Los Quilmes - VIII - La llegada del conquistador español (continuación)

"Derrotados por el asombro"


  El curaca de los quilmes sintió el mismo estremecimiento del guardia cuando conoció la noticia más extraña que sus oídos habían escuchado nunca. Carne adentro, un tráfico intenso de emociones se cruzaba y pugnaba por dominarlo de cuerpo entero. Sintió primero un susto paralizador, no los había visto todavía pero la imaginación pudo más que la realidad. Después siguió el miedo por su gente, por él y su familia, su gran familia de numerosas esposas y de incontables hijos. El temor creció más tarde hasta el pánico hacia algo más trascendente o divino encarnado en la mera presencia humana de estos extraños que venían del otro lado de los mares, sin que todavía pudiera saber qué cosa eran efectivamente y qué los traía hacia las tierras de sus ancestros. En realidad, el cacique no sentía nada diferente de lo que habían sentido algunas décadas atrás los reyes incas y aztecas, cuando hicieron contacto por primera vez con los conquistadores españoles. La primera información que recibió Moctezuma, por ejemplo, el emperador de los aztecas, fue que “un cerro grande se movía en el mar”. Eso era lo que veían los indígenas cuando divisaron el primer barco español en sus aguas. El cacique maya Tecum, por su lado, degolló al caballo de Pedro de Alvarado, porque creía que era una parte del cuerpo del adelantado de España. Desde luego, la reacción de Alvarado fue instantánea: se puso de pié y mató al jefe indígena. “Los indígenas fueron, al principio, derrotados por el asombro”, se convenció hace mucho tiempo Eduardo Galeano en su obra “Las venas abiertas de América Latina”. 
  Pero la esperanza escondida de Almagro y todos sus hombres -y la de los que le seguirían también- era encontrar en esta empresa la ciudad tan secreta como codiciada de El Dorado, la capital de los Césares de las Indias, una urbe resplandeciente de oro, construida con paredes del precioso metal que los incas atesoraban en la espesura de la selva de sus montañas lindantes con el Amazonas o en algún oculto valle de la gran cordillera, que les abastecía con riquísimos yacimientos del mineral tan preciado y tan buscado a lo largo de los siglos de la colonización americana. Nunca la encontraron porque su existencia no pasó de la leyenda, pero sí dieron con las vastísimas minas y canteras de oro, plata y cobre, entre otros metales, donde abrevaron las ambiciones y apetencias de la más diversa naturaleza. Pero El Dorado fue el pretexto ideal para acometer, por otra parte, la expropiación de las tierras y de todos los territorios para que cada uno de ellos formase parte efectiva del patrimonio personal que engrosaron los conquistadores, sobre todo de aquellos primeros adelantados, a cuyo favor quedaba sometida buena parte de las tierras de Indias. Así, por ejemplo, después de que Pizarro y Almagro conquistaron Perú, el Tahuantinsuyu quedó dividido, en 1534, por voluntad del rey de España en cuatro regiones: Nueva Castilla, para Pizarro; Nueva Toledo, para Almagro; Nueva Andalucía, para Pedro de Mendoza; y Nueva León, para Simón de Alcazaba. Pero esta partición del imperio de las cuatro regiones -que eso significaba justamente el Tahuantinsuyu- generó una disputa sangrienta entre Pizarro y Almagro por la posesión de setenta leguas donde se asentaba el Cuzco. Las guerras civiles que este enfrentamiento desató fueron brutales y arrastró a las primeras colonias de españoles como a las comunidades indígenas, que murieron por miles mientras duraron las refriegas. La precaria paz llegó con la derrota y ejecución de Almagro a manos de Pizarro, al regreso de aquel, en 1539, de la expedición a Chile. Pero el hijo mestizo del sentenciado conquistador, Diego de Almagro el Mozo, se ocuparía dos años más tarde de que la venganza desaguara sobre el juez de su padre.

Paso violento, devastador

 La corte del cacique de los quilmes y sus jefes militares apoyaron sin dudar la decisión del curaca de alistar y distribuir inmediatamente a los guerreros para una emboscada sobre aquellos seres extraños, cuya naturaleza todavía no alcanzaban a descifrar. Lo que sí sabían a ciencia cierta, por la información de los aborígenes que viajaba más rápido que los expedicionarios, era que su paso era, por lo menos, violento, cuando no devastador, dotados de armas que mataban con extraordinarias bolas de fuego de un poder insuperable. Se apropiaban de sus llamas para el alimento y la carga de sus vituallas. El jefe de Quilmes volvía a repetirse en silencio que, si eso era verdad, nunca podía ser una legión bajada del panteón de sus dioses, a quienes siempre ellos habían pedido su protección. El pensamiento entre mágico y religioso que dominaba la existencia de los nativos determinó, en efecto, que la primera reacción fuera identificar esta presencia tan extraña como nueva entre ellos como la corporización de sus mejores deidades. Pero muy pronto cayeron en la cuenta de que en todo caso serían enviados divinos para castigar sus días y su futuro, después de sentir el dolor de los pueblos indígenas por la esclavización y la muerte. Las tropas de los quilmes aguardaron agazapadas el paso de los españoles, ocultos entre las peñas de los cerros y en medio de la espesura del bosque de algarrobos y chañares. Calculaban que lo harían hacia el atardecer y que en algún lugar deberían acampar para pasar la noche y esperar hasta el amanecer para continuar al sur, hacia los valles de Catamarca y los desiertos de Cuyo, en busca del cruce más adecuado hacia el otro lado de la cordillera de los Andes y ocupar las costas del Pacífico. En ocasiones su estrategia era ofensiva: si las circunstancias demandaban el ataque sorpresivo se lanzaban masivamente en “guazabaras” sobre el enemigo, aterrorizando con el método de la confusión y el desconcierto y con la gritería de la tropa que aturdía y casi anulaba la reacción defensiva del adversario. Pero esta vez, la de los quilmes sería una maniobra puramente defensiva: no atacarían si no eran agredidos. 
  Hombres y caballos caminaban al ritmo de los músculos fatigados y de su espíritu desalentado. A la ruta agreste, y por muchos tramos inhóspita, se sumaba la dureza de los indígenas para prestar colaboración y en vez ofrecían una feroz resistencia para rendirse a la imposición que rezaba la norma imperial dictada por los reyes de España ordenando de inmediato el sojuzgamiento y, más aún, la conversión lisa, llana e inmediata al Dios de los cristianos. El canon imperial que mandaba someterse a los aborígenes y reconocer de inmediato como única divinidad a Jesucristo, era un mero formulismo que debían repetir como un ritual vacío ante los oídos sordos de los caciques. Era demasiada adversidad para la tropa de Almagro y con frecuencia le ganaba el desaliento y el deseo de renunciar a los proyectos del conquistador. Él, sí, no podía permitirse ninguna tentación de desfallecimiento, no aceptaba ni siquiera que la idea de regresar con el fracaso le relampaguease por su cabeza. Almagro tenía muy claro que su plan era efectivamente una empresa llevada adelante por la fuerza literal de la iniciativa particular de los expedicionarios que debía reportar riquísimas ganancias, a quienes la corona española sólo había prestado su autorización para acometerla y percibir naturalmente la renta que de cada una de ellas les correspondiese. Era, en fin, un botín fabuloso que cada noche acariciaba en su imaginación feraz y del que tenía clara conciencia que nunca más volvería a tener la oportunidad de asirlo. 
  Y, en efecto, las tropas conquistadoras no agredieron: trataron de aprovechar toda la luz del día que pudieron para cruzar lo más rápido posible el valle de Yocavil, advertidos como estaban de la bravura de las tribus que lo habitaban. Ya habían tenido demasiado ajetreo bélico en Chicoana y empezaban a conocer la reciedumbre de los indígenas. Sólo el silencio acompañaba el paso lento de los soldados de Almagro, sobre quienes a veces el sueño ganaba a la vigilia de los cinco sentidos de cada uno de los hombres del conquistador. Con la luna arriba, alumbrándoles el camino, decidieron descansar hasta que amaneciera, luego de que habían dejado bastante atrás la zona de Fuerte Quemado, que era más o menos el límite sur del territorio de los quilmes. Ellos, sin embargo, pasaron igualmente la noche en sus puestos de lucha, esperando entre la oscuridad la amenaza de ataque del invasor. El sol los encontró desconfiados y prestos al combate a un lado y al otro de los bandos opuestos. 
  El tiempo y la convivencia, a veces violenta, a veces pacífica, ayudaron a que los aborígenes desnudaran la humanidad de esos seres extraños que perturbó y trastornó definitivamente la vida de las civilizaciones nativas. Pudieron ver claramente que adentro de esas vestimentas metálicas y arriba de aquellos animales aterradores había nada más que hombres de carne y huesos, repletos de errores y aciertos, defectos, virtudes y limitaciones, como ellos mismos, gobernados, en muchos casos, por las ambiciones desmedidas, que cayeron sobre su gente como una nueva calamidad en la historia de las invasiones que debieron soportar. 
  Hay autores que sostienen que la conquista española del continente americano fue inclusivista, esto es, incluyó a las razas originarias en la nueva era que abrieron sobre el mundo ignoto que habían descubierto. Desde luego que la dominación estuvo a cargo del conquistador, pero es cierto que hubo esfuerzos de convivencia e integración entre ambas civilizaciones, tan diferentes una de otra como el cielo de la tierra, que se vieron expresados claramente en políticas y legislaciones que los reyes que se sucedieron en el trono de España a partir del siglo XV sancionaron con el propósito de contener a esa humanidad nueva que habían encontrado en la “terra incógnita”. No obstante, es verdad que fue la misión evangelizadora de la Iglesia Católica la que sobre todo ayudó a poner límites a la conciencia conquistadora. Cada uno reaccionó según los instintos de la naturaleza humana que los envolvía por igual. Los pueblos originarios resistieron a quienes vieron como un invasor de sus tierras y agresor de su gente. Y lo hicieron en muchos casos con una ferocidad épica frente al español, como la de los Quilmes. Otros se rindieron ante la superioridad tecnológica de los españoles y eligieron defender la vida aún a costa de su libertad y la pérdida de sus tierras. En ese horno, sin embargo, se amasaron culturas diferentes y opuestas, creencias contradictorias y antagónicas que de todos modos pudieron fundir partes de sus almas en el fuego que fue moldeando la vida nueva que nacía en el choque cultural de la Conquista. 
  Pero comparando con Octavio Paz la conquista americana que acometieron España e Inglaterra, no cabe duda, por supuesto, que la hispana tuvo, a pesar de todo, un sesgo humanizante y tolerante. No perdió de vista que delante de los ojos de los colonizadores había seres humanos. La conquista inglesa, en cambio, fue literalmente exclusivista. Su espíritu no admitió la convivencia y la interactividad cultural de las civilizaciones y avanzó con el rigor implacable del exterminio de las razas nativas. 

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(C) Hugo Morales Solá



 Bibliografía 

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  * Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa): Junto a los pueblos indígenas II 


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