Amaicha del Valle: historia de una auténtica comunidad indígena - Parte II

El rito profundo de la Pachamama

Todo empezaba el primer día de agosto. En el primer amanecer del mes de la transición del invierno hacia la primavera, comenzaba el despertar de la religiosidad amaicha que despertará después el sueño de la naturaleza en un ardor de reverdeceres, mientras el sol volverá a dar la vida sobre la tierra yerma de la estación del frío. Con las primeras luces del día, el sacerdote de la tribu -el chamán- reunía al cacique, los ancianos y al pueblo, en general, para comenzar el ritual a orillas de un pozo abierto en la tierra, como un gran vientre de la Pacha, que recibiría todas las ofrendas que simbolizaban los ruegos y cada una de las intenciones que llevaban los hombres y mujeres del pueblo. El hechicero se arrodillaba lentamente sobre el agujero de la tierra y abría un saco de piel de guanaco. Detrás de él, los hombres y mujeres que lo acompañaban por varias decenas obedecían igualmente el gesto de reverencia del mediador entre ellos y los dioses, mientras cantaban a media voz una copla ritual al ritmo monocorde de una caja circular de cuero. Primero, sacaba unas vasijas repletas de granos de maíz y las esparcía adentro del pozo. Después, espolvoreaba con ají molido e inmediatamente vaciaba otro recipiente de barro en el que había traído chicha que ofrecía del mismo modo a la diosa madre. Traía también pétalos de pequeñas flores del valle para entregarlos a la ceremonia religiosa. Todos los movimientos del sacerdote eran pausados y perfectamente diagramados por una liturgia ancestral, que la historia traería hasta nosotros por encima de los siglos, del exterminio de la raza y de la extinción cultural. A veces, se paraba y bailaba alrededor del agujero en súplicas casi incomprensibles y luego volvía a caer de rodillas y continuaba depositando las ofrendas en la tierra. Rociaba después el interior del pozo con hojas de coca picada, estiércol molido y perfumes que olían al venerable incienso de su credo nativo. Por fin, daba las últimas pitadas a una suerte de pipa natural, hecha con la madera de la raíz de un algarrobo, y la tiraba también a las fauces de la tierra, luego de lo cual se ponía nuevamente de pie, daba media vuelta y miraba a su feligresía: lanzaba sobre ella un poco del humo que guardaba todavía en el cuenco de su boca, volvía otra vez sobre el ofertorio que yacía a sus pies y exhalaba el último resto de humo que quedaba adentro de sus labios. Entonces sí, dejaba la última ofrenda: su mano buscaba una ramita de ruda macho, debajo de la piel de llama que lo abrigaba y envolvía de cuerpo entero y la colocaba encima de todo lo que había dejado durante el rito. Uno por uno, los fieles que lo seguían iban depositando igualmente las mismas hojas y ramas que transmitían salud y buena cosecha, que esperaban para el verano. Tapaban, después, el pozo con la tierra que lo habían abierto. Ese agujero sagrado era -es- un tajo en el cuerpo mismo del dios vivo de la Pachamama para que la ofrenda sea, en realidad, una devolución de todo lo que ella da con generosidad para permitir la subsistencia. Pero en su cuerpo, la gran madre alberga también los dolores, el sufrimiento y la muerte, porque de ella vendrá de nuevo la vida. El hoyo ritual es, en verdad, un camino para llegar a su corazón. La luz de la luna y el ritmo de los sicus y ocarinas de los hechiceros, pontífices entre el pueblo y los dioses, era el medio ambiente propicio para iniciar igualmente las danzas ceremoniales antes de las siembras, como ceremonia de preparación para las cosechas y sobre todo como una súplica de triunfo en la vigilia de alguna guerra. El carnaval que se celebra todavía en Amaicha del Valle reproduce mucho de aquellos rituales, ceremonias y danzas religiosas a la madre tierra, con el mismo espíritu que atravesó los siglos. La presencia de las copleras da, por supuesto, el marco espiritual de mayor devoción por esos días, que reproduce del mismo modo las ceremonias de agosto. Pero en febrero, un desfile de carrozas engalana el clima festivo, donde llega la nueva Pachamama que se renueva cada año, representada por una anciana de la comunidad de los amaicheños, muy diferente de la mujer joven y voluminosa que simboliza a la madre tierra en el resto de los pueblos indígenas de la zona. Atrás viene el burro del Pujllay, un anciano alegre que encarna al espíritu astuto y sagaz del carnaval, como si viniese, en efecto, del mítico antigal, donde descansan los huesos de la gente mala y pecadora de los tiempos inmemoriales, sobre quienes cayó el diluvio como castigo. 

El arte

Esa elevada espiritualidad de los amaichas fue precisamente la que infiltró todo su arte hasta orientarlo hacia los dioses como nuevas expresiones de sus rogativas a los cielos, para saciar sus necesidades de la dura subsistencia en esa tierra árida, seca y rocosa. La cerámica, por ejemplo, es una evidencia clara de esta verdad tan rotunda como su obra, atravesada de creatividad e imaginación para reflejar allí los contornos de los dioses y de los animales que servían para elevar sus impetraciones. Los colores, las formas, la perfección de su alfarería como de la metalurgia magnetizaron siempre la mirada de los investigadores, quienes coincidieron unánimemente en calificarla como la más resplandeciente de la región calchaquí. Otra obra perfeccionada por las mujeres amaichas fue el arte de tejer con las lanas que hilaban y ovillaban de las llamas que criaban. Después, con la presencia española, agregaron rebaños de ovejas. Este arte tan típico de este pueblo exigió de la creación del telar amaicheño, diferenciado de los demás por su posición vertical donde tejían mantas, pullos y otros abrigos para su gente. Los tejedores, hilanderas y ovilladoras fueron haciéndose a sí mismos por el paso de los siglos y las generaciones para repetir hoy la misma técnica ancestral. 

La llegada de los incas 

Hasta 1480, el límite sur del imperio de los incas eran las alturas de la puna boliviana, en el corazón de la cultura Tiahuanaco. Pero la tentación del emperador Tupac Yupanqui de ampliar esa frontera de dominación para anexar regiones importantes de yacimientos de metales preciosos fue más fuerte que las advertencias de los adelantados imperiales sobre la naturaleza aguerrida y belicosa de los pueblos de la zona de los valles que se extendían desde el Abra del Acay hacia abajo. Y, en verdad, la marcha de los ejércitos incas intimidó cuando llegaron a estas tierras. Algunas de las comunidades del gran cañón de los valles calchaquíes se resistieron más que otras, sus pucarás fueron incluso fortificados en esa época de avance inca por los valles del río Chicoana, al cual después del paso del invasor se lo conocería como Calchaquí, que en quechua quiere decir precisamente “tierra arrasada”, y el Quiri-Quiri, nombre original del Yocavil, rebautizado después como Santa María por el español. 
Pero, en realidad, el peso aplastante de las tropas imperiales los amedrentaba y empequeñecía. Poca resistencia podían oponer pueblos ciertamente pequeños, divididos entre sí y sin tiempo para reaccionar detrás de una estrategia común que los uniese para practicar una defensa fuerte y a la altura de la potencia del invasor. Esa experiencia atroz y asimétrica les servirá, de todos modos, para intentar definitivamente la unión entre ellos cuando llegase el otro invasor, más peligroso que el que ahora pisaba su tierra y la de sus padres e igualmente la asolaba. Lo cierto fue que el avance de la ocupación inca en la zona calchaquí fue arrollador. La superioridad numérica y la promoción de su poder militar invencible, inoculado sobre las conciencias de los calchaquíes por los orejones de rey, una suerte de adelantados a la invasión que anunciaba el desastre y la tragedia para los pueblos que se rebelasen a su paso. Todo eso fue el motor real de la dominación por encima, incluso, del ejercicio efectivo de la potencia bélica sobre estas poblaciones. 
 Desde la mirada de las comunidades de estos valles, estos hombres, capaces de dominarlos, eran ciertamente poderosos. Es cierto que hubo intentos individuales, y hasta la reedición de las confederaciones de los pueblos naturales de la zona, para resistir con violencia a la llegada de los ejércitos incas. Es cierto, en definitiva, que al poder incaico no le resultó fácil esta conquista en el extremo sur del imperio. No fue, en suma, una estrategia de dominación que se aplicó con la rutina de otras regiones. Pero, en primer lugar, la que llegaba a los valles del noroeste era una nación de la misma raza y de la misma sangre originaria que la de los amaichas, que había llegado de la misma tierra, aunque lejana, para extender su señorío sobre su gente y su territorio. Además, cuando resistían luchaban contra armas que no eran más poderosas y capaces de matar que las suyas. Sin embargo, eligieron finalmente la paz antes que rebelarse indefinida e inútilmente a su autoridad y se sometieron. Se trató, en definitiva, de un choque de naciones y de razas iguales entre sí. Básicamente, fue un conflicto entre pares, aunque mostró, claro está, el desarrollo más avanzado de una cultura sobre otra, pero sobre un piso de inteligencia común, cuyas diferencias nunca llegaron a plantear la magnitud de una confrontación entre dos mundos absolutamente diversos, donde uno dominaba por el progreso ostensible de su ciencia y su conciencia sobre el otro. Eso pertenecía a una historia que se escribiría más tarde. 

Un cambio de época

 De todos modos, la historia de los amaichas, en particular, y de los diaguitas, en general, cambió rotundamente. Con la llegada del inca invasor, llegó otro tiempo, otra convivencia, nuevos códigos culturales y, en suma, una nueva existencia amanecía en el valle inmemorial del Yocavil. Después que cayó Chicoana, en la puerta norte del valle Calchaquí, la suerte de todos los pueblos vallistos estuvo echada. Luego de la aridez mortal del altiplano, el Abra del Acay separaba -separa- generosamente las montañas hasta las profundidades del valle del Chicoana, y un poco más abajo, se levantaba la gran ciudad de piedra, cuyos campos fértiles y la ubicación geopolítica ideal atrajo con avidez el interés de los incas. Desde allí, en efecto, el imperio controlaría casi todo el Kollasuyu y ramificaría las rutas secundarias de su extensa red caminera hacia la expansión del Tahuantinsuyu por el sur del continente. 
 Si esta capital ya estaba en manos de los incas, Tolombón, la población más importante del Quiri-Quiri, al sur de Chicoana, sería el próximo bocado importante en los planes de la conquista. Y si caían estas grandes ciudades vallistas, capitales de las dos nuevas provincias que se anexaban a la provincia del Kollasuyu, ¿tenía sentido resistir el avance inexorable del imperio? Salvo casos excepcionales, los pueblos calchaquíes se fueron sometiendo irremediablemente al poder de Tupac Yupanqui. Pero a este emperador indígena le atraían sobre todo los grandes yacimientos de oro y plata que dormían en las profundidades de las montañas de los valles al sur del Collasuyu y los hombres de aquellas tierras para que entregaran la mano de obra esclavizada a los pies del yugo imperial. Por eso, permitió preservar las identidades de cada comunidad sojuzgada, aunque impuso, eso sí, el quechua como lengua oficial del imperio con la intención de que sirviese como una herramienta más de dominación. 
 Los pueblos sometidos del Calchaquí debieron crear una rigurosa cultura tributaria, ya que el delegado local del Inca, recaudaba implacablemente los impuestos que debían rendir con una cuota parte de todas sus actividades productivas. Mientras el tributo se cumplía normalmente, la vida de la comunidad podía transcurrir con igual normalidad, casi como en los tiempos previos a la llegada del conquistador del Cuzco. Lentamente, sin embargo, el pueblo fue construyendo una nueva rutina para sus días. No eran los mismos, por supuesto. Ahora debían trabajar para ellos y para el ocupante extranjero: debían buscar los metales preciosos o abrir y mantener los caminos del incario, por donde los ejércitos sumaban nuevos territorios para el emperador. Pero la nueva realidad trajo un beneficio nuevo: los pueblos del valle estaban atados ahora por el cordón imperial al trono de Tupac Yupanqui y, si bien la ocupación no había sido tan cruenta como pronosticaban los orejones del rey, no se permitiría ningún movimiento de sublevación entre ellos. El imperio del miedo favoreció, de paso, la paz entre estas comunidades, porque cualquier enfrentamiento entre sí podía ser visto como un intento levantisco en contra del gran Inca.

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 Fuentes:
* Teresa Piossek Prebisch: “Los Hombres de la Entrada. Historia de la expedición de Diego de Rojas. 1543-1546”. 1995
* Teresa Piossek Prebisch: “Pedro Bohorquez, el Inca del Tucumán. 1656-1659”. Ediciones Magna Publicaciones. 1999.
* Octavio Paz: “Tiempo Nublado”.
* Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Jujuy: "Ritual de la Pachamama, el 1° de agosto".
* Huamán Luis Alberto Reyes: Tesis doctoral. www.catamarcaguia.com.ar.
* Comunidad indígena de Amaicha del Valle: “Amaicha: ceremonia de vida”. Editorial Neptuno. 1996.
* Mariana Vignoli: Tesis de la Licenciatura en Turismo.
* Sitios web: www.nortevirtual.com - www.naya.org.ar -www.identidadaborigen.com.ar - www.lagaceta.com.ar - www.enteculturaltucuman.gov.ar

* La foto pertenece a Jorge Luis Campos - Buenos Aires - Argentina 

(c) Hugo Morales Solá

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