Los Quilmes - V - La invasión inca (nuevo)

 La invasión inca 

Los orejones habían sido muy claros con Tupac Yupanqui: los hombres de las montañas del sur del continente eran aguerridos y dispuestos a defender su territorio hasta con sus vidas. Pero la tentación del emperador inca era más fuerte que la advertencia de los enviados del monarca para explorar y evaluar los pueblos, los climas y la calidad de las tierras que había más allá del límite austral del imperio, que había llegado hasta 1480 a las alturas de la puna boliviana, en el corazón de la cultura Tiahuanaco.
 ¿Qué había en estos valles? ¿Cuál era su valor tan importante que había llevado incluso al Inca a pactar con las comunidades indígenas del Tucma, en la llanura del naciente de esas cumbres, un tratado de exclusión de los dominios del imperio incaico? Teresa Piossek Prebisch señala en su obra “Los hombres de la entrada” que sus territorios, por ahora, no formaban parte del plan de expansión y sólo pretendía de esos pueblos que no interfiriesen el avance imperial por la zona montañosa que estaba a sus espaldas, por donde el sol caía rendido entre los picos más altos de los valles calchaquíes. Desde el llano, los lules y tonocotés, entre otros, sólo debían defender esa frontera del imperio andino en contra de cualquier intento extraño de penetrarla. 
 En verdad, la marcha de los ejércitos incas intimidaba. A su paso, desde que entraron al gran cañón de los valles calchaquíes, uno tras otro pueblo vallisto fue sometiéndose con menos resistencia hostil que la que esperaban, según el informe de los exploradores enviados por el trono de Cuzco. Algunas de estas comunidades se resistieron más que otras, sus pucarás fueron incluso fortificados en esa época de avance inca por los valles del río Chicoana, al cual después del paso del invasor se lo conocería como Calchaquí, que en quechua quiere decir precisamente “tierra arrasada”, y el Quiri-Quiri, nombre original del Yocavil, rebautizado después como Santa María por el español. Pero, en realidad, el peso aplastante de las tropas imperiales los amedrentaba y empequeñecía. Poca resistencia podían oponer pueblos ciertamente pequeños, divididos entre sí y sin tiempo para reaccionar detrás de una estrategia común que los uniese para practicar una defensa fuerte y a la altura de la potencia del invasor. Esa experiencia atroz y asimétrica les servirá, de todos modos, para intentar definitivamente la unión entre ellos cuando llegase el otro invasor, más peligroso que el que ahora pisaba su tierra y la de sus padres e igualmente la asolaba. 
 Los orejones eran delegados que pertenecían a la nobleza incaica y oficiaban como adelantados del imperio que además de llevar un estudio pormenorizado de las condiciones políticas, geográficas y económicas de los territorios apetecibles por el monarca para expandir sus dominios, tenían la misión de promover verdaderas campañas de miedo al poderío inca en el imaginario colectivo de los pueblos donde se infiltraban como comerciantes extranjeros. Tal vez habían exagerado, a su regreso al palacio imperial, sobre la belicosidad y la fiereza de estos pueblos de montaña al sur del Kollasuyu. Pero sobre todo parecían haber magnificado la capacidad minera de aquellos valles, que se abrían esplendorosos en las puertas de la gran planicie de altura que corría a los pies del gran nevado del Acay, cuya cumbre horadaba el cielo a los seis mil metros. Tal vez aquellos hombres, cuyo nombre derivaba de los gruesos adornos de piedras preciosas que colgaban de sus orejas, habían imaginado incontables tesoros de oro y plata que encendían la ambición de Tupac Yupanqui, adicto naturalmente al inmenso poder que simbolizaba la propiedad de estos yacimientos de minerales tan valiosos. Pero ellos habían convivido largo tiempo con estos pueblos de los altos valles ubicados al poniente del territorio del Tucma y habían estudiados minuciosamente su suelo y subsuelo y averiguado muy bien sobre las riquezas que yacían en estas montañas. Para la gente nativa de esas alturas, en cambio, tales yacimientos eran indiferentes en los términos que eran codiciados por el imperio del Tahuantinsuyu. El oro y otros metales preciosos, así como los demás minerales que explotaron los vallistos sirvieron, sí, para desarrollar las artes y la producción metalúrgica en general destinada al uso cotidiano y religioso, así como en lo defensivo y en lo social. 
 Lo cierto fue que el avance de la ocupación inca en la zona calchaquí fue arrollador. La superioridad numérica y la promoción de su poder militar invencible, inoculado sobre las conciencias de los calchaquíes, fueron los motores reales de la dominación por encima, incluso, del ejercicio efectivo de la potencia bélica sobre estos pueblos. 

Un conflicto entre pares

 Desde la mirada de las comunidades de estos valles, estos hombres, capaces de dominarlos, eran ciertamente poderosos. Es cierto que hubo, como se dijo, intentos individuales, y hasta la reedición de las confederaciones de los pueblos naturales de la zona, para resistir con violencia a la llegada de los ejércitos incas. Es cierto, en definitiva, que al poder incaico no le resultó fácil esta conquista en el extremo sur del imperio. No fue, en suma, una estrategia de dominación que se aplicó con la rutina de otras regiones. Pero, en primer lugar, la que llegaba a los valles del noroeste era una nación de la misma raza y de la misma sangre originaria que la de los quilmes, que había llegado de la misma tierra, aunque lejana, para extender su señorío sobre su gente y su territorio. Además, cuando resistían luchaban contra armas que no eran más poderosas y capaces de matar que las suyas. Sin embargo, eligieron finalmente la paz antes que rebelarse indefinida e inútilmente a su autoridad y se sometieron. Se trató, en definitiva, de un choque de naciones y de razas iguales entre sí, unidas por la misma matriz étnica y el mismo misterio de sus orígenes. Básicamente, fue un conflicto entre pares, aunque mostró, claro está, el desarrollo más avanzado de una cultura sobre otra, pero sobre un piso de conocimientos más o menos comunes, cuyas diferencias nunca llegaron a plantear la magnitud de una confrontación entre dos mundos absolutamente diversos, donde uno dominaba por el progreso ostensible de su ciencia y su conciencia sobre el otro. Eso pertenecía a una historia que se escribiría más tarde. 
 De todos modos, la historia de los quilmes cambió rotundamente. Con la llegada del inca invasor, llegó otro tiempo, otra convivencia, nuevos códigos culturales y, en suma, una nueva existencia amanecía en el valle inmemorial del Yocavil. Después que pasaron los ejércitos y se impuso el gobierno del poder incario, quedó el representante del trono de Cuzco, una suerte de virrey inca, con una pequeña guarnición militar, a cargo del pueblo con quien viviría pero no conviviría. 
 Los quilmes supieron siempre que nada sería como había sido hasta entonces, que nada volvería a ser igual a partir de la llegada de los ejércitos dominadores. Lo presintieron con una sensibilidad extrema. Por eso, sintieron la invasión como una conmoción en el alma de todo el pueblo, un terremoto que sacudió su historia, su presente y su futuro. Las noticias iban y venían de un pueblo a otro. Los vallistos, en efecto, habían multiplicado y acelerado sus canales de comunicación. La misma gente que antes se miraba con recelo y desconfiaba una de otra, las mismas comunidades que eran capaces de hacer la guerra entre sí ahora estaba aprendiendo a creer mejor en las posibilidades de acercamiento entre todos los habitantes de los valles, cuyo territorio era el patrimonio más preciado que habían legado de sus ancestros. Pero naturalmente no podían borrar una antigua historia de celos e intrigas con la misma velocidad que avanzaban las milicias que estaban ocupando ya el norte calchaquí. Era un dilema envenenado que los partía en dos: dudaban y temían entre sí y continuaban vigilándose y preparándose siempre para la defensa y la guerra doméstica que había signado durante siglos sus vidas y sus espíritus; y al mismo tiempo debían prepararse para resistir el asedio imperial, hasta que tomasen una decisión definitiva para hacer frente a esta nueva realidad que imponía el invasor. La dominación inca trajo entonces, como una consecuencia no buscada, esa paz que, aunque por separado, preparó los ánimos para la unión que solamente llegaría con el otro invasor, superior al que conocían. 
 Después que cayó Chicoana, en la puerta norte del valle Calchaquí, la suerte de todos los pueblos vallistos estuvo echada. Luego de la aridez mortal del altiplano, el Abra del Acay separaba -separa- generosamente las montañas hasta las profundidades del valle del Chicoana, y un poco más abajo, se levantaba la gran ciudad de piedra, cuyos campos fértiles y la ubicación geopolítica ideal atrajo con avidez el interés de los incas. Desde allí, en efecto, el imperio controlaría casi todo el Kollasuyu y ramificaría las rutas secundarias de su extensa red caminera hacia la expansión del Tahuantinsuyu por el sur del continente. 
 Si esta capital ya estaba en manos de los incas, Tolombón, la población más importante del Quiri-Quiri, al sur de Chicoana, sería el próximo bocado importante en los planes de la conquista. Y si caían estas grandes ciudades vallistas, capitales de las dos nuevas provincias que se anexaban a la provincia del Kollasuyu, ¿tenía sentido resistir el avance inexorable del imperio? ¿Era sensato oponerse a su paso y entregar en esa pueblada, tal vez solitaria, la vida de guerreros y tantos habitantes del cerro Alto del Rey? 
 El curaca de Quilmes convocó de inmediato al concejo asesor, que estaba generalmente integrado por los ancianos de la tribu, los mejores oficiales militares y el cuerpo sacerdotal. Quería consultar el mejor criterio, buscaba la sensatez y el discernimiento más sabios entre los hombres de su corte, y se inquietaba visiblemente por saber la respuesta del oráculo de los hechiceros. Encontró sólo pequeños matices de diferencia entre la mayoría de ellos, quienes aconsejaban preservar la vida del pueblo. Un viento helado que traía los rumores de la gloria de todas las batallas y todas las dominaciones del incanato se adelantaba siempre a su llegada y bañaba a las almas de sensatez y precaución. Habían visto caer la beligerancia más tenaz de sus vecinos del norte calchaquí ante esa realidad nueva y descarnada y era mejor acomodarse a los tiempos del gran Inca, quien casi siempre se valió de la leyenda gloriosa de su ejército que precedía a todas las ocupaciones de nuevos territorios para evitar precisamente el choque letal de las guerras que podían significar un alto costo de vidas entre sus tropas. 
 Salvo casos excepcionales, los pueblos calchaquíes se fueron sometiendo irremediablemente al poder de Tupac Yupanqui. Pero a este emperador indígena le atraían sobre todo los grandes yacimientos de oro y plata que dormían en las profundidades de las montañas de los valles al sur del Kollasuyu y los hombres de aquellas tierras para que entregaran la mano de obra esclavizada a los pies del yugo imperial. Por eso, permitió preservar las identidades de cada comunidad sojuzgada, aunque impuso, eso sí, el quechua como lengua oficial del imperio con la intención de que sirviese como una herramienta más de dominación. 



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(C) Hugo Morales Solá



Bibliografía 

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  * Quilmes a Diario.com.ar: La Reducción de la Santa Cruz de los Quilmes 
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  * Lorandi Ana María: Los valles calchaquíes revisitados. Universidad Nacional de Buenos Aires. 
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  * Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa): Junto a los pueblos indígenas II 

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