Famaillá: derrota, huida y muerte del general Juan Lavalle

La Batalla de Famaillá - (Del libro inédito "Historia de Famaillá")

La paz que, a comienzos de 1836, había impuesto el Protectorado del gobernador federal del Tucumán, Alejandro Heredia, sobre los gobiernos de Salta y Jujuy, que con su poderosa fuerza militar actuaba como un escudo a la vocación expansionista del régimen boliviano, vería muy pronto sus alas recortadas, otra vez: la amenaza de nuevos enfrentamientos armados que conmovían a todo el interior del país, en el marco de las guerras civiles que asolaban a la nueva nación de los argentinos. Las batallas seguían rondando a la geografía de la incipiente ciudad de los famaillenses. El Protector ya no estaba: Alejandro Heredia había sido asesinado en 1838 y el protectorado se había abierto en una diáspora de intentos de restablecer el orden unitario en cada una de las provincias, incluso en Tucumán, que oscilaba entre un tibio apoyo a la causa federal y algunos guiños al bando enemigo. El nuevo estado de las cosas despertó incluso las aspiraciones de Ibarra de suceder a Heredia al frente del gobierno regional, para lo cual llegó a negociar con estos gobiernos provinciales, hasta que el propio Rosas lo puso de nuevo en su lugar y lo obligó a renovar su lealtad a la causa de la Confederación Argentina.
  El jefe de la Confederación Argentina desconfiaba, en efecto, de los movimientos provinciales del norte y mandó a Gregorio Aráoz de Lamadrid para que restaurase el orden federal en esa región, cuya misión era tomar el gobierno de Tucumán, que parecía ser el epicentro del alzamiento antirrosista que soplaba en todas las provincias norteñas. Lo mandó con una fuerza militar que irá creciendo en su viaje, pero las tratativas de los gobernadores de Salta, Jujuy, La Rioja y Tucumán estaban avanzadas y pronto se conformó el Congreso de Agentes de los Gobiernos del Norte, de cuyo seno se institucionalizará la Liga del Norte que desafiará al poder de Juan Manuel de Rosas y desconocerá sus facultades de representación exterior de la Confederación Argentina, a la vez que tampoco lo reconocerá como gobernador de la provincia de Buenos Aires. La Liga del Norte dispuso de inmediato la formación de un ejército leal, para cuya organización y jefatura de sus operaciones militares se apresuró a ofrecerse el mismo Lamadrid, quien de inmediato dio vuelta su lealtad hacia los gobiernos unitarios del norte. Ante la falta de otro soldado con experiencia, al militar tucumano le fue confiada la nueva fuerza militar antirrosista. Mientras tanto, el comandante Celedonio Gutiérrez había decidido volver a su cuño federal y se refugió en Santiago del Estero para integrar a sus hombres a las filas de las tropas de Felipe Ibarra, que se mantenía firme en su fidelidad a Rosas, a pesar de las reincidente tentaciones unitarias para cooptarlo a la Liga del Norte. Juan Galo de Lavalle, por su lado, se preparaba para invadir Buenos Aires, luego de regresar de su exilio en Montevideo, y pidió la cooperación de las provincias del norte para que impidan que Córdoba acuda en auxilio del gobernador bonaerense.    
     “El sol ya pudre el cuerpo de Lavalle. Ya van tres días de marcha y en la retaguardia el implacable Oribe con sus lanzas. Aún quedan treinta y cinco leguas y cuatro días de marcha, y el espantoso olor del General podrido”. Ernesto Sábato describe descarnadamente la huída de la soldadesca sobreviviente del general Juan Galo de Lavalle, luego de su muerte. Escapan de las milicias implacables de la Confederación rosista, porque saben que no sólo peligran sus vidas sino sobre todo el cuerpo sin vida de su jefe, de quien quieren su cabeza para presentarla ante el gobernador supremo de Buenos Aires.

El fin

     Luego de su caída en Famaillá, Lavalle pudo ver el final. Había perdido la última batalla, de espaldas a los cerros espesos de vegetación, en la tierra más feraz que había conocido, después de la pampa húmeda. Jugó su destino a todo o nada, a matar o morir, como siempre había apostado en sus campañas militares, desde que había acompañado a San Martín como general de sus granaderos en la cruzada independista continental que lo llevó a luchar hasta Ecuador, como el héroe de Riobamba.
     Famaillá será el fin para él, sí, un final que se había abierto en la derrota de Quebracho Herrado. Le seguirá la batalla de Monte Grande, al pie de las montañas tucumanas, muy cerca del río Colorado, que más abajo recibe el desagüe generoso del Famaillá. La tragedia lo seguía y él huía. Cuántos años huyendo de sí mismo, en realidad, huyendo de aquella pesadilla que le oprime el alma desde hace tanto tiempo. Ahora mismo, en 1838, había vuelto de su exilio uruguayo, escoltado por un ejército de tropas francesas y unitarios refugiados en Montevideo, resuelto a derrocar a Juan Manuel de Rosas, como lo había hecho con Manuel Dorrego, a quien mandó fusilar en 1828, luego de deponerlo de su cargo de gobernador de Buenos Aires. Lavalle lo consideraba un traidor por haber pactado con Brasil la independencia de los territorios de la Banda Oriental del Uruguay que se habían perdido en un tratado diplomático firmado por Bernardino Rivadavia después de ganar la guerra con el imperio lituano, en su guerra, donde había peleado como en los mejores tiempos de la campaña de los Andes en los combates de Ituzaingó o Bacacay, por ejemplo. Bajo la presión económica y financiera de Inglaterra, el acuerdo diplomático que firmó Dorrego con las autoridades brasileñas permitía en agosto de 1828 que el Uruguay llegase a su independencia. No dudó, pues, en derrocarlo y ejecutarlo personalmente. El 1 de diciembre de ese año encabezó el golpe de Estado en contra del gobernador federal y se dejó llevar por el torrente de sus emociones y la nefasta influencia de las opiniones de los más ilustres dirigentes del unitarismo porteño, que habían fogoneado a la clase terrateniente bonaerense para retirarle el apoyo a Dorrego. El mandatario federalista estaba literalmente solo, rodeados de conspiraciones que lo habían acompañado desde el primer día de su gestión de gobierno. Salvador María del Carril fue la pluma que más debe haber pesado en la voluntad de Lavalle. "La prisión del General Dorrego es una circunstancia desagradable, lo conozco; ella lo pone a usted en un conflicto difícil -le escribe del Carril-. La disimulación en este caso después de ser injuriosa será perfectamente inútil al objeto que me propongo. Hablo del fusilamiento de Dorrego. Hemos estado de acuerdo en ella antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarla. Prescindamos del corazón en este caso. La Ley es que una revolución es un juego de azar, en la que se gana la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella. Haciendo la aplicación de este principio, de una evidencia práctica, la cuestión me parece de fácil resolución. Si usted, general, la aborda así, a sangre fría, la decide; si no, yo habré importunado a usted; habré escrito inútilmente, y lo que es más sensible, habrá usted perdido la ocasión de cortar la primera cabeza de la hidra, y no cortará usted las restantes. Nada queda en la República para un hombre de corazón. "
     Fatal influjo. Era apenas un oficial de 30 años, demasiada culpa para semejante peso de esa sentencia casi irresistible que supo utilizar las vehemencias y las emociones de un hombre sobre el cual hasta San Martín había dicho que era de un valor insuperable. Cuando volvió sobre los campos y los pueblos del interior de la provincia de Buenos Aires, diez años después, vio que la imagen de Dorrego seguía viva y tal vez con más fuerzas que la que tenía en su propia vida. Sintió de entrada el fracaso y la deserción de las tropas de lo que él llamaba el “Ejército libertador” que debía derrocar al “dictador”. Todo lo contrario: el pueblo sentía una adhesión total al gobierno de “Manuel”, como le llamaban sus enemigos a Rosas, a secas, casi con el desprecio de lo innombrable. Desde la ciudad porteña, sus dirigentes alucinaban otros horizontes, montados en la cresta de sus odios. Lavalle combatió en el Arroyo del Tala y luego retrocedió hasta los campos de Navarro, allí precisamente donde había fusilado a Dorrego. Sintió de nuevo una sensación inexplicable: una especie de remordimiento le aguijoneaba la cabeza como una pesadilla, era su voz ordenando a sus soldados que abriesen fuego sobre el gobernador depuesto. Ese desasosiego lo acompañará hasta el final de sus días. Entonces, decide marchar -¿huir?- hacia el norte, primero a la posta de Romero, en Santa Fe, donde había acordado un encuentro con Gregorio Aráoz de Lamadrid. Pero el granadero de San Martín sentía ya el asedio cercano de la persecución del general Manuel Oribe, un oficial uruguayo a quien Rosas le había confiado el mando del Ejército Confederado. El jefe federal hostigó a Lavalle hasta Quebracho Herrado, en el este cordobés, luego de que ambos generales unitarios se desencontraran en territorio santafesino. El enfrentamiento fue mortal para las huestes de Lavalle, que entre jinetes e infantes sumaban alrededor de 4.500 hombres, frente a 6.500 soldados confederados. La batalla comenzó al mediodía y se llevó unos 500 muertos unitarios y el traslado de unos 1200 prisioneros. No podía haber un final más trágico para el “ejército libertador” de Lavalle. Los federales sólo habían perdido 36 hombres, aunque sus soldados estaban exhaustos para emprender otra vez la persecución en contra de los fugitivos de Lavalle, que masivamente habían huido hacia la ciudad de Córdoba.
     Parecía que Oribe olfateaba el final de Lavalle y se ensañó en dar con sus huesos, a cualquier precio. Lo siguió de noche y de día, en el desierto y en la montaña: quería llevar la cabeza del general unitario y ofrendarla a los pies del todopoderoso gobernador bonaerense. Todo giraba en torno de una sombra que lo abrumaba. El recuerdo de Dorrego no lo dejaba en paz, martillaba su conciencia como si hubiese sido ayer. Era el mismo camarada de armas de tantas batallas, el compañero con el que compartiera las mismas pasiones por la independencia de la Argentina. ¡Cómo había podido hacerlo!
     Es que la eterna lucha que desangró a la Argentina inmediatamente después de su independencia pudo dividir y enfrentar a quienes estaban a favor del autogobierno de cada uno de los pueblos que la integraban, las Provincias Unidas del Sur, de aquellos que defendían la supremacía de Buenos Aires por sobre el poder del interior. El espíritu rebelde de Dorrego lo había encolumnado detrás de las banderas federales que encarnaba Juan Manuel de Rosas, mientras que Juan Galo de Lavalle y Gregorio Aráoz de Lamadrid lideraban la poderosa Liga del Norte, donde se refugiaban los gobiernos provinciales unitarios de esta región del país.
     Hasta que llegó el final. Después de la derrota de la batalla de Famaillá, el 19 de setiembre de 1841, para Lavalle sólo hubo huída y muerte y para la Liga del Norte el ocaso definitivo de su estrella. El general Manuel Oribe, en efecto, no se equivocaba con su ensañamiento por la cabeza de Lavalle: presentía que estaba muy cerca su final. Siguió sus pasos, después de Quebracho Herrado, hasta que lo alcanzó en Tucumán, donde se había hecho cargo de la guarnición del ejército de la Coalición del Norte que defendía a Tucumán, mientras Lamadrid invadía Cuyo con el resto de ese regimiento, como consecuencia de la reorganización militar que habían acometido juntos ambos jefes militares unitarios para intentar rehacerse luego de la caída de Quebracho Herrado. 

A matar o morir

     El jefe federal uruguayo, por su parte, estaba acampado en la orilla izquierda del río Famaillá. Allí se alistaba para emboscar el acantonamiento de Lavalle, que había elegido la zona de Negro Potrero para el descanso de su tropa. Pero fue él quien tomó primero la iniciativa y decidió ir presuroso al encuentro de Oribe para terminar de esta manera con el asedio rosista que se había iniciado en Rosario desde el año anterior. La villa de Famaillá, a todo esto, estaba casi deshabitada: los pobladores con sus familias habían corrido despavoridos a refugiarse en los faldeos de los cerros más cercanos, mientras que los soldados de la Liga del Norte incendiaban numerosas casas de hombres a quienes le acusaban de haberse alistados en las filas enemigas. Lavalle dispuso entonces que sus tropas se trasladasen hasta el vivac federal en la noche del 18 de setiembre. Llegaron a sus alrededores por atrás de las huestes de Oribe, cruzaron el río Famaillá y sobre el amanecer del 19 se prepararon para el enfrentamiento, a unos dos mil metros de distancia del cuartel de campaña que albergaba a 2200 hombres. Lavalle creyó ver una ventaja estratégica cuando eligió ubicarse sobre la retaguardia del ejército enemigo, mientras sus espaldas estaban cubiertas por las faldas exuberantes del cerro Monte Grande, sobre todo para transmitirles valor a sus 1300 hombres, quienes, con poco e insuficiente armamento, sentían pavor frente a la superioridad de los combatientes federales. Entre las laderas del Monte Grande y el río Colorado tuvo lugar la batalla, cuando el sol de la mañana ya estaba muy arriba de ellos. La lucha frontal tuvo algunos preludios de paz que intentaron evitar la muerte de tantos soldados de uno y otro bando. En efecto, el jefe de la caballería del ejército de la Liga, Esteban Pedernera, retó a duelo personal al oficial Hilario lagos, quien tenía a su cargo el ala derecha de las tropas de Oribe, pero el fracaso de este desafío llevó finalmente al inevitable enfrentamiento. Tres horas duró la batalla, cuyas escaramuzas comenzaron con un cerrado cañoneo de Lavalle que le permitió demorar el avance de las tropas rosistas. Pero después, sí, llegó el inevitable choque de los enemigos en una encarnizada lucha cuerpo a cuerpo que dejó un tendal de 600 muertos en el campo de batalla. El propio Lavalle le explica al general José maría Paz en una carta que le dirigiera unos días después de la batalla: “el éxito -le dice- dependía del combate entre mi izquierda y la derecha enemiga, donde estaba lo más selecto de la caballería de ambas", ya que mi derecha y la izquierda enemiga, compuesta de santiagueños, esperaban el resultado del combate del ala opuesta para huir o avanzar". El ala izquierda de Oribe, en efecto, atacó primero a la derecha unitaria, la cual pudo resistir los primeros avances enemigos, hasta que el escuadrón completo que se conocía como Libertad decidió huir y determinó la caída definitiva del sector izquierdo de su ejército. Lavalle se imaginó que si atacaba por la izquierda federal, todavía podía tener algunas chances de resistir y aun de ganar esta ofensiva, pero el resto de las compañías que debían escoltarlo se sumaron a la huida de los primeros desertores. Sin embargo, al general valeroso que había sido distinguido por el San Martín le quedaban los reflejos del gran guerrero de la cruzada libertadora por todo el continente de la cual había sido uno de sus principales protagonistas y ordenó de inmediato que los hombres que le quedaban a su mando atacasen desde su flanco derecho. Cuando vio que toda ese ala se disolvía tras la corrida pavorosa de los últimos soldados, no tuvo más remedio que aceptar el final que jamás hubiese imaginado y menos querido: una derrota humillante, llena de deserciones, con la mayoría de los muertos de su bando y un número no determinado de oficiales que Oribe mandó degollar. “Mis pobres 80 infantes, cuya mayoría tenían fusiles descompuestos, huyeron a salvarse en el bosque inmediato", remata Lavalle en la carta que le escribió a Paz.
     Los cañones unitarios fueron apropiados por el ejército enemigo, al tiempo que el jefe federal ordenaba que no se persiguiese a los soldados unitarios en fuga, porque solamente quería la cabeza de Lavalle. Mientras tanto, los cadáveres eran sepultados a orillas del templo de la villa de los famaillenses, que se levantaba en el mismo sitio de la actual iglesia de Nuestra Señora del Cármen de esa ciudad. En palabras de Lavalle, "se perdió pues la batalla de Famaillá, y a los once días llegué a Salta con la mayor parte de mi ala izquierda. Mi ala derecha era toda de tucumanos que se fueron a sus casas".

Huida y muerte

     Lavalle había visto igualmente su final y viajaba como un sonámbulo hacia el norte, escoltado de las últimas divisiones de su ejército que pudieron sobrevivir y mantenerse leal al jefe unitario. En la carta a Paz, le escribió con un tono casi delirante detalles de la batalla, al final de la cual minimizaba la trascendencia de estos hechos y le aseguraba que podía arrastrar a Oribe hasta Salta para distraerlo -y si era posible, emboscarlo- hasta que Lamadrid terminase con el triunfo sobre Cuyo. “Si podemos comprar con la batalla de Famaillá la permanencia del ejército enemigo en estas provincias, es una fortuna para la causa de la libertad”, finalizaba Lavalle desde una mirada que a esa altura de los acontecimientos estaba ya absolutamente cegada a la realidad. En Salta, unos ojos de mujer le enciendieron de nuevo la energía de vivir y se enamoró súbitamente de aquella joven muchos años menor que él , a quien de inmediato pidió que lo acompañe en el aturdimiento de su viaje al exilio, atravesado por la soledad que cada vez lo envolvía más.
     De inmediato decidió continuar hacia Jujuy con Damasita Boedo, porque la división de soldados correntinos había resuelto abandonarlo y con mayor razón corrió a la Quebrada de Humahuaca. Sólo ciento setenta hombres velaban por su vida. “Ni siquiera son soldados ya. Son seres derrotados y sucios”, describe Ernesto Sábato. Y continúa: “Algunos -muchos- ya no saben tampoco por qué combaten. Ciento setenta hombres y una mujer, porque también va al lado de Juan Lavalle, Damasita Boedo, aquella muchacha que en la ciudad de Salta decidió unir su destino al destino de esos derrotados…”. Él, sólo él, está en peligro. Oribe viene detrás de sus pasos, únicamente por su cabeza.
     Antes de llegar a Jujuy, mandó un escolta a la ciudad, mientras él acampaba en La Tablada, para investigar el estado de situación de la provincia y se dio con que el gobierno unitario había huido también hacia la quebrada humahuaqueña. Lavalle estaba enfermo y afiebrado, pero presentía el final, su propio final, sentía que sus últimos días se apagaban. Reunió sus últimas fuerzas y trató de llegar hasta la casa donde lo alojarían en la ciudad, a media cuadra del cabildo. Todo el elenco del gobierno unitario de esa provincia se había adelantado en su fuga hacia las alturas de la Quebrada. Allí lo venció el sueño y el pesar de la suerte que estaba corriendo. De pronto, una patrulla avanzada de las tropas federales de Oribe, llegó hasta el refugio de Lavalle preguntando sobre su paradero, que desde luego fue negado por Damasita Boedo, pero un movimiento brusco de su asistente movilizó a los hombres que descansaban con el general enfermo, quienes buscaron inconscientemente sus armas. El revuelo alertó a los soldados rosistas, mientras Lavalle se ponía de pie y ordenaba movimientos de defensa. Un disparo perdido y fatal, en el amanecer del 9 de octubre de 1841, apenas veinte días después de la batalla de Famaillá, traspasó el ojo de la cerradura de la puerta de entrada a la casa, por donde vigilaba a los enemigos, y acabó definitivamente con su vida.   
     Murió con su espada en la mano, blandiendo siempre el mejor valor que le llevó a pelear por la libertad de todo el continente. Pero no era el histórico sable que le había salvado su vida en tantas batallas por la independencia americana, ese acero había quedado en el campo de batalla de Famaillá, como una ofrenda al último escenario de su vida de noble guerrero. Nunca Oribe llegó a tener su cabeza. Sus hombres fieles cargaron sus restos hasta que se pudrieron en las alturas de Huacalera, donde decidieron descuartizar el cuerpo, lavar sus huesos en un arroyo y cargarlos en una bolsa junto a su cabeza para entregarlos en sepultura en la catedral de Potosí. A su lado, Damasita Boedo lloró la despedida y continuó su fuga sin retorno, que había iniciado por el amor a Lavalle, hasta Chuquisaca. En 1858, los restos de Lavalle fueron trasladados a Buenos Aires y depositados en el cementerio de La Recoleta. Un epitafio vela su descanso eterno: “Granadero: vela su sueño y si despierta dile que su Patria lo admira”.


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© Hugo Morales Solá


Fuentes:
·  Archivo Histórico de Tucumán.
·  Archivo de La Gaceta.
·  Archivo de Indias. Portal de archivos españoles en red (PARES).www.pares.mcu.es
·  Instituto de investigaciones históricas “Prof. Manuel García Soriano” de la Universidad delNorte “Santo       Tomás de Aquino” (UNSTA).
·  Biblioteca Provincial.
·  Biblioteca de la H. Legislatura.
·  Biblioteca del Museo Histórico de Tucumán.
·  Municipalidad de Famaillá. 






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