Los famaillao - (Del libro inédito "Historia de Famaillá")

El destierro   

Un soplo de la historia funde profundamente los orígenes de Famaillá con los genes de los Valles Calchaquíes. Un aliento tibio que llega desde los tiempos primordiales confunde el adn de los famaillenses con el de los diaguitas que poblaron aquellos valles de altura. Cuando Famaillá dice hoy que es la puerta del valle de Tafí, no es una mera frase publicitaria o el emblema de una política turística: puede ser todo eso, desde luego, pero sobre todo está afirmando su profunda identidad genética con esas montañas, de donde llegaron precisamente los primeros habitantes de estas tierras, donde siglos más tarde se levantaría la ciudad de las empanadas. 
   Pertenecientes a la etnia de los diaguitas, en efecto, los Famaillao conformaron una tribu que sintió en carne propia el destierro de los valles de Tafí y Yocavil, cuando el gobernador del Tucumán, Alonso de Mercado y Villacorta, lanzó la campaña de desnaturalización de todos sus pobladores originarios, luego de invadirlas, en 1658, decidido a terminar con las grandes rebeliones indígenas que habían desencadenado las dos guerras calchaquíes anteriores: la primera fue liderada por el cacique de Tolombón, Juan Calchaquí, en 1562, como una sangrienta resistencia a la conquista de sus tierras, mientras que la segunda tuvo a Juan Chelemín como líder natural de un alzamiento, entre 1630 y 1643, en contra de la amenaza de explotación de comunidades nativas en nuevos yacimiento mineros que se habían descubierto en la región. En las sublevaciones, la ferocidad de los aborígenes barría una y otra vez con numerosas colonias de españoles que iban afincándose en los valles del noroeste argentino, entre cuyas poblaciones cayeron Londres, en el valle catamarqueño del río Quimivil, y la ciudad del Barco II, que había sido refundada en pleno valle del Yocavil, hasta convertirse en una ciudad ambulante que echó raíces finalmente en su tercera fundación donde se levanta actualmente la capital de Santiago del Estero. 
   Precisamente, la tenaz rebeldía de los nativos de los valles calchaquíes, que se prolongó por más de cien años, determinó la organización de una gran campaña militar, a cargo de Mercado y Villacorta, que fue desde 1659 hasta 1665, con el propósito de dominar a todas estas comunidades insurrectas y desterrarlas literalmente para que las colonias españolas pudiesen desarrollarse en paz. Los famaillao fueron una de esas tribus desnaturalizadas, que fue entregada a la encomienda de Juan Ceballos Morales y su hijo Juan Núñez de Ceballos Morales, una estancia salpicada de numerosos pantanos y humedales, cuyos terrenos se utilizaban para invernadas de ganado vacuno y sementeras. La comunidad de los famaillao fue ubicada sobre ambas riberas del río Copalse. Pero, en total, se expulsaron de los valles calchaquíes unos 1.200 indios y “al pie de 5.000 almas en todo”, según los documentos coloniales que cita el profesor Sergio Garcia en su libro “Toponimia de Chicligasta, Famaillá, Monteros y Simoca”. Pero antes, incluso, en 1627, entre otros destierros que precedieron a la invasión final de Villacorta, se tienen noticias de que un contingente importante de los famaillao había sido reducido a la encomienda del Capitán Pedro de Abrehu y Figueroa, en la ciudad de Lerma del Valle de Salta, junto a otras tribus calchaquíes. Es que los famaillao, como otras comunidades que corrieron igual suerte ante el avance de la Conquista de la corona española, padecieron un cruel peregrinaje hasta descender a la llanura del Tucumán, como consecuencia del desarraigo forzado que les fue impuesto por el poder de las armas de los conquistadores. Pero tres años más tarde, este encomendero hizo “dejación y renuncia” de las comunidades nativas que tenía a su cargo para que el gobernador Felipe de Albornoz fundase la ciudad de Nuestra Señora de Guadalupe, sobre las ruinas de lo que había sido hasta 1551 la ciudad del Barco II, más tarde, hasta 1559, Córdoba de Calchaquí, y, por fin, San Clemente, hasta 1577. De todos modos, Nuestra Señora de Guadalupe tuvo poco futuro frente al brutal asedio de los indígenas vallistos, de manera que los indios que habían afincado allí con el propósito de poblar las nuevas mercedes de los colonos españoles debieron ser también erradicados del lugar. 
   Más que ambulantes, se convirtieron en pueblos sonámbulos, sin destino y sin “dueños”, rendidos al destino de servir a los encomenderos, a cuyos patrimonios pasaban a pertenecer como una forma de esclavitud que los aborígenes desconocían absolutamente. El nieto del capitán Abrehu y Figueroa, precisamente, acudió a los títulos de su abuelo, quien había renunciado a la propiedad de estas comunidades para que la gobernación del Tucumán fundase la ciudad de Guadalupe y recuperar así para su patrimonio a estos grupos étnicos, entre los que estaban agrupaciones de famaillao y acalianos, localizados en jurisdicción de Salta. Una confirmación real de 1638 devolvió esta encomienda a Abrehu y Figueroa, mientras que algunos focos aislados de famaillao decidieron volver al valle de “Fama y fil”, de donde habrían sido naturales, que siglos después se rebautizó como Belén de Catamarca. 
   Sobre el último cuarto del siglo XVII, se sabe que otra parcialidad de aquellos famayfil, a quienes aquí se los identificaba como los famaillao, ya estaba asentada sobre ambas bandas del río Famaillá, en una encomienda real que, en 1688, estaba a cargo del Alcalde Ordinario de San Miguel de Tucumán, capitán Juan Nuñez de Avila, nieto de Juan de Ceballos Morales, según consta en los libros de la parroquia de Marapa, de donde dependía la estancia de Núñez de Avila. No hay datos precisos acerca de su población, porque si bien un informe eclesiástico, de 1685, del curato de Marapa dice que “el pueblo de Famaillán se compone de 10 indios calchaquíes ladinos”, existe un padrón de 1688 que señala que Famayllá contaba con 70 habitantes, entre hombres, mujeres y niños, identificados todos, a esa altura del avance conquistador, con nombres españoles. Hasta entonces, el río Famaillá era conocido como río Ceballos, en alusión al anterior encomendero de Avila, y abuelo materno de éste, el Sargento Mayor Juan de Ceballos Morales. En realidad, la línea hereditaria de los derechos sobre estas tierras y la encomienda para “cuidar y evangelizar” a los indios naturales de esa zona, como los juríes, y más tarde los famaillao, descendía por el padre de Juan, Diego de Ceballos Morales, quien se había casado con María de Olloscos, hija de Francisco de Olloscos, quien fuera, sí, el primer encomendero, cuando, el 31 de marzo de 1573, el gobernador del Tucumán Jerónimo Luis de Cabrera le encomienda el pueblo de Conaysta o Conastais y sus tierras con el cacique Métele, además de otros jefes de diferentes tribus, sobre quienes tenía la obligación de cristiniazarlos. 
   La parcialidad famayfil que deambuló en los valles separada del resto que había vuelto a Belén desde territorio salteño, habría colaborado en la sangrienta resistencia de los diaguitas para defender la soberanía de los valles calchaquíes, donde se habían establecido por esos años. Pero luego de la feroz derrota que sufrieron tras la campaña militar de Mercado y Villacorta, esta comunidad recibió el castigo del destierro a la llanura tucumana, que se aplicó sobre todas las etnias calchaquíes, no sin antes haber padecido una de las hambrunas más espantosas que estas tierras hayan conocido, además del saqueo y la matanza de su gente, como padecieron todos sus semejantes de aquellos valles de altura. El llano era una tierra de vegetación lujuriosa, desbordada de ríos que bajaban de las montañas y de selvas que revestían a las faldas orientales de la cadena montañosa de cuyo seno descendían. Un clima tropical, lleno de humedales, insectos y alimañas de toda laya poblaban arroyos, lagunas y riachos que inervaban la llanura del San Miguel de Tucumán, cuya vieja urbe del Ibatín languidecía antes de su traslado definitivo hasta La Toma. Un medio ambiente, sin duda, extraño y hostil para la vida de los famaillao, como la de todos los diaguitas, quienes llegaban desde un ecosistema seco, árido y montañoso, entre cuyas quebradas abrevaban del agua escasa que les daba vida, así como a los alimentos que recogían de la tierra apenas humedecida por esas lenguas de agua. La humedad del pedemonte y la llanura los volvía vulnerables a las enfermedades que contraerían irremediablemente del clima que los asediaba y de los invasores que los contaminaban. Sólo el tiempo podría adaptar sus cuerpos y su cultura a los que sobrevivan de semejante condena impuesta por el conquistador europeo. 
   En realidad, el río de los famaillao recibió diversas denominaciones durante el siglo XVII, de acuerdo a los nombres de los encomenderos cuyas tierras lindaban con el río. Antes de Ceballos Morales, se identificaba como el “río de Roque”, por Roque Salazar, en el tramo donde recibe las aguas de su afluente, el río Colorado, o aguas abajo se llamaba el “río del Capitán Juan Nicolás de Aráoz”. Lo cierto, según explica el profesor Sergio García, es que la primera denominación que se conoció del río Famaillá, a fines del siglo XVI, fue la de “Copalse” o “Copaege”. Algunos historiadores sostienen que el primer encomendero que recibió en 1669 a la comunidad de los famaillao fue Juan Núñez de Ceballos Morales, quien los ubicó al lado del río Copalse, a unas cinco leguas al norte de Ibatín, en jurisdicción de la finca de San Antonio de la Buena Vista, la cual pasó a identificarse desde entonces como la reducción de los indios famaillao San Antonio de la Buena Vista.

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(c) Hugo Morales Solá



Fuentes:
·  Archivo Histórico de Tucumán.
·  Archivo de La Gaceta.
·  Archivo de Indias. Portal de archivos españoles en red (PARES). www.pares.mcu.es
·  Instituto de investigaciones históricas “Prof. Manuel García Soriano” de la Universidad delNorte “Santo       Tomás de Aquino” (UNSTA).
·  Biblioteca Provincial.
·  Biblioteca de la H. Legislatura.
·  Biblioteca del Museo Histórico de Tucumán.
·  Municipalidad de Famaillá. 

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