Los Quilmes - Parte IV

La guerra

   El grito de alarma del centinela llegó rápido hasta la guardia del cacique, cuya residencia se alzaba arriba del pucará del cerro Alto del Rey. A lo lejos, a varios kilómetros al norte, hacia las tierras de los cafayates, los ojos vigilantes del custodio de la tribu podían ver el avance lento de cien, tal vez doscientos nativos que caminaban con marcha de guerra entre las arenas húmedas del río Yocavil. Eran los guerreros del pueblo vecino de Tolombón, quizás el más importante y poderoso del valle Calchaquí, que había decidido atacar otra vez a la comunidad de Quilmes, porque se sentía todavía invadido por ella, usurpado en su territorio y propietario de sus cosechas. Habían pasado ya unos dos siglos desde su llegada, alrededor del siglo IX, nuevas generaciones habían heredado esa rivalidad con los pueblos cercanos, y no era posible sin embargo una integración definitiva con ellos. 
  La mirada aguda y atenta del guardián desde la elevación de la fortaleza defensiva no descuidaba ningún movimiento de la tropa invasora. Cerca de la media altura del cerro del Alto irrumpen a ambos costados dos torres naturales, una hacia el sur de unos 150 metros y otra hacia el norte de alrededor de 100 metros, dos lomos salientes como cuñas de roca enclavadas en el pecho de la montaña. Allí montaron naturalmente el corazón de la fortaleza, en cuyo interior los quilmes construyeron diferentes ambientes y cuya vista panorámica era inmejorable y les permitía dominar los horizontes lejanos de todo el valle del Yocavil. Pero el pucará era mucho más que esos contrafuertes que se cierran sobre el esternón del cerro: un cinturón de terrazas en diferentes niveles, que en tiempos de paz eran los conocidos andenes de cultivo, servía en las alturas para albergar y proteger a la comunidad del peligro de las hordas enemigas.   
   El cacique mandó de inmediato que la gente común de su pueblo subiera a los balcones de la montaña. Era una evacuación hacia arriba, mientras los guerreros se aprestaban para el enfrentamiento. Algunos batallones se ubicaban entre las rocas y los muros de piedras del mismo pucará, desde donde descargarían una lluvia de flechas y lanzas con puntas de afiladísimas piedras obsidianas envenenadas con hierbas seleccionadas del valle. Otros escuadrones se mezclarían cuerpo a cuerpo con el enemigo entre el espinal del bosque que crece cerca del río. Doscientos años había sido tiempo suficiente para que los quilmes se ganasen los laureles por la ferocidad para defender su tierra. No fueron expansionistas, es cierto. Pero aprendieron a proteger la tierra y su gente con las mismas garras de los pumas que siempre merodeaban sus rebaños.

La rutina de la paz

  Las mujeres, los niños y los ancianos escuchaban, desde el refugio del pucará, el griterío de sus hombres anunciando la muerte entre el matorral que precede al bosque de mistoles. Arriba crecía el pánico que había caído entre ellos como el fucilazo de un rayo. Ellas aprovechaban el sol de la mañana invernal para desflecar la lana que le sacaban a las llamas y vicuñas del corral, otras desgranaban los maíces que almacenarían en los silos de piedras de sus viviendas, mientras algunas improvisaban secaderos de ajíes y azafranes para sacrificarlos después en el mortero que los haría polvo de fuertes colores para dar sabor y olor a sus comidas. La planicie del pedemonte era su recinto de trabajo cotidiano. A su lado, otro bullicio de paz y alegría precedía la tempestad de la guerra: las gargantas de los niños retumbaban en el valle y aturdían el silencio del cardonal. Pero el castigo de la convivencia violenta con las comunidades vecinas había llegado otra vez para sembrar de saqueo y muerte la tierra que en los días de paz era sembrada de trabajo. Mujeres y niños debían huir entonces hacia las alturas del pucará, como una liebre asustada de las fauces hambrientas del cazador. 
  Sus guerreros, sin embargo, hacían tronar el fragor del combate. Entre la maleza reseca, los cuerpos se estrellaban en una lucha mortal. Hacha en mano y un grito de terror a flor de labios, cada golpe de unos contra otros era un anuncio cada vez más cercano de la muerte inevitable. Esta vez eran los tolombones, pero habrá de nuevo -como los hubo- incursiones de los pichao, colalao, animanás y anquigastas, entre otros, que intentarán expulsar una vez más a los quilmes de su cerro sagrado. A veces, no había tiempo ni lugar para las destrezas bélicas: una jabalina, un simple palo o la fuerza irresistible de los brazos, que sólo puede transmitir la furia de la lucha, bastaba para terminar con la amenaza del enemigo. 
  Si bien la pelea era a muerte, porque se trataba de defender el territorio, además de las cosechas y los rebaños y, por supuesto, la montaña donde se habían levantado los altares mayores de su religiosidad, las guerras eran siempre producto de la rivalidad entre pueblos vecinos. Esa dimensión simple y casi doméstica acotaba claramente y delimitaba siempre los alcances del combate. Por eso, estas refriegas no tenían casi nunca la intención de hacer prisioneros a los coyunturales enemigos, salvo, claro está, que hubiese causas especiales para acometerlo. Una de ellas, tal vez la más importante o la más común, era la decisión de los quilmes de tomar como prisioneros de guerra a los altos oficiales que dirigían el ataque, a veces incluso era buscado el mismo cacique o su hijo, si estaban mezclados en la aventura invasora, si es que el ejército enemigo secuestraba a las mejores mujeres -incluso a los niños- para llevarlos cautivos y exigir con su vida la respuesta a sus reclamos. Desde luego, el destino de las mujeres arrebatadas era casi siempre ser consumidas por la voracidad sexual de los curacas carceleros, lo cual obviamente enardecía más los ánimos de los quilmes. El tiempo y la historia, sin embargo, se ocuparán de hermanarlos definitivamente cuando llegue primero el imperio de los incas para someter a esta gran nación nativa de los valles del noroeste argentino, y luego el gran imperio conquistador desde los mares desconocidos desatando a su paso la muerte, el saqueo, la destrucción y el exterminio casi final de su raza. 

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 Bibliografía 

• Piossek Prebisch Teresa: Los Hombres de la Entrada. Historia de la expedición de Diego de Rojas – 1543-1546. Segunda edición de la autora. 1995.
• Piossek Prebisch Teresa: Pedro Bohórquez. El Inca del Tucumán. 1656-1659. Editorial Magna Publicaciones. Cuarta edición 1999. 
• Piossek Prebisch Teresa: Los Quilmes. Legendarios pobladores de los Valles Calchaquíes. Edición de la autora. 2004. 
• Torreblanca, H. de (2003): Relación histórica de Calchaquí, Buenos Aires: Ediciones culturales argentinas. Versión paleográfica, notas y mapas de Teresa Piossek Prebisch. 
• Lafone Quevedo Samuel A.: Las migraciones de los Kilmes. Revista de la Universidad de Buenos Aires. Tomo XLIII, págs. 342 y sgtes., Talleres Gráficos del Ministerio de Agricultura de la Nación, Buenos Aires, 1919. (educ.ar). 
• Turbay Alfredo: Quilmes. Poblado ritual incaico. La Fortaleza-Templo del Valla Calchaquí. Editorial María Sisi. Tercera edición póstuma. 2003. 
• Galeano Eduardo: Las venas abiertas de América Latina.
• Revista Icónicas Antiquitas: Vol. 1, No. 1, 2003 - Universidad del Tolima - Colombia: Espacio y Tiempo de la Cultura de Santa maría – Análisis estructuralista de la iconografía funeraria en la cultura arqueológica de Santa María - Argentina - Los Quilmes del Valle de Yocavil. 
• Tarragó, Myriam N. y Gonzalez, Luis R.: Variabilidad en los modos arquitectónicos incaicos. Un caso de estudio en el valle del Yocavil (noroeste argentino). Chungará (Arica), dic. 2005, vol.37, no.2, p.129-143. ISSN 0717-7356. 
• Russo Cintia: Universidad Nacional de Quilmes – Revista Theomai, número 2 (segundo semestre de 2000). 
• Lorandi Ana María: Los valles calchaquíes revisitados. Universidad Nacional de Buenos Aires. 
• Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa): Junto a los pueblos indígenas II 

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(c) Hugo Morales Solá

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