conscientes de la aplastante superioridad extranjera, la cual los obligaba no sólo a la rendición sino al servicio incondicional. Por eso, el sábado era una oportunidad para solazarse al calor de una convivencia  que los igualaba y hermanaba, como en un espejismo que duraba un día, una vez en la semana. Iban a servir, por supuesto, pero a su lado había otros extranjeros o mestizos que hacían el mismo trabajo que ellos y enlazaban sus destinos con una sonrisa, donde la conquista era de los corazones, y el mercadeo, el código que regía la convivencia. Ahí comenzaba la mezcla de los destinos, esa magia antigua que sabe fundir las estrellas de la constelación humana para que nazcan nuevas vidas, mestizando las historias y las culturas de aquende y allende los mares.
    La gran llanura central de Tucumán, y parte de Santiago del Estero, que habitaron las naciones lules y tonocotés, fue después el espacio de influencia directo de la originaria feria simoqueña. Todo el siglo XVIII fue una historia de reposicionamiento de pueblos y poblados, de estancias y encomiendas, a partir del traslado de la ciudad vieja de San Miguel de Tucumán hacia la nueva fundación de 1685 en el actual emplazamiento. La zona de Ibatín, en efecto, había sido objeto del constante asedio de las comunidades aborígenes que vivían en el llano tucumano, y de las diaguitas que bajaban desde las alturas calchaquíes. Pero además era presa de plagas endémicas, como el paludismo, que en suma hacían ciertamente difícil, casi imposible, que pudiese continuar creciendo allí la ciudad llamada a ser la gran urbe del Tucumán, como centro geopolítico alrededor del cual debía trazarse la historia de aquella conquista española de los extensos territorios de juríes y lules, así como los destinos del futuro virreinato del Río de la Plata, cuya unión con su par del Perú debía tener como eje de rutas a esta ciudad refundada en el punto geográfico elegido, que se conocía como La Toma, sobre las riberas del río Salí. Precisamente, otra de las grandes motivaciones para su traslado fue el desplazamiento del antiguo camino del Perú hacia un nuevo trazado, que venía desde el Alto Perú por el altiplano argentino y se corría más al este en lo que hoy es, a grandes trazos, la ruta 9. Pero la mudanza de la ciudad vieja, dejó desconcierto e indefensión en las comunidades de los primeros colonos que circundaban como satélites a la primera San Miguel de Tucumán. Entre ellas, se levantaban las primeras reducciones de indígenas, los pueblos indios, que estaban a cargo de estancieros españoles y luego de algunas comunidades de religiosos que venían a misionar al nuevo mundo. Simoca, pues, se convirtió en el punto estratégico de confluencia de los viejos intereses de los hacendados y pobladores del oeste de la llanura, donde comenzaba a crecer la estancia de Monteros, como el punto de referencia más importante de esa región, y los nuevos proyectos que naturalmente traía el nuevo emplazamiento urbano de la capital del Tucma. Productores ganaderos y algodoneros vieron en este nuevo trazado urbano un lugar mejor ubicado sobre la ruta del camino real hacia el Perú, hacia donde esta vía ya se había desviado antes de la refundación de la capital tucumana. El algodón, en efecto, fue el cultivo que precedió a la caña de azúcar, como una explotación intensiva y sistemática, ya que las misiones jesuitas habían introducido esta explotación agrícola, como una plantación experimental, de baja intensidad, que respondía a la capacidad de molienda de pequeños trapiches artesanales, de los cuales se extraía básicamente los jugos que servían para diferentes usos domésticos entre las comunidades nativas de la zona.
La misión franciscana
     Pero la institución previa, que sirvió para consolidar las fronteras que iba ganando el avance de la invasión conquistadora, fue la de las misiones religiosas. Desde finales del siglo XVII, la orden de los franciscanos echó sus raíces profundas en la zona de la vieja Posta de Simoca, al punto incluso que a partir de su presencia se fundaría después el nuevo pueblo que crecería alrededor de la feria, la cual había comenzado a tener lugar todas las semanas en la parada de descanso y recambio de animales de las caravanas de arrieros y viajeros, en un punto geográfico que ya las comunidades aborígenes de la región habían instituido como posta. La aldehuela creció más tarde en torno al templete, en frente de la actual plaza mayor fundada por el capitán Diego de Molina, penúltimo encomendero de Simoca. Durante el siglo XVIII, feria y pueblo aprendieron a crecer juntos, a interactuar entre sí y a depender uno del otro, en una eterna simbiosis, que se proyectó a través de los siglos. Probablemente, la Feria mantuvo su identidad asociada a la Posta de Simoca, el lugar de los viajeros y expedicionarios, de los peregrinos y mensajeros que iban y venían, hacia el norte y el sur, hacia el este y el oeste, en el encuentro de rutas que unían puntos centrales en la estructura de dominación del imperio español. Su espacio era, en efecto, un universo  de trashumantes, inestable y movedizo por naturaleza, pero el pueblo que se construyó a su alrededor le dio, en todo caso, la identidad sedentaria que le permitió anclar definitivamente en la profundidad de los siglos.  
     El destino, precisamente, hizo de la ciudad actual de los simoqueños un pueblo que sufrió el destierro del progreso en sus latitudes. De aquel histórico camino que descendía de las cumbres del Aconquija hasta la floreciente ciudad de San Miguel de Tucumán, fundada a orillas del río Pueblo Viejo, a la altura de Ibatín, y continuaba después hacia el Este para perderse en los salitrales de Santiago del Estero y bajar, por fin, hasta las humedades litoraleñas del Paraná, donde se vuelve el gran estuario del Plata, hoy sólo queda una ruta provincial que une León Rougés con Simoca. Y el viejo camino alternativo que llevaba y traía hacia Córdoba o Buenos Aires, hoy es la ruta nacional 157; lejos de ser ésta la vía troncal del progreso, el cual se mudó hace muchas décadas hacia la ruta nacional 38, la arteria caminera más importante de la provincia, a lo largo de la cual se fundaron una y otra vez las ciudades más pujantes de Tucumán. La Feria de Simoca, entonces, se convirtió en uno de los blasones más importantes en la supervivencia de Simoca, como ciudad por donde fluyó la historia fundacional de gran parte del noroeste argentino.
     No sólo se convirtió en uno de los estandartes más trascendentes que Simoca erigió para navegar las aguas aciagas de la historia económica argentina del siglo XX, la Feria fue -es-, además, el símbolo vivo de un pueblo donde la cultura de una región de la Argentina aprendió a refugiarse en sus tradiciones, sus costumbres y, a la vez,  intuyó la necesidad de mezclarlas, como instinto natural de supervivencia, con otras identidades remotas para cocinar en sus fogones el magma nuevo de la conciencia colectiva, en cuyas vísceras buscó amparo la historia para seguir reproduciéndose en las futuras generaciones. La Feria de Simoca fue, en efecto, un foro creador de la cultura llamada a conservar esa identidad que llegaba desde el fondo de los siglos. En su tierra polvorienta, en la sombra de su antiguo pacará, en el trajín de los sulkys, en el hormigueo envolvente de su gente, en su cancionero y sus guitarreros, la historia, la cultura, sus mitos y leyendas se recrean, se repiten y multiplican. Un ágora mágico que sirvió de vehículo de transmisión de conocimientos y alternativas de resistencia, apto para tiempos de adversidades, una plaza inmemorial que contuvo desde siempre a la cultura del trabajo del campesino pobre y marginal propio de las economías dominantes de todos los tiempos. Cada amanecer de sábado se cumplía allí -y se cumple, todavía- aquella profecía de Jaime Dávalos, el inolvidable poeta salteño, cuando advirtió que “sólo aquel que trabaja, despertará feliz”.


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© Hugo Morales Solá






Fuentes:
  • Archivo Histórico de Tucumán.
  • Archivo de La Gaceta.
  • Municipalidad de Simoca.
  • Archivo de Indias. Portal de archivos españoles en red (PARES). www.pares.mcu.es/
  • Biblioteca de la H. Legislatura de Tucumán.
  • Instituto de investigaciones históricas “Prof. Manuel García Soriano” de la Universidad del Norte “Santo Tomás de Aquino” (UNSTA).


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