Los Quilmes - Parte III

La espiritualidad 

 Apenas despuntó entre las cumbres calchaquíes del oeste del valle, el sol se sorprendió con el rito que oficiaba el sacerdote mayor de los quilmes. Un pozo más o menos pequeño había herido la tierra sagrada a un costado de las grandes rocas que se levantan como altares naturales, justo en la mitad del pecho del cerro del Alto, el lugar más venerado de sus ceremonias religiosas. El hechicero se arrodilló lentamente sobre el agujero de la tierra y abrió un saco de piel de guanaco. Detrás de él, los hombres y mujeres que lo acompañaban por varias decenas obedecieron igualmente el gesto de reverencia del mediador con los dioses, mientras cantaban a media voz una copla ritual al ritmo monocorde de una caja circular de cuero. El viento de los primeros días de agosto empezaba a entibiarse con el aliento cálido de El Zonda cordillerano y alegraba hasta el lamento hueco de las quenas que se elevaba al sol como una plegaria. Sacó primero unas vasijas repletas de granos de maíz y los esparció adentro del pozo. Después, espolvoreó con ají molido e inmediatamente vació otro recipiente de barro en el que había traído chicha que ofrecía del mismo modo a la diosa madre. Traía también pétalos de pequeñas flores del valle para entregarlos a la ceremonia religiosa. Todos los movimientos del sacerdote eran pausados y perfectamente diagramados por una liturgia ancestral, que la historia traería hasta nosotros por encima de los siglos y de la extinción cultural. A veces, se paraba y bailaba alrededor del agujero en súplicas casi incomprensibles y luego volvía a caer de rodillas y continuaba depositando las ofrendas en la tierra. Roció después el interior del pozo con hojas de coca picada, estiércol molido y perfumes que olían al venerable incienso de su credo nativo. Por fin, dio las últimas pitadas a una suerte de pipa natural, hecha con la madera de la raíz de un taco y la tiró también a las fauces de la tierra, luego de lo cual se puso nuevamente de pie, dio media vuelta y miró a su feligresía: lanzó sobre ella un poco del humo que guardaba todavía en el cuenco de su boca, volvió otra vez sobre el ofertorio que yacía a sus pies y exhaló el último resto de humo que quedaba adentro de sus labios. Entonces sí, dejó la última ofrenda: su mano buscó debajo de la piel de llama que lo abrigaba y envolvía de cuerpo entero, una ramita de ruda macho y la colocó encima de todo lo que había dejado durante todo el rito. Uno por uno, los fieles que lo seguían fueron depositando igualmente las mismas hojas y ramas que transmitían salud y buena cosecha de la siembra que se avecinaba. Taparon el pozo con la tierra que lo habían abierto y levantaron sobre él un pequeño altar de piedras de medio metro de alto. Él sería la “apacheta”, el monumento improvisado que el culto indígena elevaba a la Pachamama, la madre tierra, la madre de todas sus deidades, en ruego de mejor ventura para los tiempos que vendrían. El sol, mientras tanto, colgaba altivo del cielo del Yocavil y presidía las honras de la espiritualidad de los quilmes. La apacheta quedó al lado de las rocas sagradas -esos dioses petrificados, como le llama Alfredo Turbay en el libro “Quilmes, poblado ritual incaico”, que protegían la vida de los quilmes- y el muro del culto a la lluvia, que corre por unos treinta metros de largo acordonando el cerro al costado izquierdo -al sur- de las rocas centrales. Ese anillo de pirca de piedras de unos dos metros de alto servía para invocar a la lluvia, tan escasa en el valle sediento. Justo a la mitad de su altura cruza una serpiente blanca que zigzaguea en todo el largo de la muralla, hecha con piedras de cuarzo en medio de las piedras grises del fondo. Toda la zona, todo el cerro fue, en realidad, un recinto sagrado, un lugar de alta religiosidad destinado al culto a las diferentes divinidades que adoraron los quilmes. Desde luego que su espíritu era simple, lejos de toda intención de comunicarse con dioses abstractos o seres espirituales sobrenaturales de cuya existencia no podían tener, por eso, ninguna señal sensible a sus sentidos. Adoraron, entonces, a la tierra, que era -es- la Madre Pachamama, cuya generosidad les permitía vivir sin hambre ni sed, abrigarse y tener un lugar estable para vivir y convivir. También rindieron culto al sol, el Padre Inti, de cuya tibieza y energía tenían clara conciencia que dependía su existencia y fue tal vez, después de la madre tierra, la segunda divinidad más importante del panteón de sus dioses. Pero también veneraron a la lluvia, al rayo, al trueno y, en general, a todo aquello -animales o cosas- que satisficiera sus necesidades más elementales para existir, sin cuyo auxilio sólo seguía la muerte. La jornada de agosto estaba dedicada a los dioses, era una ofrenda para comunicarse con ellos y rogar para que derramaran sobre su comunidad abundante misericordia para sus adversidades. La mañana avanzó en rogativas conducidas por el sacerdote. Se caló de nuevo la túnica de lana tejida de fuertes colores que adornaba, además, con placas metálicas y se acomodó sobre su largo cabello renegrido el gorro igualmente tejido en el que los artesanos habían dibujado las imágenes sagradas de un suri, una serpiente y un sapo. Luego giró hacia la izquierda, donde a unos pocos metros estaban las rocas que había santificado la fe colectiva de los quilmes. Casi en el medio de ellas, había -hay- una gran piedra plana con cinco hoyitos encerrada por una pirca circular, como si fuera una gran peña de morteros públicos para que las mujeres moliesen los granos. Pero no: allí, el hechicero llenó de agua los orificios y cantó otra copla religiosa acompañado por la procesión de devotos. Impetraban a la lluvia en una ceremonia cuya magia estremecía a los penitentes. La creencia mandaba que el agua depositada se evaporase y que después, cuanto antes mejor, los pozos de la piedra fueran llenados con agua del aguacero que esperaban del cielo. Saltaban, bailaban y cantaban preces a los poderes celestiales para que el agua mojara sus campos agrietados por la sequía glacial del invierno de esos siglos prehispánicos y pudiera así germinar la siembra próxima de sus semillas. La serpiente viborea en el anillo sagrado de pirca que ciñe al cerro de Alto del Rey. Con una cabeza casi romboidal, el cuerpo del reptil se quiebra una y otra vez en un meandro de ángulos obtusos, como si fuera un ruego perenne a las nubes para que traigan la tormenta. Ella, en efecto, está simbolizada en las culturas indígenas con la antigua imagen del rayo que precede inexorablemente al vendaval deseado, remolcador de la lluvia tan ausente. Por encima de la culebra, arriba de los ángulos cerrados de la víbora, cuelgan dos piedras, una sobre otra, que refuerzan el culto como si dos gotas de lluvias estuviesen cayendo sin que nunca terminasen de caer. Por debajo de ella, mientras tanto, otra línea de piedras igualmente blancas ubicadas horizontalmente representa -según enseña Turbay- a las semillas de una siembra eterna que sólo germinará el agua clamada al cielo. 

El panteón de sus divinidades 

 Por eso, los animales, como la serpiente, servían para elevar sus ruegos al cielo. El suri o avestruz fue igualmente un ave sagrada por sus poderes extraordinarios para atraer a las tormentas, en cuya danza alocada los quilmes veían un rito animal para arrastrar al valle a las lluvias espasmódicas del verano. El suri, en efecto, presiente la humedad que llegará con las nubes de la tempestad y comienza a sacudir sus enormes alas, mientras hace girar su cuerpo a los saltos en un pequeño espacio, a la vez que su cabeza y su largo cuello hacen extraños movimientos. El sapo es otro animal que forma parte de la conocida iconografía de los mitos indígenas destinados a impetrar por el agua que pocas veces llega del cielo calchaquí. Él también ostentaba poderes mágicos para magnetizar al aguacero, porque su canto monótono se adelantaba siempre a la descarga bienhechora de los cielos. Todos ellos se inmortalizaron en el edén de la religión de los quilmes y naturalmente integran también el devocionario nativo de todo el continente. Hubo otras deidades que ocuparon el espíritu religioso de los Quilmes durante los siglos que vivieron antes de la llegada de la conquista española. Pero ella trajo consigo la misión evangelizadora de la Iglesia Católica y a partir de entonces su sistema de creencias sintió el impacto del Dios de los cristianos. Sólo el tiempo permitió ver la curiosa conciliación entre la adoración a sus viejos dioses y el culto a esta divinidad nueva encarnada en la piel de un hombre. La mística de aquella jornada religiosa de agosto debía terminar en la noche. Todo el día, hasta ver de nuevo el sol amaneciendo, debían pedir a los dioses que los custodien en el verano que se acercaba. Apenas se vistió de luz, la luna crepitó en la hoguera ceremonial que presidía el ritual nocturno. El sacerdote ya estaba ataviado con otra manta, tejida igualmente con lana de guanaco, teñida de colores estridentes con la resina del algarrobo, y en su cabeza brillaban nuevos medallones de metal que había incrustado en el gorro de albardilla. Sus pies estaban cubiertos por unos botines rudimentarios de piel cruda de vicuña, ajustadas a las piernas con trenzas de hebras del mismo cuero, mientras que el resto de la gente compartía la ceremonia envuelta del mismo modo en pieles diversas de los animales que cazaban o criaban en los corrales. La chicha abrigaba adentro de sus cuerpos. El clima, por supuesto, fue siempre el elemento que ayudó fuertemente a configurar el alma de los pueblos. La suya también, naturalmente. Pero la biosfera global, la climatología planetaria soportaba cambios rotundos en aquellas centurias que iban de temperaturas absolutamente benignas y apacibles, fértiles para acometer el desarrollo de las sociedades en todo el mundo conocido, hasta el descenso a climas cuya rigurosidad se parecía a verdaderas eras glaciales que podían durar hasta más de cien años y llevarse consigo a generaciones enteras de comunidades en todo el planeta. Pero estos fenómenos, dice Turbay, respondían -responden todavía- a causas absolutamente naturales, a actores de la naturaleza, como el sol en este caso, cuyas variaciones en la intensidad de su actividad (períodos de Sol Activo y de Sol Quieto) generaban estas mutaciones climáticas, muchas veces fatales para la vida en la Tierra. Siglos más tarde, llegó la normalización en períodos actuales imperceptibles que pueden durar a lo sumo unos diez años, sobre los que la actividad y la inteligencia del hombre son enteramente impotentes, a diferencia de los cambios de climas que hoy puede ocasionar la irresponsable e irracional interferencia humana en la conservación del medio ambiente. 

El invierno glacial 

 Faltaban unos ochenta años para que llegara a estos valles la onda expansiva del imperio incaico y unos cincuenta años más para que el conquistador español irrumpiese a sangre y fuego en estas tierras ignotas. Apenas despuntó el siglo XV, el sol comenzó a adormecer su intensa actividad y trajo el invierno glacial que flamearía todo el año en los vientos cordilleranos. Los aborígenes temían que la historia se repitiese: los campos se esterilizarían de frío, las cumbres blanquearían su piel con gruesas costras de hielo que secarían los ríos perennes de estas montañas, los animales caerían somnolientos hacia la muerte irremediable y las comunidades se amurallarían en contra de su extinción total con la desaparición de los ancianos y los niños, los más débiles sempiternos de cualquier colectividad. Mientras la noche avanzaba, la luna del mismo modo se enfriaba. La gente se fue acercando más a la reunión, que había descendido ya al llano del pie de la montaña para acoger a toda la comunidad. El mismo cacique de los quilmes había bajado de los altos de su sede, acompañado de sus cortesanos, mientras fogatas menores se esparcían entre la aldea de piedra para dar calor al gentío. Todos querían aprovechar las bondades de esa noche especial: había, en primer lugar, el calor del fuego, cuyo uso también había empezado a racionarse para no malgastar las reservas de leña. Los gobernantes sabían que la abundancia de madera de otros tiempos comenzaría a secarse con el castigo del padre sol que azotaría de frío y sequía al valle del Yocavil. Su río, nunca exuberante de agua, sería literalmente devorado por el arenal de Balasto, y los riachos que bajaban de los cerros vecinos de la sierra de El Cajón quedarían fatigados y exangües, polvorientos de adversidad. Había, además, buena comida, otro lujo cuyo esplendor al año siguiente -o al otro- sería tal vez un recuerdo vago e irresistible al estómago de hombres, mujeres y niños. Los alimentos serían entonces administrados severamente a las familias para las comidas cotidianas. Ellos, que habían tenido durantes cientos de años la bendición de la madre tierra y de su padre, el sol bienhechor, dador de toda vida en el universo indígena, que habían disfrutado -y disputado, a veces belicosamente, con los pueblos vecinos- de todos los bienes que la naturaleza copiosa les había entregado por generaciones enteras, ahora estaban en los umbrales del hambre, la sed, las enfermedades conocidas y desconocidas y los peligros más diversos que los acorralarían hasta la desesperación. Un presentimiento escalofriante estremecía al cacique: nadie podía saber cuánto tiempo duraría este infierno helado. Las danzas ya no eran festivas, eran una súplica obsesiva del inconsciente colectivo, una alabanza sin descanso a los dioses que gobernaban su vida y la naturaleza. ¿Acaso sería un castigo del dios padre por una convivencia poco solidaria con los pueblos hermanos del valle? Pero si ellos siempre se defendieron, jamás emprendieron un ataque en contra de ninguna tribu cercana, sobre quien hubiesen pretendido dominarla, despojar sus cosechas o sus rebaños o usurpar su territorio. La chicha abrigaba y consolaba, evadía con fogonazos de júbilo, y el sexo se sumaba ardiente a la ceremonia ritual. La montaña llamaba desde sus altas cumbres y el padre Inti demandaba tal vez el sacrificio de una princesa pequeña, adolescente y tierna como las doncellas que duermen el sueño glacial de las nieves eternas.

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Bibliografía 

• Piossek Prebisch Teresa: Los Hombres de la Entrada. Historia de la expedición de Diego de Rojas – 1543-1546. Segunda edición de la autora. 1995.
• Piossek Prebisch Teresa: Pedro Bohórquez. El Inca del Tucumán. 1656-1659. Editorial Magna Publicaciones. Cuarta edición 1999. 
• Piossek Prebisch Teresa: Los Quilmes. Legendarios pobladores de los Valles Calchaquíes. Edición de la autora. 2004. 
• Torreblanca, H. de (2003): Relación histórica de Calchaquí, Buenos Aires: Ediciones culturales argentinas. Versión paleográfica, notas y mapas de Teresa Piossek Prebisch. 
• Lafone Quevedo Samuel A.: Las migraciones de los Kilmes. Revista de la Universidad de Buenos Aires. Tomo XLIII, págs. 342 y sgtes., Talleres Gráficos del Ministerio de Agricultura de la Nación, Buenos Aires, 1919. (educ.ar). 
• Turbay Alfredo: Quilmes. Poblado ritual incaico. La Fortaleza-Templo del Valla Calchaquí. Editorial María Sisi. Tercera edición póstuma. 2003. 
• Galeano Eduardo: Las venas abiertas de América Latina.
• Revista Icónicas Antiquitas: Vol. 1, No. 1, 2003 - Universidad del Tolima - Colombia: Espacio y Tiempo de la Cultura de Santa maría – Análisis estructuralista de la iconografía funeraria en la cultura arqueológica de Santa María - Argentina - Los Quilmes del Valle de Yocavil. 
• Tarragó, Myriam N. y Gonzalez, Luis R.: Variabilidad en los modos arquitectónicos incaicos. Un caso de estudio en el valle del Yocavil (noroeste argentino). Chungará (Arica), dic. 2005, vol.37, no.2, p.129-143. ISSN 0717-7356. 
• Russo Cintia: Universidad Nacional de Quilmes – Revista Theomai, número 2 (segundo semestre de 2000). 
• Lorandi Ana María: Los valles calchaquíes revisitados. Universidad Nacional de Buenos Aires. 
• Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa): Junto a los pueblos indígenas II 


(c) Hugo Morales Solá

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