Los Quilmes - VI - La invasión inca (final)

Una cultura tributaria 

   Los quilmes, como todos los demás pueblos sometidos, debieron crear una rigurosa cultura tributaria, ya que el delegado local del Inca, recaudaba implacablemente los impuestos que debían rendir con una cuota parte de todas sus actividades productivas. Mientras el tributo se cumplía normalmente, la vida de la comunidad podía transcurrir con igual normalidad, casi como en los tiempos previos a la llegada del conquistador del Cuzco. Lentamente, sin embargo, el pueblo fue construyendo una nueva rutina para sus días. No eran los mismos, por supuesto. Ahora debían trabajar para ellos y para el ocupante extranjero: debían buscar los metales preciosos o abrir y mantener los caminos del incario, por donde los ejércitos sumaban nuevos territorios para el emperador. Pero la nueva realidad trajo un beneficio nuevo: los pueblos del valle estaban atados ahora por el cordón imperial al trono de Tupac Yupanqui y, si bien la ocupación no había sido tan cruenta como pronosticaban los orejones del rey, no se permitiría ningún movimiento de sublevación entre ellos. El imperio del miedo favoreció, de paso, la paz entre estas comunidades, porque cualquier enfrentamiento entre sí podía ser visto como un intento levantisco en contra del gran Inca. 
  La guardia militar del delegado imperial era la que bajaba y se mezclaba con los quilmes en las tareas cotidianas. No era numerosa, pero su presencia entre ellos todos los días imponía el orden y la paz que como en el imperio romano se acataba en silencio. Sin integrarse a la vida social, estos soldados caminaban junto a todas las tareas cotidianas, supervisaban el trabajo diario de cada sector de la comunidad, prestaban oído a todas las reuniones, a cada uno de los rumores y penetraban, a veces, la intimidad de la vida familiar para conocer el entramado complejo de la lengua de los quilmes y de los pueblos de todo el Yocavil, como del resto de sus vecinos que hablaban el duro kakán hacia el norte, hasta las comunidades lejanas del altiplano, y el diaguita hacia el sur, hacia las comunidades de los valles riojanos. Pero había oportunidades en que, a pesar de todo, los militares incas debían infiltrar la confianza de las comunidades sometidas y olfatear los hedores subterráneos de conspiraciones y sublevaciones que pudiesen tejerse y destejerse secretamente entre ellas. 
   El castigo, en esos casos, era ejemplar. Aunque fueron escasas, por lo menos en la zona de los valles calchaquíes, las sanciones que se aplicaban era ciertamente extremas y alcanzaban a la comunidad entera. No se trataba de condenar sólo a los conspiradores, aún con la pena de muerte -que sin duda cupo igualmente-, sino de infligir con la mayor dureza el escarmiento sobre todo el pueblo: el estado cuzqueño tenía previsto el destierro liso y llano de toda la sociedad indígena en cuyo seno había sido detectado cualquier conato de alzamiento contra el poder imperial. El “mitimaes” inca era el desarraigo de su tierra y de sus raíces culturales hacia geografías lejanas de la comunidad rebelde, adonde era trasladada definitivamente con un destino de perpetuo trabajo forzado. Esa ruptura súbita y violenta era fatal para la vida colectiva y su muerte era una suerte lenta e inapelable para sus hombres. Este castigo fue imitado después por los conquistadores españoles y una de sus víctimas emblemáticas fue precisamente la comunidad quilmeña, a quien le cayó el goteo irremediable de la pena de muerte colectiva ante la rebeldía ingobernable del espíritu que opusieron al conquistador blanco y desconocido. 
  Pero en general los pueblos vallistos se sometieron pacíficamente al dominio incaico y dejaron que esa cultura que resplandecía sobre ellos se incrustase imperceptiblemente en el espíritu de sus sociedades. Entre los quilmes, por ejemplo, el embajador del Cuzco que vivía en las alturas del cerro del Alto, cerca de la sede del rey del pueblo, pero con la suficiente distancia para imponer su autoridad, no tenía un contacto directo con la gente, aunque un poco más con las autoridades tribales, sobre quienes descendía su poder a través de la guarnición militar. No se mezclaba ni, mucho menos, intimaba con ellos. Sus soldados, en general, tampoco compartían la convivencia y las costumbres locales. Pero la marcha de las obras imperiales, las nuevas costumbres para construir, para urbanizar, para refortificar las ciudades, la magnífica ingeniería que aplicaron en la red vial o la intensiva explotación de las minas, toda la legislación del imperio, que permitió levantar el andamiaje de un estado organizado a los largo y ancho de todos sus dominios, y sobre todo la poderosa herramienta cultural de dominación que fue la lengua oficial del Cuzco, transmitida a los sectores más elevados de las sociedades indígenas sometidas para que de ellos bajase el quechua a las grandes mayoría de la población, fueron inoculando la identidad de los pueblos -en los quilmes también- hasta transfigurar definitivamente su espíritu. 
  Fue, en verdad, una mutación invisible e intangible, deletérea y sutil, porque la invasión inca no intentó eliminar por la fuerza de las armas las culturas propias de cada territorio que llegó a controlar. Es más: respetó su pasado, sus costumbres, sus creencias, aceptó la organización social y política y las jerarquías del poder local. Incluso, fue permeable a la influencia de cada pueblo sobre sí mismo, esto es, rescató de cada uno -o de muchos, en todo caso- los códigos que regían la convivencia, la historia y sus culturas. De hecho, el delegado inca de los quilmes solía observar desde lo alto de su albergue personal, los ritos cotidianos y periódicos que ofrecían a sus dioses para pedir por la buena fortuna de sus trabajos y emprendimientos, a sabiendas, por supuesto, que parte de todos los cuales debía destinarse al tributo del trono del gran Inca. Lejos de esas costumbres y esos credos, los aceptaba, sí, pero no los compartía, aunque se parecían mucho a las divinidades de su religión, cuyas idolatrías más importantes, como la Pachamama e Inti, eran incluso comunes con la de los quilmes. 
  Esa mañana, el orejón llegó de sorpresa al asiento que el representante inca tenía en el cerro sagrado de los quilmes. La vivienda estaba -está- dispuesta al sudoeste de la ciudad, con un ambiente rectangular amplio que evidencia notablemente la arquitectura incaica para diferenciarse y separarse del resto de las construcciones urbanas. La llegada inesperada del enviado imperial, que también oficiaba de recaudador, le hacía saber al procurador de los asuntos del soberano incaico en ese pueblo que debía viajar inmediatamente al Cuzco para elevar su informe al emperador sobre la marcha de la economía en su jurisdicción y un pormenorizado detalle de las utilidades que debía rendir ante el palacio real. 
  Ese fue uno de los motores más poderosos de todas las conquistas del incanato y, aunque no había un calendario riguroso para el cumplimiento de esta obligación, los delegados imperiales debían acudir periódicamente a la gran capital inca para formalizar la rendición de cuenta debida. Cuando éstos se demoraban, como había sucedido en el caso del administrador de Quilmes, llegaba primero la intimación urgente y luego enviaban al kipukamayo, que era esa suerte de contador inca, para hacer la auditoria de los números del funcionario que no había cumplido con su obligación. 
  Lo cierto es que la expansión del imperio hacia estas regiones del territorio argentino, uno de cuyos centros más importantes fueron los valles calchaquíes, no pudo durar más de medio siglo. La llegada de los españoles terminó con el señorío del Inka sobre los pueblos del Tahuantinsuyu que llegó a irradiarse por casi todo el macizo cordillerano de Sudamérica, desde las alturas del Ecuador hasta los límites del río Maule, en el sur de Chile donde empezaba la Araucanía. 
 Corto tiempo, ciertamente, para el esfuerzo titánico de la conquista del gobierno del Alto Perú. Pero suficiente para imprimir su marca imborrable sobre las culturas tan diversas donde rigió el poder de Tupac Yupanqui, hijo de Pachacútec, el Conquistador que acometió la gran expansión de los dominios del incario y le llamó Tauhuantinsuyu al imperio que gobernó, y nieto de Viracocha, el aborigen más venerado del incanato. Tiempo necesario, al fin, para que las culturas y los pueblos interactuasen entre sí, batiendo en ese vértigo sus modos de ser, sus maneras de sentir, sus formas de creer, sus estilos de vivir y de convivir. Sobresalió, por supuesto, la cultura dominante, porque naturalmente era superior, pero creció igualmente y se enriqueció con los signos que fue dejándole cada nación sojuzgada. Un juego de impresiones de uno sobre otro -de uno más que otros- que pintó una idiosincrasia nueva y diferente en la evolución inca y una personalidad definitiva, a la vez, en las comunidades que dominó. 


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(C) Hugo Morales Solá
Bibliografía 


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