Amaicha del Valle: historia de una auténtica comunidad indígena - Parte III

Las conquistas

Los pueblos vallistos se sometieron pacíficamente al dominio incaico y dejaron que esa cultura que resplandecía sobre ellos se incrustase imperceptiblemente en el espíritu de sus sociedades. Las obras imperiales, las nuevas costumbres para construir, para urbanizar, para refortificar las ciudades, la magnífica ingeniería que aplicaron en la red vial o la intensiva explotación de las minas, toda la legislación del imperio, que permitió levantar el andamiaje de un estado organizado a los largo y ancho de todos sus dominios, y sobre todo la poderosa herramienta cultural de dominación que fue la lengua oficial del Cuzco, transmitida a los sectores más elevados de las sociedades indígenas sometidas para que de ellos bajase el quechua a las grandes mayoría de la población, fueron inoculando la identidad de los pueblos hasta transfigurar definitivamente su espíritu. Fue, en verdad, una mutación invisible e intangible, deletérea y sutil, porque la invasión inca no intentó eliminar por la fuerza de las armas las culturas propias de cada territorio que llegó a controlar. Es más: respetó su pasado, sus costumbres, sus creencias, aceptó la organización social y política y las jerarquías del poder local. Incluso, fue permeable a la influencia de cada pueblo sobre sí mismo, esto es, rescató de cada uno -o de muchos, en todo caso- los códigos que regían la convivencia, la historia y sus culturas. Lo cierto es que la expansión del imperio hacia estas regiones del territorio argentino, uno de cuyos centros más importantes fueron los valles calchaquíes, no pudo durar más de medio siglo. La llegada de los españoles terminó con el señorío del Inka sobre los pueblos del Tawantinsuyu que llegó a irradiarse por casi todo el macizo cordillerano de Sudamérica, desde las alturas del Ecuador hasta los límites del río Maule, en el sur de Chile donde empezaba la Araucanía. Corto tiempo, ciertamente, para el esfuerzo titánico de la conquista del gobierno del Alto Perú. Pero suficiente para imprimir su marca imborrable sobre las culturas tan diversas donde rigió el poder de Tupac Yupanqui, hijo de Pachacútec, el Conquistador que acometió la gran expansión de los dominios del incario y le llamó Tawantinsuyu al imperio que gobernó, y nieto de Viracocha, el aborigen más venerado del incanato. Tiempo necesario, al fin, para que las culturas y los pueblos interactuasen entre sí, batiendo en ese vértigo sus modos de ser, sus maneras de sentir, sus formas de creer, sus estilos de vivir y de convivir. Sobresalió, por supuesto, la cultura dominante, porque naturalmente era superior, pero creció igualmente y se enriqueció con los signos que fue dejándole cada nación sojuzgada. Un juego de impresiones de uno sobre otro -de uno más que otros- que pintó una idiosincrasia nueva y diferente en la evolución inca y una personalidad definitiva, a la vez, en las comunidades que dominó. 

La llegada del conquistador español 

 Las demás culturas indígenas, creyeron en el primer contacto que tuvieron con la presencia española que se trataba de una representación sobrenatural con encarnación humana que tal vez llegaba para desatar el yugo de la dominación incaica, si bien el propio inca profesó, en ese momento inicial del encuentro de ambas civilizaciones, el mismo culto equivocado a esos señores a quienes podía verle el aura de la divinidad que ellos también adoraban. Pero no fue un encuentro sintetizador e integrador de culturas diferentes. Fue, en cambio, un choque violento de sociedades muy desiguales, de civilizaciones absolutamente incomparables, donde la más avanzada no se impuso por el camino de la razón a sus interlocutores más atrasados, según la cosmovisión del mundo que traían quienes habían cruzado el océano Atlántico, el temible mar del Norte. Se impuso por la vía rápida de la ocupación violenta de naciones enteras, con sus culturas y sus historias. Se impuso por el atajo de la voracidad sobre las riquezas de las comunidades originarias de este continente. Riquezas que para ellas tenían un profundo sentido espiritual, lejos en lo absoluto de lo económico. Definitivamente, había que defenderse de su presencia agresiva. Ahora sí, la historia cambiaría rotundamente. Si antes aquella civilización de su misma raza los había sometido y esclavizado, obligándolos a trabajar para sostener su interminable imperio, y había quebrado el futuro de su pasado, la convivencia a pesar de todo había sido posible. El tiempo pudo trenzar nuevos códigos comunes que fueron creciendo en el enramado de sus culturas que aprendieron a tocarse y alejarse, a mezclarse, a fundirse y volver a separarse, a respetarse y convivir en ese aprendizaje que sólo la misma sangre y los mismos orígenes, la misma tierra y el mismo cielo, dioses y credos que se parecían y sin embargo se diferenciaban, podían servir como un almácigo capaz de germinar una nueva era dentro de la misma historia. Ahora, en cambio, eran dos mundos, tan diverso uno del otro como la luz de la oscuridad, que se encontraban y chocaban, que en un principio se rechazaban y no se toleraban ni se respetaban, y que terminaron imponiéndose uno sobre el otro, un mundo sobre la vida del otro. Mundos, en fin, definitiva y enteramente extraños entre sí, cuyo encuentro trajo una cadena de conflictos que los siglos arrastraron hasta llegar casi a la extinción de las culturas y de los pueblos más débiles. El tiempo y la convivencia, a veces violenta, a veces pacífica, ayudaron a que los aborígenes desnudaran la humanidad de esos seres extraños que perturbó y trastornó definitivamente la vida de las civilizaciones nativas. Pudieron ver claramente que adentro de esas vestimentas metálicas y arriba de aquellos animales aterradores había nada más que hombres de carne y huesos, repletos de errores y aciertos, defectos, virtudes y limitaciones, como ellos mismos, gobernados, en muchos casos, por las ambiciones desmedidas, que cayeron sobre su gente como una nueva calamidad en la historia de las invasiones que debieron soportar.


La conquista inclusivista

 Hay autores que sostienen que la conquista española del continente americano fue inclusivista, esto es, incluyó a las razas originarias en la nueva era que abrieron sobre el mundo ignoto que habían descubierto. Desde luego que la dominación estuvo a cargo del conquistador, pero es cierto que hubo esfuerzos de convivencia e integración entre ambas civilizaciones, tan diferentes una de otra como el cielo de la tierra, que se vieron expresados claramente en políticas y legislaciones que los reyes que se sucedieron en el trono de España a partir del siglo XV sancionaron con el propósito de contener a esa humanidad nueva que habían encontrado en la “terra incógnita”. No obstante, es verdad que fue la misión evangelizadora de la Iglesia Católica la que sobre todo ayudó a poner límites a la conciencia conquistadora. Cada uno reaccionó según los instintos de la naturaleza humana que los envolvía por igual. Los pueblos originarios resistieron a quienes vieron como un invasor de sus tierras y agresor de su gente. Y lo hicieron en muchos casos con una ferocidad épica frente al español, como la de los Quilmes. Otros se rindieron ante la superioridad tecnológica de los españoles y eligieron defender la vida aún a costa de su libertad y la pérdida de sus tierras. En ese horno, sin embargo, se amasaron culturas diferentes y opuestas, creencias contradictorias y antagónicas que de todos modos pudieron fundir partes de sus almas en el fuego que fue moldeando la vida nueva que nacía en el choque cultural de la Conquista. Pero comparando con Octavio Paz la conquista americana que acometieron España e Inglaterra, no cabe duda, por supuesto, que la hispana tuvo, a pesar de todo, un sesgo humanizante y tolerante. No perdió de vista que delante de los ojos de los colonizadores había seres humanos. La conquista inglesa, en cambio, fue literalmente exclusivista. Su espíritu no admitió la convivencia y la interactividad cultural de las civilizaciones y avanzó con el rigor implacable del exterminio de las razas nativas.

*          *          *

 Fuentes:
* Teresa Piossek Prebisch: “Los Hombres de la Entrada. Historia de la expedición de Diego de Rojas. 1543-1546”. 1995
* Teresa Piossek Prebisch: “Pedro Bohorquez, el Inca del Tucumán. 1656-1659”. Ediciones Magna Publicaciones. 1999.
* Octavio Paz: “Tiempo Nublado”.
* Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Jujuy: "Ritual de la Pachamama, el 1° de agosto".
* Huamán Luis Alberto Reyes: Tesis doctoral. www.catamarcaguia.com.ar.
* Comunidad indígena de Amaicha del Valle: “Amaicha: ceremonia de vida”. Editorial Neptuno. 1996.
* Mariana Vignoli: Tesis de la Licenciatura en Turismo.
* Sitios web: www.nortevirtual.com - www.naya.org.ar -www.identidadaborigen.com.ar - www.lagaceta.com.ar - www.enteculturaltucuman.gov.ar

* La foto pertenece a Jorge Luis Campos - Buenos Aires - Argentina 


(c) Hugo Morales Solá

Comentarios

Entradas populares de este blog

Amaicha del Valle: historia de una auténtica comunidad indígena - Parte I

Amado Juri. Biografía del gobernador de Tucumán, Argentina, derrocado por Antonio Bussi en el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Parte I

La cultura Santa María: el esplendor diaguita - Parte I