Los Quilmes - Parte II

La sociedad 

 La Pachamama, por supuesto, fue -es- la divinidad mayor entre sus creencias. Adoraban a la madre tierra porque de ella venían los frutos y ella también les prodigaba todos los recursos que sus necesidades individuales y colectivas demandaban. Pero además era este territorio una región agreste y seca, cuyas lluvias escaseaban siempre. En esa tierra, donde el agua era el oro incoloro, fue precisamente que ellos, con la misma obstinación que sus ancestros migrantes se rebelaron al dominio incaico, decidieron hacer de las faldas de esos cerros un horizonte fértil que saciara el hambre. Nada los desalentó. Ni los escasos trescientos milímetros por año que caían -y caen-, naturalmente en el verano, los apartó de aquel presagio de una convivencia segura. Presentían que allí podían construir una vida entibiada por el mismo sol de las rutinas de sus hombres y mujeres entretejiendo las tareas de cada día en años interminables de paz. Era este corredor ancho y profundo del río Yocavil que habían elegido para el resto de sus días y lo defenderían y lo trabajarían laboriosa y abundantemente. Lo cierto fue que allí, al norte del valle del río Santa María, sintieron la atracción envolvente de la montaña que los abrigaba como el regazo tibio de las caderas maternas donde crece el hijo que espera nacer. Con un recorrido de algo más de cien kilómetros desde la Punta de Balasto, en el extremo sur, el río Yocavil sube por el este catamarqueño para internarse brevemente en la punta oeste de Tucumán y seguir después hacia el sur de Salta. Allí se encuentra con el valle y el curso del río Calchaquí, que baja a su vez desde el Abra del Acay, casi en la puna salteña, muy cerca de San Antonio de los Cobres. Ambos valles, en realidad, forman un cajón, recostado de norte a sur, de unos 250 kilómetros de largo, con sus aguas, una que baja y la otra que sube, corriendo desbocadas al encuentro arenoso, a la milenaria amalgama de las piedras que entorpecen su camino. La poca capacidad del río Santa María de mojar la tierra seca, convertida casi en arena estéril, apenas pudo rociar siempre el brote tenaz de los chañares y mistoles, cuyo frondoso ramaje fue el infaltable combustible para cocinar en el fuego no sólo los alimentos básicos de los quilmes sino también la alfarería que creó inagotablemente la imaginación de sus manos. Esa artesanía con la arcilla, como con la metalurgia, dejó patentes muestras de su fusión con la cultura santamariana, de la que recibieron toda su influencia. Pero el algarrobo fue el árbol al que revistieron de santidad en reconocimiento de todos sus frutos y provechos que les entregaba generosamente. El taco, como también lo llamaron, fue, en efecto, leña y el fruto, su vaina, la semilla que fermentaba hasta la embriaguez en la sangre de los quilmeños. De su maceración silenciosa y paciente se elevaban los vapores abundantes de la chicha, la bebida alcohólica que era a la vez una debilidad y el licor que presidía todas las ceremonias religiosas. Bajo sus efectos etílicos, hasta los jesuitas se rindieron a evangelizarlos, cansados de impotencia y escandalizados ante lo que miraban como conductas pecaminosas y lujuriosas, lascivas y perturbadoras. La luz de la luna y el ritmo de los sicus y ocarinas de los hechiceros, pontífices entre el pueblo y los dioses, era el medio ambiente propicio para iniciar las danzas ceremoniales antes de las siembras, como ceremonia de preparación para las cosechas y sobre todo como una súplica de triunfo en la vigilia de alguna guerra. Después, naturalmente, se entregaban a los placeres de la carne ebria. 

¿De los valles del Alto Perú?

 Dicen los investigadores que el pueblo quilmeño descendía de las razas que habitaron los valles del Alto Perú. El brillo aceitunado de su piel, los ojos oscuros como la noche que los deglutía en el desenfreno de sus bailes, el cabello intensamente azabache, cuantioso y rudo, y el porte enhiesto y altivo, parecían confirmar, en efecto, esa teoría. Si fue así, no fueron entonces meros portadores de su aspecto corporal, sino que también recibieron el legado genético del ingenio de los aimara o aun de los incas. La construcción de la represa a media altura del cerro que abrazó literalmente su ciudad, es una muestra patente de la habilidad para sistematizar el agua escasa que manaba de una vertiente alejada, en un extraño brote líquido de la montaña seca y rocosa ubicado casi en la ladera trasera del cerro del Alto. Desde allí, salió una red de canales y acequias para rodearlo por la cara que da al sur. Piedra sobre piedra, amuraron el agua sobre la pared del monte y una compleja trama de conductos permitía almacenar cerca de siete mil metros cúbicos de ese recurso tan escaso y distribuirla después entre las terrazas de cultivo apuntaladas igualmente con pircas de piedras. Esto explica de alguna manera las motivaciones que determinaron el emplazamiento de la zona de cultivos a esa altura de la ladera montañosa. Allí cosecharon los alimentos básicos de la comunidad: zapallo, ají, papa, maíz, quinoa y poroto. Estas colectas de la tierra domesticada a la aridez de la zona, algo así como unas mil hectáreas distribuidas en las faldas del cerro, servían para atender el sustento diario en los tiempos de paz y echar mano de los acopios que hacían en depósitos de enormes tinajas o en silos de piedra en los días en que la paz con los pueblos vecinos se extraviaba en el arenal de la discordia fratricida, o en los meses que iban de la nueva siembra a la siega. 
 En cambio, cuando la paz soleaba sus días, salían a la luz las mejores rutinas creadoras de los hombres y mujeres de Quilmes. En los patios -y en las enramadas del sector urbano que habían fijado entre los bosques de algarrobos y mistoles y los balcones de cultivo- pasaban las mujeres la mayor parte del día ocupándose de moler los granos y semillas en morteros de piedra y cocinando los alimentos diarios, mientras el bullicio de los niños se multiplicaba en el eco del cerro que presidía la convivencia como un padre tierno y centinela. No cabe duda que el arte de tejer cestos y de hilar, teñir y tejer la lana de llama era un patrimonio femenino. Un poco más rara, era igualmente de ellas la tarea de ovillar el pelo de vicuñas o de alpacas, cuyos ganados eran buscados en las altas cumbres por los hombres más diestros en esta caza mayor, ya que su carne era igualmente preciada para alimentarse. Con los años, sin embargo, aprendieron que de aquellas manadas huidizas de llamas y guanacos podían reunir pequeños rebaños para bajarlos hasta el asentamiento de su gente y encerrarlos en corrales de piedra para que se reprodujesen. La sistematización de los productos de estos animales les permitió entonces mejorar su rendimiento y obtener otros beneficios nuevos, como la leche, que antes no era aprovechada, además de la carne y sus lanas.

Todo era de todos

Todo -o casi todo- era, en esta cultura, de propiedad de la comunidad. No había naturalmente un mandato ideológico que hubiera impuesto el patrimonio colectivo. Todo era de todos: las cosechas, escasas o abundantes, la carne de sus ganados, la recolección exuberante de los frutos de los bosques naturales de algarrobos y chañares o los metales y las piedras y demás recursos que brillaban a cielo abierto. Había, desde luego, un curaca o cacique que tenía la misión natural, divina, de liderar la comunidad en los asuntos de la economía y la administración de los recursos de la comunidad, así como en la decisión de defender el territorio y la vida de sus gobernados y declarar la guerra a los pueblos vecinos. Había también un grupo que entornaba y asesoraba siempre al jefe aborigen: los sacerdotes hechiceros y esa suerte de consejo de ancianos, por ejemplo. Pero el resto de la sociedad formaba un solo cuerpo que compartía sin ninguna diferencia las mismas gracias y desgracias de todo el pueblo. En fin, el calor de la igualdad se coronaba en las noches ceremoniales, cuando los poderes de la chicha los hermanaba horizontalmente en el reposo de la sangre alcoholizada. 
 Por eso, la vivienda fue tal vez uno de los pocos recintos -siempre rectangulares- sobre lo que había efectivamente un sentimiento de pertenencia, si bien a veces era igualmente compartida entre dos más familias. Hay incluso, entre las ruinas más bajas de la ciudad, amplios ambientes cuadrangulares, de unos treinta metros de largo por alrededor de quince metros de ancho, cuyas paredes de piedra parecen haber albergado a varias familias. Desde la altura mayor del cerro, el cacique dominaba la vida cotidiana de su pueblo y decidía el destino de matar y morir de sus guerreros. Allí, en efecto, casi en la cima de la montaña, estaba enclavada la vivienda del gran jefe quilmeño. Hasta ahí -tal vez unos cuatrocientos metros de altura, desde el pedemonte- debía escalar el cortejo que lo trasladaba desde su residencia hasta el llano del pueblo. Por eso, la corte de gobierno que acompañaba todos los días al curaca gobernante vivía cerca de él, aunque un poco más abajo, pero por encima, de todos modos, del ecuador del cerro. A esa altura, quedan todavía los restos de unas cincuenta viviendas donde se distribuían el concejo de ancianos, los hechiceros, sacerdotes y otras autoridades que ungía el cacique, cuyo linaje, por supuesto, le llegaba por la sangre que heredaba de sus ancestros elegidos igualmente por la voluntad de sus dioses. Esta clara jerarquización del cerro le valió justamente su nombre de “Alto del Rey”, como una obvia explicación arqueológica de la ubicación que tuvo en el monte de esa comunidad el jefe que conducía su existencia. El resto de la sociedad de los quilmes, cuya población ascendía hasta los cinco mil habitantes en los siglos anteriores a la irrupción de la conquista inca, primero, y española, después, vivió dispersa en el territorio que habitaron alrededor de su montaña sagrada. Es cierto que el núcleo urbano de este asentamiento aborigen se edificó a los pies del cerro del Alto, que fue el que mejor resistió al peso del tiempo y a la depredación de los saqueadores de todos los siglos -y es lo que todavía se puede ver como el mayor yacimiento arqueológico argentino-, pero alrededor de él se irradiaron numerosas viviendas y campos de trabajo agrícola, silos de almacenamiento y corrales de piedra para los rebaños que se levantaron a lo ancho del espacio que defendieron a sangre y punta de lanzas. El día se hunde en el último estertor del sol y la noche enfría hasta los huesos. Dos -tres, tal vez- familias de los quilmes se arropan con las pieles de llamas y las mantas tejidas con su lana. Se juntan, se apretujan unos con otros en los ambientes más amplios del sector más bajo del cerro, donde vive la mayor parte de la comunidad. El vano de entrada de la casa, angosto y bajo, deja entrar una corriente fría del viento de junio que desciende desde las estrellas heladas y se arremolina en el espacio interior, abierto totalmente hacia el cielo. Los muros de piedras se humedecen con el rocío punzante y la pequeña hoguera del interior comienza a crecer alimentada de ramales secos de chañares. ¿Cómo? ¿no había techos en las viviendas? Ni en esto siquiera parece haber alguna certeza. En general, los autores no coinciden. Unos dicen que sí -como la profesora Teresa Piossek Prebisch-, que las viviendas tenían techos hechos con una suerte de loza de barro y paja asentada sobre un encatrado de cañas y madera de cardones. Pero hay también quienes sostienen, como Alfredo Turbay, que en la cultura indígena, aún en las más avanzadas, como los incas, no se conoció el uso del techo porque carecían de un desarrollo científico capaz de permitirle los cálculos complejos para acometer esa obra. Lo cierto fue que las viviendas estaban semienterradas en la montaña para aprovechar precisamente el abrigo de ella. Es posible que hayan conocido aunque fuera la noción más elemental del techo, pero parece indudable que el ardor del fuego era superior al calor de una precaria techumbre y era por eso, quizás, que había algunos recintos destinados a albergar hogueras de invierno que exigían sus paredes a cielo abierto. 

La vida en la aldea 

 El cerro Alto del Rey fue naturalmente el centro de su existencia, pero los terrenos que lo rodeaban, unos 30 kilómetros desde Fuerte Quemado, donde los quilmes se mezclaban con los acalianos, hasta la zona de Colalao del Valle fueron intensamente trabajados y ganados a la seca languidez de esa tierra. ¿Cómo fue posible domesticar casi 1300 hectáreas donde sólo crecían -y crecen- entre el suelo yermo algunas matas espinosas y los cardones, como testigos abundantes del desierto implacable? Los quilmes organizaron su vida, en efecto, alrededor de su montaña sagrada y desde allí bajaban, en primer lugar, las grandes terrazas de cultivo, apuntaladas en diferentes niveles con murallones de piedra pircada de unos dos metros de altura, cuyo riego llegaba, como se sabe, desde la represa construida cerca de una vertiente hacia el sur de la ciudad. Pero estos andenes formaban parte, a la vez, de la fortaleza militar, los pucarás, desde donde defendían a la comunidad en tiempos de guerra y especialmente de invasión de alguna agresión de otro pueblo indígena que embestía en contra de ellos. 
En el resto de su territorio, aprovechaban la tierra con la escasa humedad de los arroyos y riachuelos que bajaban de los cerros vecinos y naturalmente buscaron cultivos duros y aptos a la aridez del clima. Tal vez el maíz y el zapallo eran los productos de bajo mantenimiento que se ajustaron mejor al rigor del suelo. Después venía el secado de casi todos los productos que cosechaban e incluso de las carnes de sus animales, para cruzar justamente esos meses del invierno que mata casi toda la vida en derredor. Pero antes de que desapareciera el verano, después de la mayoría de las cosechas, había que agradecer a la Pachamama por los frutos que entregara de sus entrañas y a Inti, por la vida que prodigó en el útero de la madre tierra. A ella volverán con sus rituales en la agonía del próximo invierno, antes de que el padre sol despierte en la primavera el sueño de los cardones.

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Bibliografía 

• Piossek Prebisch Teresa: Los Hombres de la Entrada. Historia de la expedición de Diego de Rojas – 1543-1546. Segunda edición de la autora. 1995.
• Piossek Prebisch Teresa: Pedro Bohórquez. El Inca del Tucumán. 1656-1659. Editorial Magna Publicaciones. Cuarta edición 1999. 
• Piossek Prebisch Teresa: Los Quilmes. Legendarios pobladores de los Valles Calchaquíes. Edición de la autora. 2004. 
• Torreblanca, H. de (2003): Relación histórica de Calchaquí, Buenos Aires: Ediciones culturales argentinas. Versión paleográfica, notas y mapas de Teresa Piossek Prebisch. 
• Lafone Quevedo Samuel A.: Las migraciones de los Kilmes. Revista de la Universidad de Buenos Aires. Tomo XLIII, págs. 342 y sgtes., Talleres Gráficos del Ministerio de Agricultura de la Nación, Buenos Aires, 1919. (educ.ar). 
• Turbay Alfredo: Quilmes. Poblado ritual incaico. La Fortaleza-Templo del Valla Calchaquí. Editorial María Sisi. Tercera edición póstuma. 2003. 
• Galeano Eduardo: Las venas abiertas de América Latina.
• Revista Icónicas Antiquitas: Vol. 1, No. 1, 2003 - Universidad del Tolima - Colombia: Espacio y Tiempo de la Cultura de Santa maría – Análisis estructuralista de la iconografía funeraria en la cultura arqueológica de Santa María - Argentina - Los Quilmes del Valle de Yocavil. 
• Tarragó, Myriam N. y Gonzalez, Luis R.: Variabilidad en los modos arquitectónicos incaicos. Un caso de estudio en el valle del Yocavil (noroeste argentino). Chungará (Arica), dic. 2005, vol.37, no.2, p.129-143. ISSN 0717-7356. 
• Russo Cintia: Universidad Nacional de Quilmes – Revista Theomai, número 2 (segundo semestre de 2000). 
• Lorandi Ana María: Los valles calchaquíes revisitados. Universidad Nacional de Buenos Aires. 
• Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa): Junto a los pueblos indígenas II 


(c) Hugo Morales Solá

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