domingo, 4 de marzo de 2012

La cultura Alamito - Parte III



Un espacio de síntesis religiosa

El valle de Alamito fue un medio ambiente ideal para que fuera el almácigo de la fusión cultural de los numerosos pueblos valliserranos del Noroeste argentino. Allí había tierras humedades y fértiles, recostado sobre selvas de yungas, que le permitía contar con madera abundante como combustible para los hornos metalúrgicos, por ejemplo, y demás necesidades de la comunidad, como el algarrobo, árbol sagrado desde aquellas épocas, pródigo en madera y frutos. Del mismo modo, disponían de grandes bosques de cebiles, cuya sustancia consumían en pipas de piedra para elevarse en alucinaciones hacia las nubes de los dioses. Un espacio, en fin, apto para manifestar toda la diversidad de sus misticismos y fundar el arte sagrado, variado y sintetizador a un solo tiempo, cuyos productos pudieron esparcirse, con el tiempo, por todos los valles y quebradas hasta donde llegó a irradiarse en el proceso de coalición cultural que, sin regreso, disparó el fenómeno religioso de Alamito. 
 No es que Alamito haya sido el centro inevitable del tráfico comercial y del intenso intercambio de bienes en general que sobrevino al encuentro de cada una de las particularidades de la región que los siglos fueron arrimando al Campo del Pucará. Desde luego, no fue el nervio de la balanza comercial de lo que fueron tal vez los tres primeros siglos de la era cristiana, porque es cierto que paralelamente había, en el crecimiento del proceso integrador, prácticas bilaterales de cambio de bienes, a través de dos o más pueblos que comercializaban directamente sus producciones. Pero Alamito llegó a ser el núcleo más duro del fenómeno de interacción entre las sociedades de la región, desde cuyo eje espiritual se vertebró y consolidó ciertamente un verdadero polo de poder, como la gran sustancia de la integración cultural.

El progreso regional

 Pero, ¿cómo llevaron adelante el transporte de eso que teóricamente se planteó como un intenso intercambio de bienes agrícolas, objetos de arte y otros de la más diversa naturaleza, como madera para combustible, tejidos o carne? Los ganados de llamas, que estas comunidades aprendieron a producir y reproducir para destinarlos a la carga, alimento y tejido de su lana, fueron en este sentido un medio eficaz de traslado de ese cúmulo de productos entre los pueblos o en los viajes hacia la gran plaza intercultural de Alamito. Es más, allí sus jefes podían sellar acuerdos de intercambios de cosechas u otros productos que algún pueblo ofrecía a otro que carecía de ellos y éste, a su vez, entregaba bienes materiales o servicios, técnicas o sistemas de riego o cultivo, que aquél necesitaba. Estos centros ceremoniales fueron, en definitiva, vehículos aptos para poner a la inteligencia al servicio del progreso común de la región. Seguramente, a partir de ellos las sociedades se involucraron unas con otras y en conjunto pudieron mejorar -y elevar- la calidad de vida de cada una de ellas, sin renunciar ninguna a las particularidades concretas de sus identidades. Naturalmente, eran tiempos en que la vida, individual y colectivas, estaban orientadas y regidas por las creencias religiosas. La vida humana estaba gobernada enteramente por la voluntad de los dioses y nada, ni siquiera los detalles de la vida cotidiana, escapaba del gobierno divino. Sólo así era posible encontrar una explicación y un sentido a la existencia, de cara a un universo desconocido hasta en los fenómenos más básicos como la lluvia o el trueno, de frente a una naturaleza todopoderosa, sobre cuya amenaza omnipresente sólo la voluntad de seres sobrenaturales podían proteger su pequeña finitud. 
 Por eso, parece lógica la aparición de estos centros de cultos de tanta solemnidad y devoción entre estas culturas, productos naturales de su época, aunque, en realidad, desde siempre -como los sitios ceremoniales de Tafí del Valle- hubieron estos lugares sagrados. Pero en este caso, proyectaron al conjunto una biosfera ideal para entramar los espíritus en un solo culto de clamores a los dioses, para ponerse a salvo de los mismos padecimientos y temores que los atravesaban por igual, bajo la conducción de esos pontífices entre los mortales y las divinidades, médium supremos y prodigiosos que intercedían ante los cielos por las necesidades de la tierra. Alrededor de estos sacerdotes se estructuró la vida religiosa independiente de cada una de estos pueblos y, después, la vida espiritual común en Campo del Pucará. La evolución, por supuesto, respondió a la misma lógica: una existencia centrada en la voluntad de los dioses, así en lo individual como en lo familiar y social, debía conducir inevitablemente a un sistema de gobierno centrado del mismo modo en la voluntad divina. 

Verdaderas teocracias

 Eso, exactamente, fue lo que ocurrió con estas sociedades: crearon verdaderas teocracias, cuya pirámide de gobierno ofrendaba la cúspide al protagonista social que mayor poder reunía por su influencia espiritual sobre la comunidad y hacia el ojo de sus deidades: el chamán. Y cuando el centro de ceremonias de Alamito desató el proceso de interculturación, estas figuras ganaron en la misma intensidad el poder que traían desde cada una de sus culturas y permitió que allí se diera un fenómeno de concentración de poder espiritual que derivó forzosamente, a través del tiempo, en la concentración del poder político. Campo del Pucará se convirtió, entonces, en un polo de autoridad política, a partir de la subordinación religiosa que reconocían todos los pueblos locales, desde donde fue capaz de resplandecer su poder hacia todo el noroeste argentino y sirvió de plataforma para transformar a Alamito en un haz de oportunidades y posibilidades que favoreció el desarrollo integral de las comunidades de la zona. Pero ese desarrollo demandó, a su vez, la evolución de las sociedades hacia otros niveles más complejos de organización, donde comenzó a evidenciarse ya la estructuración de la comunidad en categorías, según las funciones y jerarquías de sus integrantes, cuyo eje más visible fueron las comunidades de Condorhuasi, en el valle de Hualfín. Sin ninguna duda que esta cultura fue la dominante en la creación y crecimiento del centro de cultos de Alamito, como lo indican todos los restos arqueológicos de cada uno de los sitios religiosos de Campo del Pucará, al punto de concluir que, como se dijo, este lugar sagrado no constituyó una cultura propia sino que fue la expresión de una fase evolucionada de Condorhuasi, cuya fundación coincide con el desarrollo de la etapa conocida Diablo de esta cultura, alrededor del segundo siglo de la era cristiana. Pero la interacción e integración de los pueblos de la región, que trajeron los siglos, resulta evidente con el arte de la cultura Ciénaga que igualmente tributa este yacimiento de Pucará, producto seguramente de períodos posteriores a la fase Diablo de Condorhuasi, cuando la cerámica de esta identidad cultural comenzó a disminuir y la de Ciénaga empezó aumentar su dominio entre los rastros arqueológicos. 
 Ese juego de prevalencia de una cultura sobre otra fue quizás el reflejo de la disputa pura y dura que debió existir entre sociedades que luchaban por el liderazgo cultural para avanzar en la conformación de los primeros señoríos políticos sobre la región, que les permitía ocupar y dominar territorios muchos vastos que los que históricamente les pertenecían a cada una de ellas. Si bien ambas culturas coexistieron, en territorios diferentes, durante casi toda su existencia, resulta claro que Alamito fue un producto típico de Condorhuasi, sobre el que tal vez en las últimas etapas de su vida pesó la cultura Ciénaga. Lo cierto fue que del ensamble de estas culturas, una sobre otra, una antes que la otra, Alamito pudo proyectarse en el tiempo hacia estadios culturales más evolucionados, como parecer ser la aparición de Aguada, en el valle de Ambato. Un fenómeno social y cultural, por supuesto, más complejo, hacia donde se mudó el polo de poder y desarrollo regional desde Alamito, alrededor del año 500 d.C. Los investigadores sostienen que muchos elementos artísticos y arquitectónicos de Condorhuasi-Alamito se encontraron después en Rinconada de Ambato, como una evidencia patente de la transformación espiritual y cultural desatada en Alamito. Rinconada, el modelo más claro de Aguada, siguió el patrón de desarrollo de Campo del Pucará, esto es, a partir del núcleo religioso de la hermandad de las comunidades que se reunieron allí, se abrió un proceso de cohesión de los pueblos en los demás órdenes de la vida y la convivencia intercultural. De modo que Aguada de Ambato tampoco fue rotundamente una cultura autónoma y definida, sino el grado superior de unión e integración entre las diferentes nacionalidades nativas de la región, hilvanadas entre todas por un modo de ser, sistema de creencias, hábitos y costumbres, técnicas y métodos culturales que en conjunto conformaron tal vez el hilo común de una ideología que urdió la trama del tejido interétnico sobre casi todo el noroeste de la Argentina. 

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Fuentes:
* “Los mecanismos de control y la organización del espacio en los períodos formativo y de integración regional”. Víctor A. Núñez Regueiro - Marta R. A. Tartusi. Cuadernos de la Facultad de Humanidades y ciencias Sociales de la Universidad de Jujuy. Noviembre de 2003. Número 020. Pp. 37-50.
* “El período formativo inferior en la provincia de Catamarca (desde el 450 a.C. hasta el 600 d.C.). Víctor A. Núñez Regueiro - Marta R. A. Tartusi. Catamarca Guía: www.catamarcaguia.com.ar


(c) Hugo Morales Solá

lunes, 20 de febrero de 2012

La cultura Alamito - Parte II


El arte de Alamito 


 La evolución espiritual de la cultura Condorhuasi en Alamito demandó naturalmente satisfacer las necesidades de toda la utilería ritual, los objetos y el instrumental a través de los cuales las peregrinaciones de las diferentes sociedades manifestaban todo el poder de sus creencias religiosas y elevaban sus ruegos a los dioses de la mitología nativa. De ahí que allí se hayan establecido talleres artesanales para la elaboración de las esculturas de piedra, los productos de cerámicas y los instrumentos litúrgicos de metal. Por eso, estas piezas -que para Samuel Lafone Quevedo las piedras talladas, suplicantes, morteros e ídolos que provenían de Campo del Pucará eran las mejores que había encontrado en sus expediciones científicas por la región- fueron halladas en Balcozna, Andalgalá o el sur de Tucumán, ya que su distribución alcanzó toda esta zona de influencia cultural de Condorhuasi-Alamito. Otro tanto sucedió con la cerámica conocida como polícroma, tan típica de la fase Alumbrera de esta cultura, que tuviera su mayor desarrollo en Alamito, cuyos vestigios arqueológicos aparecieron incluso en San Pedro de Atacama, en el norte de Chile, dando cuenta del inmenso poder de irradiación cultural de esta sociedad. Eran vasijas ovoidales y cuello cilíndrico, que representaban figuras humanas o animales. Toda la producción artística, en definitiva, estuvo destinada a la función religiosa que cumplía el centro ceremonial de Campo del Pucará. Y todo, por esa misma razón, fue hecho con la mayor calidad artística y estética, porque precisamente estaba dedicado a las divinidades que protegían la existencia de las comunidades, cuyos ritos y ruegos se elevaban desde Alamito. Ese mismo arte sagrado mostró a los investigadores que uno de los mayores iconos de esa religión aborigen fue el jaguar, cuya figura preside casi todo el culto del lugar. En efecto, no sólo en los objetos de cerámica, las esculturas de piedra o los utensilios de metal, sino también en los instrumentos musicales se reproduce la imagen felina, como las ocarinas de arcilla o las quenas de hueso de llamas. La producción de toda la artesanía metalúrgica tuvo igualmente en Alamito uno de los talleres de la más alta calidad artística. Los arqueólogos encontraron en estos sitios de culto algunos recintos que tenían verdaderos hornillos de fundición de los metales con una chimenea de arcilla, en cuya base se mezclaba la leña encendida con el metal fraccionado para facilitar la licuación. Eso debieron hacer los artesanos con el cobre o el oro, los cuales cuando escurrían en altísimas temperaturas eran vertidos en moldes para la creación artística. 

El Campo del Pucará, un sitio de culto 

 Efectivamente, el centro ceremonial de Campo del Pucará estuvo habitado por pequeñas poblaciones altamente especializadas en la fabricación de toda la logística religiosa que demandaban las comunidades -o sus representaciones- de los valles intermontanos locales. Desde luego, estos grupos de familias de artistas estaban conducidos por un sacerdote o chamán, que era la autoridad soberana de cada sitio de culto en Alamito. Pero, ¿qué era un sitio de culto en Campo del Pucará? ¿Cómo estaba diseñado? ¿Respondió a una planificación o fue, en todo caso, una construcción espontánea y gradual de las comunidades que fueron sumándose con el tiempo a las peregrinaciones regionales hacia este santuario nativo del Noa? Hubo, efectivamente, una planificación arquitectónica de cada sitio de ceremonias. No fue una improvisación ni el producto de pulsiones místicas, sino el resultado de un diseño claro que debía responder a las necesidades espirituales que requerían las creencias concretas que allí llegaron a reunirse. Pero puede decirse, siguiendo las conclusiones de Víctor Núñez Regueiro y Marta Tartusi, que estaban dispuestos a la manera de las antiguas aldeas: alrededor de un patio central, donde las habitaciones se desplegaban casi como un círculo que ajustaba a ese espacio central común. En general, estaban orientados de este a oeste. Es decir: las construcciones estaban enfrentadas, patio de por medio, con un gran montículo, que era una elevación natural del terreno que comenzaba ya escarparse hacia la montaña, naturalmente ubicada hacia el oeste. Esa pequeña colina, que siempre presidía cada sitio y hacia la cual se construyeron y orientaron todos los recintos que la rodeaban, era el resultado de una cuidadosa selección de la topografía del lugar para aprovechar cada uno de sus relieves. Tal vez cumplió la función de una suerte de altar mayor o gran escenario, sobre el cual el sacerdote dirigía los ritos y los sacrificios que allí deben haber tenido lugar, incluso llevados adelante con seres humanos, según las presunciones científicas que surgen de los restos y rastros que fueron hallados en estos yacimientos arqueológicos. Inmediatamente debajo del montículo mayor, los arquitectos nativos habían levantado dos plataformas rectangulares de piedra de cara al patio del sitio, a partir de las cuales se abría el anillo de recintos que ceñía a este espacio central. Las primeras construcciones que se alineaban, a un lado y otro del área común, dos o tres por cada orilla, eran ambientes más o menos cuadrangulares, de paredes bajas y notablemente más pequeñas que las edificaciones que se oponían directamente al montículo mayor, de dimensiones ciertamente mayores y formas alargadas y ovaladas. Estos últimos edificios, que se agrupaban en núcleos de hasta seis unidades, estaban semienterrados en el terreno y eran sostenidos por contrafuertes de piedra que, además, soportaban la estructura del techo, una especie de cobertizo de paja, cañas y barro. Casi todo el espacio de estos sitios era destinado a la actividad ritual. Desde la gran colina, las plataformas, hasta las primeras construcciones, cuyo servicio tal vez haya sido el de talleres de los artesanos, donde fabricaban toda la variedad de piezas ceremoniales -especialmente las metalúrgicas-, todo estaba dedicado a honrar a las divinidades, a quienes cada pueblo venía a rendir culto. Es posible que los recintos mayores del fondo, esto es, aquellos que estaban enfrentados al altar mayor hayan sido destinados para habitaciones, donde se alojaban los peregrinos. Así como su construcción fue cuidadosamente planificada, si bien el más alto desarrollo de estos centros ceremoniales se alcanzó luego de la superación de diferentes etapas de crecimiento cultural, espiritual y social, que permitió la regionalización de su uso, la presencia toda, en definitiva, de este santuario en Campo del Pucará responde cabalmente a las necesidades que trajo el progreso cada más vertiginoso de las sociedades de los valles y quebradas del noroeste, liderados tal vez por la cultura Condorhuasi que dejó allí los primeros rastros. 

 Una síntesis de identidades 

 No cabe duda que este fenómeno espiritual interactivo de la región, es decir, de las distintas comunidades entre sí y de éstas con los dioses que, del mismo modo, comenzaron a fundirse en cultos comunes a todas ellas, configuró un avance trascendental en las culturas nativas, llamadas, a partir del motor religioso, a sintetizarse en un juego recíproco de identidades. Ese fue seguramente uno de los beneficios más notables y valiosos de la demanda espiritual de las colectividades regionales de compartir un espacio religioso común, como umbral tangible de la evolución hacia un espíritu que los hermanase e igualase en una gran nación, formadora de la diversidad de pueblos que habitarían la región. Los centros ceremoniales llegaron, en verdad, a atraer, coordinar y administrar la comunicación y la interacción entre los pueblos que intervinieron en este gran proceso integrador. Comenzó, es cierto, con el diálogo religioso, pero este encuentro abrió las puertas del intercambio económico y social, cuyas transformaciones, lentas e imperceptibles, a través de largos períodos de tiempo, exigió la concentración del poder político que favoreció, a su vez, el sincretismo de las ideas y las creencias y la consolidación de un modelo regional de administración política que fue llevando las costumbres hacia lo que finalmente se impuso en la región como un sistema de gobierno en casi todo el Noa: las jefaturas o señoríos políticos, que gobernaron grandes territorios habitados de diversos ecosistemas culturales, pero unidos por una superestructura ideológica que los enhebraba a todas por igual.

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Fuentes:
* “Los mecanismos de control y la organización del espacio en los períodos formativo y de integración regional”. Víctor A. Núñez Regueiro - Marta R. A. Tartusi. Cuadernos de la Facultad de Humanidades y ciencias Sociales de la Universidad de Jujuy. Noviembre de 2003. Número 020. Pp. 37-50.
* “El período formativo inferior en la provincia de Catamarca (desde el 450 a.C. hasta el 600 d.C.). Víctor A. Núñez Regueiro - Marta R. A. Tartusi. Catamarca Guía: www.catamarcaguia.com.ar


(c) Hugo Morales Solá

lunes, 30 de enero de 2012

La cultura Alamito - Parte I

Un tronco más o menos delgado, de alrededor de un metro y medio de alto, hiere la tierra húmeda del Campo del Pucará con su extremo punzante y filoso, como una lanza. La primitiva herramienta se hunde en el suelo feraz del valle de Las Estancias, penetra sus sudores y abre su vientre para entregarle la simiente que germinará en alimentos para el sembrador y su familia. La “taklla” -o palo plantador- tal vez haya sido el precursor remoto del arado -o, al menos, de la pala- desde aquellos tiempos prehistóricos en que la sedentarización de las comunidades nómadas comenzó a formar pequeñas aldeas en los diferentes valles del noroeste argentino. Esta escena, seguramente, se habrá repetido una y otra vez en toda esta región de valles profundos y altas quebradas con los diferentes asentamientos humanos que fueron sucediéndose desde, por lo menos, los cuatro siglos anteriores a la era cristiana hasta aproximadamente el siglo VI d.C., esto es, dentro de lo que se llamó el Período Formativo Inferior. Mucho de esa producción agrícola inicial habrá sido destinado, ciertamente, al acopio en los silos de adobe y piedra del Campo del Pucará de Alamito para servir después al intercambio intenso que debe haber habido en ese lugar donde se levantó el más importante centro ceremonial de la zona. ¿Qué fueron los sitios de Alamito? ¿Hubo allí, en Campo del Pucará, a las puertas de la selva de yungas del pie de las sierras del Aconquija, en el oriente montañoso de Catamarca, una cultura de perfiles definidos, con una identidad propia y singular que la diferenciara -y, a la vez, la acercara- de otras que se avecindaron a su alrededor, antes y después de su existencia? En primer lugar, la arqueología ha establecido que definitivamente Alamito fue una expresión genuina de la cultura Condorhuasi. Tal vez haya comenzado siendo, alrededor del año 200 d.C., un centro de culto de esa comunidad que habitó sobre todo el valle de Hualfín. Pero en períodos posteriores, este espacio espiritual de Campo del Pucará se extendió a los demás pueblos de la región de los valles del oriente catamarqueño. Lo cierto fue que siempre tuvo el destino de un lugar dedicado a la celebración de las ceremonias religiosas para manifestar las creencias de las comunidades que con el tiempo fueron sumándose alrededor de esta suerte de santuario de los dioses nativos de los primeros siglos de la era cristiana.

 Campo del Pucará 

 En rigor, todo indica que allí vivió muy poca gente, ocupada precisamente de prestar los servicios espirituales. Desde el chamán hacia abajo, toda esa pequeña comunidad giraba en torno de los cultos que reunía Alamito para elevar los ruegos a las divinidades, de cuya protección pendía el destino no sólo de Condorhuasi, sino de toda la región, que hacia el oeste se iba secando cada vez más de lluvias, por ejemplo, un beneficio muy preciado entre los pueblos de los valles semiáridos. Había escasa agricultura en el lugar, aunque ese sitio fuera un centro de intercambio intenso de bienes, sobre todo agrícola, ganado y otros bienes, a la par de todo el tráfico de credos que allí tenía lugar, como motor principal de las peregrinaciones aborígenes. La agricultura, precisamente, había sido el ancla definitiva que ató a las antiguas comunidades cazadoras y recolectoras a la sedentarización en un territorio fijo y ella, como el pastoreo, fue evolucionando en tecnologías cada vez más aptas a las demandas de sociedades más numerosas, cuyas poblaciones fueron dejando los hábitos originales de las primeras aldeas para generar nuevas formas de convivencia, según el crecimiento demográfico. Y todo, entonces, economía, sociedad, política y cultura, en suma, la identidad de los pueblos alcanzó un desarrollo notable con el paso del tiempo. El centro ceremonial de Alamito, en Campo del Pucará, tal vez sea una muestra clara del nivel de progreso de las culturas originarias, sobre todo de las comunidades de Condorhuasi, del año 200 d.C., si bien ya le había precedido un espacio religioso semejante, aunque menos evolucionado, en el valle de Tafí. Allí -o en las tierras vecinas- cultivaron el maíz, la quinoa o la papa. Sus cosechas fueron siempre la base de la dieta de los pueblos de estos valles, aunque también se servían del valor nutritivo de las semillas o los frutos del algarrobo, el chañar o el mistol y la tuna. Pero la ocasión del encuentro religioso en un mismo espacio para comunidades de diferentes orígenes territoriales, dentro de la misma región, estimuló a conocer la diversidad espiritual de los pueblos, la variedad de sus cultos para coincidir en las mismas rogaciones, cuyo diálogo cultural ayudo a la integración de las sociedades que compartían simetrías y asimetrías en los modos de ser de todos y cada uno de ellos. Así fueron moldeándose unos a otros, unos sobre otros, en las conductas colectivas, en sus patrones éticos y políticos. Detrás de la integración cultural, en efecto, seguía el intercambio comercial, cuyas cosechas, en proporciones importantes, eran reunidas en el centro ceremonial de Alamito a través de las caravanas de llamas, de gran capacidad de transporte, para el intercambio entre unos y otros. Es decir, el Campo del Pucará debe haber servido, en alguna medida, como mercado de concentración de productos agrícolas de diferentes ecosistemas, un punto de administración y motor del progreso económico de la región valliserrana. Del mismo modo, se reunía allí la producción artesanal de tejidos, cerámica y piedra, así como otros productos igualmente imprescindibles para la subsistencia y la convivencia. Todo este tráfico, cada vez más intenso entre los valles y quebradas de la zona, que convergía en Alamito para practicar una intensa espiritualidad y, a través de ella, un fascinante juego de interacción cultural, desató las potencialidades de cada una de ellas y permitió que finalmente predominase la de mayor peso específico sobre las demás. Una supremacía que no se impuso por el peso de las armas, sino por el destello de su talento creador, por el influjo de su autoridad moral que tiñó las identidades locales y favoreció la evolución hacia otros períodos de integración regional. 

 Alamito es Condorhuasi

 En Campo del Pucará, en efecto, la mayor parte de los hallazgos arqueológicos tienen el cuño notable que responde a la matriz de Condorhuasi, sobre todo en la fuerte presencia de las imágenes felinas, una impronta típica de la cultura de Hualfín que se reproduce igualmente en Alamito. Otra aparición inconfundible de Condorhuasi en esta área espiritual fueron los “suplicantes”, una creación que distinguió claramente a aquella cultura que brilló precisamente por la alta calidad estética en toda su producción artística ritual. Toda esa presencia de Condorhuasi en Alamito, como concluyen Víctor Núñez Regueiro y Marta Tartusi en “Los mecanismos de control y la organización del espacio durante los períodos formativo y de integración regional”, se dio desde el comienzo de los sitios de Campo del Pucará, lo cual “nos induce a postular -concluyen- que ellos no pertenecen a una cultura independiente -o “cultura Alamito”, como se pensaba hasta hace poco tiempo-, sino que corresponden a una facie regional de Condorhuasi (Condorhuasi-Alamito). En otras palabras, los investigadores resaltan que estos sitios de Campo del Pucará “no pueden ser considerados como simples aldeas organizadas a nivel de vínculos familiares, sino centros ceremoniales que forman parte de una red más compleja de estructuración y vinculaciones sociales, cuya base la constituyó Condorhuasi”. Es posible, entonces, reformular las hipótesis que circularon durante mucho tiempo, según las cuales Alamito había sido una cultura con identidad propia. Esto es: según las investigaciones arqueológicas que avalan Núñez Regueiro y Tartusi, los sitios de Campo del Pucará son una manifestación de la evolución cultural de Condorhuasi, cuyo centro vital estaba, como se sabe, en el valle de Hualfín y eligió este lugar recostado sobre la selva de yungas, de humedades feraces, para levantar allí lo que tal vez comenzó siendo un foco de espiritualidad exclusivo de sus comunidades, que se fue abriendo con el tiempo a las culturas vecinas del noroeste argentino hasta hacer de él un gran centro de cultos de la diversidad religiosa regional.

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Fuentes:
* “Los mecanismos de control y la organización del espacio en los períodos formativo y de integración regional”. Víctor A. Núñez Regueiro - Marta R. A. Tartusi. Cuadernos de la Facultad de Humanidades y ciencias Sociales de la Universidad de Jujuy. Noviembre de 2003. Número 020. Pp. 37-50.
* “El período formativo inferior en la provincia de Catamarca (desde el 450 a.C. hasta el 600 d.C.). Víctor A. Núñez Regueiro - Marta R. A. Tartusi. Catamarca Guía: www.catamarcaguia.com.ar


(c) Hugo Morales Solá

jueves, 29 de diciembre de 2011

La cultura Condorhuasi - Parte III

Setecientos años de evolución

La cultura Condorhuasi, como expresión del espíritu humano -individual o colectivo-, fue, desde luego, el resultado de una lenta y larga evolución en el tiempo del modo de ser de este pueblo, que demandó un proceso de alrededor de 700 años (200 a.C. - 500 d.C.). Pero ella puede exhibir, como en pocas sociedades, la profundidad de las transformaciones sociales, políticas, económicas y religiosas, que en conjunto sintetizaron el progreso cultural de Condorhuasi. Esto es lo que da cuenta acabadamente el mensaje que sobre todo el arte de esa comunidad dejó para la historia, como muestra viva de su crecimiento espiritual. 
Los avances históricos de Condorhuasi se pueden medir también desde otros rastros arqueológicos, como las ruinas de sus viviendas o cementerios, pero es en la producción de sus manifestaciones artísticas donde mejor reveló esta cultura el desarrollo de su inteligencia y todos sus talentos dormidos. Lo hizo, como se vio, en la piedra y en la metalurgia, pero con la cerámica coronó la calidad estética de su genio creativo. Es cierto, no lo hicieron con conciencia artística, para disfrutar de toda la vastedad de su creación, sino que con ella pretendieron servir a las divinidades que impetraban, fueron instrumentos de comunicación con la trascendencia sobrenatural y, con eso, para ellos estaba cumplida la misión creadora de todo su arte. Del mismo modo, puede concluirse con el resto de su producción doméstica o militar. Pero desde la mirada arqueológica esta obra portentosa del arte de Condorhuasi es la ventana más idónea para conocer su vida, su espíritu y sus creencias. 
Los investigadores Víctor A. Núñez Regueiro y Marta R. A. Tartusi clasifican a la evolución de la cerámica de Condorhuasi en tres fases perfectamente notables, según las variaciones que fue manifestando con el trajinar de los siglos. A la primera fase, entre los años 200 a.C. y 200 d.C., llamaron “Diablo”. El segundo período se identifica como “Barrancas” y ocupa el período entre los años 200 d.C. y 350 d.C. En tanto que el tercer momento artístico de la cerámica se lo conoce como “Alumbrera”, desde el año 350 d.C. hasta el año 500 de la era cristiana, cuando comienza a extinguirse esta civilización.  

La “fase Diablo”

Es la etapa original de este pueblo, es tosca y rudimentaria, de recipientes esféricos y cuellos cilíndricos, con dibujos en líneas verticales más bien serpenteadas. La cerámica era de un material precario y de colores pajizos u oscuros con escasa o ninguna empuñadura. Más tarde, fueron apareciendo, dentro del mismo período, las vasijas mejor pulidas y de tonalidades grisáceas, que conservaban, de todos modos, el diseño básico y elemental, aunque muchas piezas de cuerpos más achatados y mejor trabajados los mangos. Su ornato mostraba ya líneas quebradas de una geometría simple pero a la vez novedosa, que se resumían en rombos o triángulos vacíos en su interior o, por el contrario, atiborrados de pequeñas manchas en formas de puntos. Desde luego, poco -o ninguna- abstracción podía haber y sus creaciones eran esbozos de la naturaleza, como las vasijas con formas de zapallo. Un diseño común de ese tiempo, pero que resumía, por un lado, el grado de evolución de la comunidad, que había estacionado definitivamente su nomadismo en este territorio, a la vez que reflejaba que había comenzado a aprovechar la tierra con prácticas agrícolas cada vez más intensivas.

Vaquería

Mientras evolucionaba la cerámica de puro cuño Condorhuasi, en el valle salteño de Lerma conocían la luz de la creación las primeras obras de la cerámica Vaquería, que tendría su centro precisamente en esa región, aunque se expandiría hacia las zonas valliserranas como un regreso a la matriz de Hualfín, desde donde Condorhuasi ejercía su poderosa influencia. De ahí que este estilo, pulcro y refinado, resulte, en realidad, un producto de calidad estética tal vez superior, pero sin renunciar a los destellos originarios de Condorhuasi. Desde allí, esta cultura pudo irradiarse también hasta los umbrales de la Puna chilena, a través de una red de vasos comunicantes con la cultura de El Molle, en el norte de Chile, que transmitieron la clara ascendencia de Condorhuasi sobre el arte de la región. 
El producto de Vaquería versó, sobre todo, en torno de jarros cilíndricos, cuyos cuerpos representaban a figuras o cabezas humanas, pintadas con rojo oscuro y negro sobre un fondo de amarillo pálido, cuyas líneas geométricas hacen muy difícil la diferenciación, por ejemplo, con los vasos rituales de Hualfín, de bandas escalonadas, decoradas, por lo general, en negro y blanco. Tal vez toda esta obra pertenezca al momento de mayor esplendor de la cultura Condorhuasi, alrededor del año 100 de la era cristiana, cuando exhibió las más importantes transformaciones culturales que permitió ampliar la onda expansiva de la explosión cultural que había detonado en Hualfín. 

 La “fase Barrancas”

Amanece por el tercer siglo de la edad cristiana y sería conocida como Condorhuasi Polícromo Clásico, quizás sea, en realidad, el producto de aquel gran salto cultural del siglo anterior. Sus formas son ya mucho más variadas y los colores de los vasos y vasijas más diversificados. De una época casi monocromática se había escalado a este estadio multicolor, que ciertamente llenó de vida a sus productos. A esa época prolífica pertenecen los vasos rituales, verdaderas esculturas de cerámica de silueta humana, con el cuello del recipiente ubicado sobre la cabeza, con piernas cónicas o en globo, sin pie, y con los cuerpos atravesados de rayos o serpientes. A veces eran de líneas animales y otras de perfil mixto, entre humano y animal, de mayor semejanza todavía a los vasos de Vaquería. Dicen los arqueólogos que las representaciones animales, con predominio felino, pumas o jaguares, tenían un significado metafórico, pero los modelados con representaciones humanas expresaban el liderazgo de algunos hombres, así como el surgimiento de la desigualdad social, que ya por esa época empezaba a transmitirse de manera hereditaria. 
Por eso es que hasta la religiosidad servía para marcar las diferencias de clases en la sociedad, ya que el uso de las imágenes de un culto, como el solar, les daba pertenencia a algún estrato de ella. Del mismo modo, la representación de los vasos ceremoniales con figuras de hombres sentados, de imagen esférica, simbolizaban, según la lectura de los investigadores, el poder de los jefes políticos de la ciudad, porque a ellos pertenecía exclusivamente esa posición ritual. Tal vez una de las piezas de cerámicas más conocidas sean, además de los cuerpos de felinos y aves, los recipientes con formas de mujer en actitud de gatear, con cuerpos globulares y en cuatro patas, así como aquellos que representaban a los hombres exhibiendo claramente su sexo. 

Los “zeppelines”

Una rara pero típica imagen de esta cultura fueron igualmente los “zeppelines”, entre los vasos de imagen zoomorfa. Eran efigies coniformes de cuello alto y gallardo y cuerpo en globo. Lo cierto fue que este arte tuvo un altísimo contenido de modelado que prevaleció por sobre lo decorativo, como observa un sector de la arqueología. Un arte que dejó manar la creatividad por las manos de los artesanos, que entregaron lo mejor de su imaginación al sueño de las formas, dando libertad a sus dedos para amasar la arcilla con diseños extraños, alucinados, como deslumbrados por la existencia e hipnotizados, al mismo tiempo, por torrente de espiritualidad que se despeñaba con una fuerza expresiva irresistible en cada creación. Un arte, en suma, de una belleza delicada, refinada y sutil, trabajado hasta el mínimo detalle para que las técnicas del acabado de cada una de sus piezas fuesen resistentes al peso y el paso del tiempo. 
Todo lo cual, en otras palabras, demuestra el grado de evolución de la cultura de Condorhuasi, por encima de otras manifestaciones culturales contemporáneas, que eligió a las formas, los relieves y el difícil trabajo escultórico más que a la destreza de la pintura y la combinación de los colores sobre la cerámica. Un trabajo espinoso, y arduo, comprometido con los contornos, cuyos rostros, sobre todo, pudieron transmitir hasta nuestro tiempo el mensaje de su presencia mística y trascendente, a través de figuras alucinantes, emergidas de la pura creación del hombre originario de Condorhuasi. 

Alamito

 La ultima fase del arte cerámico de Condorhuasi se desarrollo en Alamito, en el departamento catamarqueño de Andalgalá, como un gran brazo de irradiación de esta cultura prehistórica de los valles del noroeste argentino. Desde luego, la tendencia al modelado siguió prevaleciendo, si bien se abandonó ya la combinación de los colores típicos de la etapa anterior, esto es, la pintura negra, de bordes blancos sobre un fondo de engobe rojizo, y comenzó a modelarse en cuerpos de gran volumen de líneas elípticas y cuellos cilíndricos que reproducían seres humanos o animales. Es el momento artístico de esta cultura que la ciencia arqueológica identifica como “Fase Alumbrera tricolor”, que se extendió desde el año 350 hasta los alrededores del 500 de nuestra era. Un arte que resplandeció con luz propia en el universo cultural de su tiempo, y de los que vendrían, que mojó notablemente con su influencia a otras culturas contemporáneas y futuras con el sello de la alta especialización de espíritu creador. 

 * * *

 Fuentes: 
*EL Período Formativo Inferior. Víctor A. Núñez Regueiro - Marta R. A. Tartusi -
*Sociedades Agropastoriles Tempranas: El Formativo Inferior del Noroeste Argentino. Olivera, D. E. (2001) En Historia Argentina Prehispánica, Tomo I: pp. 83-125. Brujas. Córdoba.
*Sitios web: www.arteceramico.com.ar - www.catamarcaguia.com.ar - www.sepia-arte.com.ar - www.mineria.gov.ar - www.precolombino.cl - www.naya.org.ar

(c) Hugo Morales Solá

viernes, 9 de diciembre de 2011

La cultura Condorhuasi - Parte II

   Dioses para cada actividad
   
   Eran las mismas deidades que, al final de la vida, acompañaban también a la muerte. De hecho, la mayoría absoluta de la iconografía en cerámica hallada en esta cultura fue extraída de las tumbas de los cementerios. Estos sepulcros eran amplias cámaras de 2 o 3 metros de profundidad que se ensanchaban en el extremo inferior, donde podían caber uno o más cuerpos y se depositaban vasos, platos y fuentes de cerámica, adornados de incrustaciones de oro, que esbozaban la figura de felinos. Hubo igualmente otras esculturas de piedra. A veces la tumba disponía de una pequeña cámara lateral que servía para agregar estos objetos ofrecidos para el viaje eterno de quien había muerto. Incluso, este ofertorio se completaba con el ajuar personal del difunto, es decir, la suma de sus objetos y adornos personales metálicos, líticos o de arcilla. La muerte de un miembro de esta comunidad iba escoltada, del mismo modo, de la muerte de una llama, que era sacrificada para depositarla con las demás ofrendas en la misma sepultura. 
   Una cultura teocéntrica, como la de estas sociedades primitivas, intentaba interpretar la existencia -adversa en muchos sentidos-, la naturaleza -omnipotente y desconocida- y el universo, en definitiva, desde una espiritualidad mágica, ante la incapacidad natural de la condición humana de responder con recursos más racionales en esos tiempos remotos. El sol, por ejemplo, fue el culto mayor que practicaron, hasta que los siglos descendieron ese credo religioso a la madre tierra para que la Pachamama presidiese toda la espiritualidad andina. 

La influencia regional 

   Precisamente, desde esa cultura, que giraba en torno de la presencia divina, los hombres y mujeres de Condorhuasi estructuraron toda la vida familiar, social, económica y política. Sus rutinas, su trabajo cotidiano, eran dirigidos desde ese sistema de creencias. Incluso, las relaciones con otros pueblos estaban gobernadas por el mismo patrón espiritual que, desde luego, era compartido por las sociedades vecinas con quienes interactuaba, a través de un tráfico progresivo de comunicación, como un modo seguir respondiendo a las pulsiones nómadas que todavía latían en su espíritu. 
   Sucedió, efectivamente, que el hecho cultural de la sedentarización no impidió que avanzaran en la exploración de otros territorios desconocidos y descubriesen otros pueblos con características comunes y otras particularidades que le daban a la vez una identidad exclusiva. Estaban ávidos de aprender y transmitir, de actuar e interactuar, de fundir culturas e integrarse, a través de sus creencias comunes y diferentes a un solo tiempo. 
    Esto es lo que se ve claramente en la influencia poderosa que ejerció Condorhuasi sobre la producción artística de otras culturas de su tiempo, hasta proyectarse más allá del territorio propio de Catamarca, como el influjo indudable que se observa en la cerámica encontrada en yacimientos de La Rioja, Santiago del Estero y aun en algunos sectores de la Puna Meridional. Los menhires En las esculturas de piedra, aparece, por supuesto, el predominio fuerte de “los suplicantes”, que no tuvieron aquí el protagonismo central que exhibieron en la cultura Tafí, pero de todos modos hubo, sí, una misión mística preponderante de estos seres de piedra que intercedían por los hombres ante el altar de los cielos. No está claro, sobre este fenómeno, de dónde viene la influencia de estos menhires: ¿fue la cultura Condorhuasi que impactó fuertemente sobre la de los tafíes hasta hacer de estas “piedras largas” el centro de su religiosidad o, al revés, fue la espiritualidad Tafí que penetró sobre la Condorhuasi con manifestaciones disminuidas de la misma mística? 
   Lo cierto fue que compartieron la misma cosmogonía originaria que se expandió por los valles del noroeste argentino a través de la intensa interculturalidad que experimentaron los albores del poblamiento de esta región. Hay, igualmente, otras producciones líticas menores en Condorhuasi que rescatan su destreza escultórica de manera no menos brillante, como platos, morteros, las pipas rituales, que servían para quemar sustancias alucinógenas y permitían al hechicero y sus acólitos entrar en el trance de comunicación con los dioses, o las hachas de cuello, finamente labradas, utilizadas con el mismo propósito ceremonial, o las “tembetás”, que eran unas piezas cilíndricas cinceladas en piedra que se incrustaban en los labios. También tallaron pulcramente la piedra lapislázuli para hacer collares que, según algunos investigadores, podrían haber sido utilizados como medio de pago, además de haber sido objetos de ornamentación religiosa. 

 El arte metalúrgico 

  Crearon, por otra parte, las artes y las técnicas metalúrgicas cuando descubrieron los metales abundantes -blandos y duros, comunes y preciosos- que yacían en las montañas que los envolvían en el valle de Hualfín. Aprendieron primero a extraerlos con diferentes métodos, cuya pericia fue perfeccionándose con el paso de los siglos. Precisamente, la variedad de metales que llegaron a extraer estimuló la imaginación de los nativos y comenzaron a intentar fundir unos con otros para observar sus resultados y analizar los grados de maleabilidad o de resistencia de estas nuevas combinaciones metálicas. Las aleaciones, en suma, sirvieron para producir una parte importante del arte de su ornamentación personal, militar y religiosa. De ellas -y, naturalmente, de la creatividad de los artesanos- aparecieron las vinchas, colgantes, aros, pulseras y pectorales. Muchos hechos de oro, plata y cobre, pero también de bronce.

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 Fuentes: 
*EL Período Formativo Inferior. Víctor A. Núñez Regueiro - Marta R. A. Tartusi -
*Sociedades Agropastoriles Tempranas: El Formativo Inferior del Noroeste Argentino. Olivera, D. E. (2001) En Historia Argentina Prehispánica, Tomo I: pp. 83-125. Brujas. Córdoba.
*Sitios web: www.arteceramico.com.ar - www.catamarcaguia.com.ar - www.sepia-arte.com.ar - www.mineria.gov.ar - www.precolombino.cl - www.naya.org.ar


(c) Hugo Morales Solá


jueves, 24 de noviembre de 2011

La cultura Condorhuasi - Parte I

   El gran valle de Hualfín, en el noroeste de Catamarca, fue sobre todo el medio ambiente que eligió este pueblo, cuyo nombre verdadero se esconde en la niebla del tiempo, conocido en la ciencia arqueológica como Condorhuasi, para identificarse con el lugar donde al cabo de los milenios fueron hallados los principales rastros de su modo de vivir y convivir, de subsistir, de ser y de creer. Todo aquello, en definitiva que en conjunto fuera el producto cultural de un espíritu colectivo que evolucionó con los siglos hasta mostrarse como la identidad compacta de un pueblo que resistió a la depredación del tiempo.
   Hubo otras manifestaciones de la vida de este pueblo más allá de Hualfín, como las de Alamito en Campo del Pucará o las de la Ciénaga en el mismo valle de Hualfín, ambas consideradas por diferentes corrientes de investigadores como culturas independientes o como proyecciones de Condorhuasi. Lo cierto fue que esta sociedad, que aparece en la historia de la arqueología en el tercer siglo antes de Cristo, rompió tal vez con su tradición migrante, que la vinculaba con las culturas del altiplano, cuando descubrió esta región de valles anchos y apacibles y advirtió que allí había agua y habían, en consecuencia, tierras saludables para la pastura de sus ganados de llamas, así como aptas para la agricultura. Estos elementos, desde luego, fueron -y son- las condiciones imprescindibles para cualquier asentamiento social, pero son igualmente el motor más importante para toda evolución espiritual. 
   Por sus orígenes nómadas, la Condorhuasi fue en general una sociedad de pastores de llamas que adquirió después, con la decisión de arraigarse en Hualfín, las prácticas agrícolas. Naturalmente, al principio fueron instalándose en pequeños grupos alrededor de los reducidos fundos de cultivos que estaban aprendiendo y les obligaba a destinar la mayor parte de su atención. El clima y los suelos se prestaron para que cosecharan el maíz, el zapallo y el poroto, la papa y la quinoa, lo cual significaba un avance importante en el progreso cultural del pueblo, si se considera que poco tiempo atrás esta sociedad subsistía de la caza y la recolección de frutos silvestres que encontraban en los caminos de su vida trashumante, recursos que no abandonaron más allá de su radicación definitiva. De aquellos hábitos presedentarios habían evolucionado hacia la cría de pequeños rebaños de llamas, que llevaban en sus viajes, y de éstos escalaron hasta la reproducción de ganados, que crecieron según la demanda social creciente de la sedentarización. 
   Ella, entre otras escasas sociedades de la misma era prehistórica de esta región, pertenece a lo que se conoce el período formativo de los valles del noroeste argentino. Esto es: la época de su poblamiento y evolución cultural de una zona altamente fértil para la diversidad espiritual de los pueblos que hinchieron sus alturas. La cultura Condorhuasi, en efecto, fue una de las manifestaciones artísticas que más resplandeció -y resplandece- dentro del Período Agroalfarero Temprano, que abarca precisamente desde el año 500 antes de Cristo hasta el año 650 de la era cristiana. Lo que menos se conoce de esta sociedad es el tipo de vivienda, si bien se tiene constancia de que habitaron en casas circulares semienterradas, llamadas casas pozos, con cimientos de piedras y estructuras de adobe, cuya consistencia, por supuesto, no resistió al tiempo y desapareció la mayor parte del yacimiento de Condorhuasi, para dejar sólo las pircas de piedras que corresponden al sector subterráneo de la vivienda. También hay evidencias de silos de almacenamiento de alimentos de laja y barro. Se agrupaban en conjuntos de 7 a 8 viviendas alrededor de los cultivos, reunidas generalmente por un patrón de vínculo familiar, cuyo jefe decidía y distribuía las tareas de la comunidad agropastoril. 
   Pero estas pequeñas aldeas se transformaron más tarde en ciudades con una urbanización y una organización social que no sólo les permitió proyectar una notable identidad propia, sino que además entibió el progreso cultural de su arte hacia producciones religiosas que llegarían a expresar, a través de la cerámica, en primer lugar, pero también de la piedra y la metalurgia, toda la cosmovisión espiritual de sus creencias y el modo, en definitiva, de interpretar la naturaleza, el universo y la constelación de divinidades que fueron creando en el panteón de su mitología, para intentar dar una respuesta mística a lo que hasta entonces no era posible explicar desde lo racional. 

 La religión solar 

 Desde luego que la religión solar presidió siempre sus cultos, pero por debajo de ella hubo deidades animales, como las figuras felinas que crearon en la cerámica, y otras de naturaleza humanoide y algunas donde su imagen fundía en un solo cuerpo al animal con el hombre. Crearon, ciertamente, sus dioses para que les mandase la lluvia vital en una región de clima cálido y seco, les protegiese los cultivos y los ganados y les diese salud y larga vida en una época de corta expectativa de la existencia, aunque, es cierto, con reducidos márgenes de contaminación. A veces, los mismos truenos, un rayo o la lluvia cobraban entidad divina. Eran los dioses que acompañaban la vida comunitaria, familiar y personal, en los primeros patios a cuyo alrededor se construían las casas de los grupos familiares que se reunían para llevar adelante un cultivo en una parcela de tierra. Bajo su protección los habitantes de Condorhuasi llegaron a trasformarse desde el primitivo estado aldeano, al que habían llegado como colectividades trashumantes, cazadoras y recolectoras, en una sociedad asentada a través de importantes explotaciones agrícolas y ganaderas, anclada en la tierra que le exigía su trabajo. Allí aprendieron a sistematizar la tierra en terrazas y experimentaron con los primeros sistemas de riego que les permitía controlar mejor el uso del agua que no abundaba. 

 Pastores y ganaderos 

   Tal vez el sino original de pastorear las llamas y vicuñas, que alimentaron su vida nómada, nunca los abandonó. Por eso, siempre atendieron la explotación ganadera como la actividad económica más importante. En la evolución cultural de este pueblo puede observarse, en efecto, una alta sistematización pecuaria que le permitió alcanzar rendimientos importantes en la reproducción y clasificación de los ganados de camélidos. Ese perfeccionamiento ganadero los condujo, como a los Tafíes, al mejoramiento de estas especies animales para diversificar su utilidad laboral y comercial. Llegaron, así, a criar llamas para el transporte de cargas y otras para aprovechar su lana para los tejidos, además de las que obtenían para la alimentación Los mismos dioses sirvieron después para que bajo su advocación se estratificara la sociedad, según los hábitos y las prácticas económicas que cada sector tenía a su cargo. Es decir, el aprovechamiento de suelos o la domesticación de llamas, a través de la producción de manadas en corrales de piedra, así como la naciente alfarería rústica y ritual, y la metalurgia, exigían organizar la comunidad en diferentes capas para que se ocuparan de cada una de estas actividades. Naturalmente, aquel orden se impuso por jerarquías, ofrecidas, cada una de ellas, a las divinidades que las protegerían, todas bajo el control y la bendición del chamán del pueblo.

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(c) Hugo Morales Solá

Fuentes:
* “Los mecanismos de control y la organización del espacio en los períodos formativo y de integración regional”. Víctor A. Núñez Regueiro - Marta R. A. Tartusi. Cuadernos de la Facultad de Humanidades y ciencias Sociales de la Universidad de Jujuy. Noviembre de 2003. Número 020. Pp. 37-50.
* “El período formativo inferior en la provincia de Catamarca (desde el 450 a.C. hasta el 600 d.C.). Víctor A. Núñez Regueiro - Marta R. A. Tartusi. Catamarca Guía: www.catamarcaguia.com.ar


(c) Hugo Morales Solá

jueves, 10 de noviembre de 2011

Los Quilmes - Parte IV

La guerra

   El grito de alarma del centinela llegó rápido hasta la guardia del cacique, cuya residencia se alzaba arriba del pucará del cerro Alto del Rey. A lo lejos, a varios kilómetros al norte, hacia las tierras de los cafayates, los ojos vigilantes del custodio de la tribu podían ver el avance lento de cien, tal vez doscientos nativos que caminaban con marcha de guerra entre las arenas húmedas del río Yocavil. Eran los guerreros del pueblo vecino de Tolombón, quizás el más importante y poderoso del valle Calchaquí, que había decidido atacar otra vez a la comunidad de Quilmes, porque se sentía todavía invadido por ella, usurpado en su territorio y propietario de sus cosechas. Habían pasado ya unos dos siglos desde su llegada, alrededor del siglo IX, nuevas generaciones habían heredado esa rivalidad con los pueblos cercanos, y no era posible sin embargo una integración definitiva con ellos. 
  La mirada aguda y atenta del guardián desde la elevación de la fortaleza defensiva no descuidaba ningún movimiento de la tropa invasora. Cerca de la media altura del cerro del Alto irrumpen a ambos costados dos torres naturales, una hacia el sur de unos 150 metros y otra hacia el norte de alrededor de 100 metros, dos lomos salientes como cuñas de roca enclavadas en el pecho de la montaña. Allí montaron naturalmente el corazón de la fortaleza, en cuyo interior los quilmes construyeron diferentes ambientes y cuya vista panorámica era inmejorable y les permitía dominar los horizontes lejanos de todo el valle del Yocavil. Pero el pucará era mucho más que esos contrafuertes que se cierran sobre el esternón del cerro: un cinturón de terrazas en diferentes niveles, que en tiempos de paz eran los conocidos andenes de cultivo, servía en las alturas para albergar y proteger a la comunidad del peligro de las hordas enemigas.   
   El cacique mandó de inmediato que la gente común de su pueblo subiera a los balcones de la montaña. Era una evacuación hacia arriba, mientras los guerreros se aprestaban para el enfrentamiento. Algunos batallones se ubicaban entre las rocas y los muros de piedras del mismo pucará, desde donde descargarían una lluvia de flechas y lanzas con puntas de afiladísimas piedras obsidianas envenenadas con hierbas seleccionadas del valle. Otros escuadrones se mezclarían cuerpo a cuerpo con el enemigo entre el espinal del bosque que crece cerca del río. Doscientos años había sido tiempo suficiente para que los quilmes se ganasen los laureles por la ferocidad para defender su tierra. No fueron expansionistas, es cierto. Pero aprendieron a proteger la tierra y su gente con las mismas garras de los pumas que siempre merodeaban sus rebaños.

La rutina de la paz

  Las mujeres, los niños y los ancianos escuchaban, desde el refugio del pucará, el griterío de sus hombres anunciando la muerte entre el matorral que precede al bosque de mistoles. Arriba crecía el pánico que había caído entre ellos como el fucilazo de un rayo. Ellas aprovechaban el sol de la mañana invernal para desflecar la lana que le sacaban a las llamas y vicuñas del corral, otras desgranaban los maíces que almacenarían en los silos de piedras de sus viviendas, mientras algunas improvisaban secaderos de ajíes y azafranes para sacrificarlos después en el mortero que los haría polvo de fuertes colores para dar sabor y olor a sus comidas. La planicie del pedemonte era su recinto de trabajo cotidiano. A su lado, otro bullicio de paz y alegría precedía la tempestad de la guerra: las gargantas de los niños retumbaban en el valle y aturdían el silencio del cardonal. Pero el castigo de la convivencia violenta con las comunidades vecinas había llegado otra vez para sembrar de saqueo y muerte la tierra que en los días de paz era sembrada de trabajo. Mujeres y niños debían huir entonces hacia las alturas del pucará, como una liebre asustada de las fauces hambrientas del cazador. 
  Sus guerreros, sin embargo, hacían tronar el fragor del combate. Entre la maleza reseca, los cuerpos se estrellaban en una lucha mortal. Hacha en mano y un grito de terror a flor de labios, cada golpe de unos contra otros era un anuncio cada vez más cercano de la muerte inevitable. Esta vez eran los tolombones, pero habrá de nuevo -como los hubo- incursiones de los pichao, colalao, animanás y anquigastas, entre otros, que intentarán expulsar una vez más a los quilmes de su cerro sagrado. A veces, no había tiempo ni lugar para las destrezas bélicas: una jabalina, un simple palo o la fuerza irresistible de los brazos, que sólo puede transmitir la furia de la lucha, bastaba para terminar con la amenaza del enemigo. 
  Si bien la pelea era a muerte, porque se trataba de defender el territorio, además de las cosechas y los rebaños y, por supuesto, la montaña donde se habían levantado los altares mayores de su religiosidad, las guerras eran siempre producto de la rivalidad entre pueblos vecinos. Esa dimensión simple y casi doméstica acotaba claramente y delimitaba siempre los alcances del combate. Por eso, estas refriegas no tenían casi nunca la intención de hacer prisioneros a los coyunturales enemigos, salvo, claro está, que hubiese causas especiales para acometerlo. Una de ellas, tal vez la más importante o la más común, era la decisión de los quilmes de tomar como prisioneros de guerra a los altos oficiales que dirigían el ataque, a veces incluso era buscado el mismo cacique o su hijo, si estaban mezclados en la aventura invasora, si es que el ejército enemigo secuestraba a las mejores mujeres -incluso a los niños- para llevarlos cautivos y exigir con su vida la respuesta a sus reclamos. Desde luego, el destino de las mujeres arrebatadas era casi siempre ser consumidas por la voracidad sexual de los curacas carceleros, lo cual obviamente enardecía más los ánimos de los quilmes. El tiempo y la historia, sin embargo, se ocuparán de hermanarlos definitivamente cuando llegue primero el imperio de los incas para someter a esta gran nación nativa de los valles del noroeste argentino, y luego el gran imperio conquistador desde los mares desconocidos desatando a su paso la muerte, el saqueo, la destrucción y el exterminio casi final de su raza. 

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 Bibliografía 

• Piossek Prebisch Teresa: Los Hombres de la Entrada. Historia de la expedición de Diego de Rojas – 1543-1546. Segunda edición de la autora. 1995.
• Piossek Prebisch Teresa: Pedro Bohórquez. El Inca del Tucumán. 1656-1659. Editorial Magna Publicaciones. Cuarta edición 1999. 
• Piossek Prebisch Teresa: Los Quilmes. Legendarios pobladores de los Valles Calchaquíes. Edición de la autora. 2004. 
• Torreblanca, H. de (2003): Relación histórica de Calchaquí, Buenos Aires: Ediciones culturales argentinas. Versión paleográfica, notas y mapas de Teresa Piossek Prebisch. 
• Lafone Quevedo Samuel A.: Las migraciones de los Kilmes. Revista de la Universidad de Buenos Aires. Tomo XLIII, págs. 342 y sgtes., Talleres Gráficos del Ministerio de Agricultura de la Nación, Buenos Aires, 1919. (educ.ar). 
• Turbay Alfredo: Quilmes. Poblado ritual incaico. La Fortaleza-Templo del Valla Calchaquí. Editorial María Sisi. Tercera edición póstuma. 2003. 
• Galeano Eduardo: Las venas abiertas de América Latina.
• Revista Icónicas Antiquitas: Vol. 1, No. 1, 2003 - Universidad del Tolima - Colombia: Espacio y Tiempo de la Cultura de Santa maría – Análisis estructuralista de la iconografía funeraria en la cultura arqueológica de Santa María - Argentina - Los Quilmes del Valle de Yocavil. 
• Tarragó, Myriam N. y Gonzalez, Luis R.: Variabilidad en los modos arquitectónicos incaicos. Un caso de estudio en el valle del Yocavil (noroeste argentino). Chungará (Arica), dic. 2005, vol.37, no.2, p.129-143. ISSN 0717-7356. 
• Russo Cintia: Universidad Nacional de Quilmes – Revista Theomai, número 2 (segundo semestre de 2000). 
• Lorandi Ana María: Los valles calchaquíes revisitados. Universidad Nacional de Buenos Aires. 
• Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa): Junto a los pueblos indígenas II 

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(c) Hugo Morales Solá

 Mi columna en El Corredor Mediterraneo. Revista cultural de Río Cuarto. Córdoba.  https://acrobat.adobe.com/link/review?uri=urn:aaid:scds:U...