Amaicha del Valle: historia de una auténtica comunidad indígena - Parte IV

Las guerras calchaquíes

A menos de veinte años de la primera entrada de los españoles al gran valle calchaquí, en 1562, los pueblos aborígenes de la zona se alzaron en contra de los intentos de dominación de los conquistadores. Juan Calchaquí, guerrero y jefe de los tolombones, sublevó a las numerosas tribus de estos valles en contra de la organización que había impuesto a sangre y fuego el poder colonial para someter a estos pueblos del mismo modo que lo había hecho con los de la llanura, esto es, bajo la imposición del sistema de encomiendas, a través del cual no sólo sojuzgaban a las colectividades indígenas sino que además se apropiaban de sus territorios. Eso fue justamente el nervio motor de la rebelión: sentir que perdían el sentido más profundo de la existencia, sentir que perdían a la Pacha, la madre tierra que los contenía y sostenía desde los tiempos sin memoria, frente a un futuro desolador, no sólo por la idea de vivir sin la tierra que les pertenecía, reunidos en pequeñas parcelas para atender cultivos de los señores de la Conquista y servirles en trabajos que se parecían a la esclavitud, sino también por la amenaza de verse confinados en las profundidades de las minas para extraer el oro, el cobre y la plata, tal como lo habían hecho antes los conquistadores incas. La primera revuelta fue liderada por Juan Calchaquí y fue un duro castigo al avance de la dominación española. Fueron literalmente borradas de la cartografía colonial las primeras ciudades de estas tierras altas del noroeste, como la primera fundación de Londres, en el valle catamarqueño del mismo; Cañete, en Tucumán, y Córdoba, en el valle del río Calchaquí. Luego de que los conquistadores retomaron el control de la situación, le siguió un período de aparente paz que se extendió hasta 1630. En ese año, se levantó en armas la parcialidad de los diaguitas que habitaban los valles de Catamarca, encabezada por la comunidad de los hualfines, cuyo jefe, Juan Chelemín, llevó adelante la responsabilidad de la sublevación de numerosas comunidades calchaquíes. La chispa de la sedición fue el hallazgo de una mina de oro en la zona por parte del encomendero Juan de Urbina, a quien de inmediato le dieron muerte los hualfines, para evitar el trabajo forzado en el nuevo yacimiento. La noticia disparó la reacción no menos violenta de los españoles, quienes descargaron una furiosa represión en una guerra que duró siete años y destruyó la segunda fundación de la ciudad de Londres, así como la de Nuestra Señora de Guadalupe, en Calchaquí. Chelemín fue ejecutado e inmediatamente se dispuso el desarraigo de la tribu hualfín hacia tierras lejanas. Unas tres décadas más pudieron sostener la libertad y la independencia la gran nación calchaquí. Hasta que en 1658 un embaucador andaluz, venido de España con el nombre de Pedro Chamizo y conocido en sus andanzas como timador entre indígenas y españoles de las tierras sudamericanas como Pedro Bohórquez, levantó otra vez en armas a los pueblos de los valles de los ríos Calchaquí y Yocavil. Pero después de su rendición ante la autoridad colonial, la rebelión continuó liderada por el mestizo José Henriquez hasta 1665, año en que comenzó el destierro definitivo de los quilmes hacia las costas de la provincia de Buenos Aires. 

Los amaichas, privilegiados

Sin embargo, sobre la comunidad de los Amaichas cayó un castigo menos pesado, porque su separación de las tierras naturales fue provisoria y en la llanura cercana a Calchaquí. Por una disputa sucesoria entre encomenderos, los amaichas pudieron continuar un tiempo más en el valle del Yocavil, ya que Francisco Abreu, quien demostró que era el verdadero heredero de la encomienda que administraba a esta colectividad en su propia tierra, intentaba persuadir a los jueces de que no habían participado en la rebelión para no perder a sus trabajadores con la desnaturalzación de los indígenas. Un acuerdo ecléctico, mientras el juicio seguía ventilándose en Buenos Aires, permitió a los amaichas que se radicasen en 1669 en los llanos de Lules sin perder su territorio de altura y sin que el encomendero Abreu perdiese jurisdicción sobre ellos, porque las tierras bajas también estaban incluían en su encomienda. Las demás colectividades sufrieron la misma suerte definitiva de los quilmes. 

 La cédula real 

Poco tiempo después, en 1716, una cédula real de la corona española reconoce la propiedad de las tierras de los amaichas y les devuelve en posesión definitiva a cambio del bautismo del cacique Diego Utibaitina. Eran alrededor de cien mil hectáreas, que incluía a la ciudad sagrada de los quilmes. El documento se testimonió en 1753 en presencia del hijo de Utibaitina, Francisco Chapurfe, y expresa textualmente, en uno de sus párrafos que “Bajo cuyos límites damos la posesión real, temporal y corporal al susodicho Cacique, para él, su Indiada, sus herederos y sucesores: Y ordenamos al Gran Sánchez que está siete leguas de Tucumán abajo, deje venir a los Indios que se le encomendaron por el referido tiempo de diez años para que instruidos volviesen todos a sus casas como dueños legítimos de aquellas tierras, para que las posean ellos y sus descendientes y que no serán quitadas por persona alguna en ningún tiempo".

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 Fuentes:
* Teresa Piossek Prebisch: “Los Hombres de la Entrada. Historia de la expedición de Diego de Rojas. 1543-1546”. 1995
* Teresa Piossek Prebisch: “Pedro Bohorquez, el Inca del Tucumán. 1656-1659”. Ediciones Magna Publicaciones. 1999.
* Octavio Paz: “Tiempo Nublado”.
* Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Jujuy: "Ritual de la Pachamama, el 1° de agosto".
* Huamán Luis Alberto Reyes: Tesis doctoral. www.catamarcaguia.com.ar.
* Comunidad indígena de Amaicha del Valle: “Amaicha: ceremonia de vida”. Editorial Neptuno. 1996.
* Mariana Vignoli: Tesis de la Licenciatura en Turismo.
* Sitios web: www.nortevirtual.com - www.naya.org.ar -www.identidadaborigen.com.ar - www.lagaceta.com.ar - www.enteculturaltucuman.gov.ar

* La foto pertenece a Jorge Luis Campos - Buenos Aires - Argentina

(c) Hugo Morales Solá

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