La cultura Santa María: el esplendor diaguita - Parte III



La evolución cultural


En la vida social, la cultura santamariana llegó a construir un rígido sistema de controles que establecieron jerarquías rigurosas en la sociedad de los diaguitas, que naturalmente descendían del jefe supremo de la comunidad, conocido también como “curaca”, cuyo poder, si bien reconocía sus orígenes divinos ancestrales, había centrado la fuente de su proyección en el ser humano y había establecido que la transmisión de ese poder político fuese hereditario. Las vestiduras, precisamente, los tejidos, sobre todo, y toda la ornamentación metálica servían para simbolizar las diferencias sociales y los atributos del poder. La complejidad de la estructuración de la sociedad fue creciendo con el avance de los siglos de la existencia prehispánica de esta civilización. Pero no siempre fue un progreso en beneficio de todo el arco social, sino que al contrario, como sucedió después en las sociedades industriales, se desarrolló geométricamente la desigualdad en el tejido social, como consecuencia de sucesivas reformas en la organización del trabajo, por ejemplo, así como en la distribución y consumo de bienes, según advierte en su investigación Myriam Tarragó. Ocurría que la incorporación de nuevas tecnologías como la agricultura hidráulica, cuyos cultivos eran explotados a través de la sistematización del agua escasa con represas y una red de riego, o el perfeccionamiento en el control de los suelos mediante el métodos de las terrazas de cultivos y una ganadería cada vez más intensiva imponía necesariamente la adaptación de nuevo modelos de convivencia que determinaban una nueva división del trabajo, la redistribución de mayores y más importantes responsabilidades económicas como sociales, políticas y culturales que inevitablemente fue transformando una y otra vez a la cada vez menos sociedad primitiva de los diaguitas. Todo lo cual supuso naturalmente la evolución de las pautas culturales hacia nuevos y desconocidos modelos de adaptación de los modos de pensar y sentir, de sus sistemas de creencias y, en definitiva, de todo lo que podría llamarse la inteligencia social y el espíritu cultural del valle de Santa María, cuyo más alto progreso parece haber alcanzado en el período de las vísperas de la llegada del conquistador español, es decir, a lo largo del siglo XV, cuando al mismo tiempo le tocó interactuar intensamente con la dominación inca.
Aquella evolución de la sociedad santamariana permitió, a la vez, la metabolización cultural de paradigmas que servirían de nuevo sustento filosófico al poder de los gobernantes nativos. En otras palabras: ¿cómo se concebiría después de semejantes transformaciones sociales y económicas a la fuente tradicional del poder de los señores que ejercían ancestralmente el poder sobre su pueblo? Un tránsito hacia una etapa de índole más civil, señala precisamente Tarragó, evidenciaron estas sociedades naturales como las del período Tardío, al que perteneció la cultura Santa María, respecto de las anteriores, como la cultura de La Aguada, que ligaba el gobierno de las comunidades a una fuente de naturaleza más teocrática, aunque las culturas prehispánicas dejaron de justificar sus regímenes políticos en el origen divino, porque esa genética del poder era a la vez la única fuente incorruptible de su fuerza y su coercibilidad.

El culto a los muertos

Los caciques diaguitas fueron estableciendo sus señoríos en toda la geografía de los valles calchaquíes, debajo de cuyo poder se pudieron articular jefaturas políticas en los pueblos que reconocían su subordinación al gran jefe diaguita de la zona -o, en todo caso, con el que había sellado algún tipo de alianza- que permitía la paz necesaria para convivir e intercambiar sus productos de la tierra y la ganadería, a través del intenso comercio regional que llevaron adelante con las caravanas de llamas que aprendieron a organizar con el único animal que domesticaron los pueblos nativos antes de la llegada del imperialista español.
Pera esas grandes regiones que estaban sometidas al dominio de un gran jefe no eran siempre pacíficas, porque había muchas veces revueltas y conflictos entre una y otra comunidad, aunque sobre todo las guerras importantes se emprendían en contra de señoríos de otro territorios ajenos al mismo mando político. Precisamente, para los muertos en las guerras interétnicas, antes de la presencia española, para los caídos en las interminables guerras calchaquíes en contra del conquistador europeo y, sobre todo, para los niños, que apagaban tempranamente sus ojos, había un verdadero culto, teñido de todo el colorido de su religiosidad que expresaban en las largas ceremonias de entierro, preservadas por los siglos como una de las características más típicas de la cultura Santa María.
¿Cómo eran los grandes rituales funerarios que trascendieron al tiempo en que tuvo su momento de esplendor esta cultura de los valles calchaquíes? La sepultura de sus muertos eran lugares sagrados donde se depositaban, además de los difuntos, alimentos, bebidas, vestidos, adornos de todo tipo y, en general, diferentes artículos destinados a la decoración del cuerpo y de la fosa mortuoria que servían de ofrendas a las divinidades que regían el paso de una vida a otra o a otra dimensión de la misma existencia. Lo cierto fue que esta cultura concibió a la muerte como un largo viaje a distancias y espacios absolutamente desconocidos, alumbrados sólo por la exuberante mitología diaguita, un tránsito inexplicable en el cual las almas se volvían estrellas itinerantes en el universo espiritual de la vida después de la muerte. Por eso, se enterraba a los fallecidos con alimentos y bebidas y otra clase de objetos que sirvieran de sustento en la migración que comenzaba con la muerte.
Los niños eran inhumados en urnas funerarias de cerámica de un diseño típico que identifica a esta cultura, es decir, un cuerpo esférico, que era la parte más voluminosa donde cabían los pequeños cuerpos sin vida de los niños, separado de una amplia boca por el cuello, más ceñido y perfectamente torneado, cuyos grabados, en negro, blanco y rojo, ocupaban toda la superficie de la vasija y eran generalmente líneas quebradas en ángulos rectos que albergaban a figuras de cabezas humanas o de sus animales venerados para intermediar con la divinidad, como el suri o avestruz, el sapo y la conocida serpiente de dos cabezas.
Tal vez esta tradición diaguita de sus entierros, que naturalmente expresaba todo un sistema de creencias, sea la espiritualidad que más proyección y trascendencia tuvo en lo que se conoce como la cultura Santa María. De ahí que los restos mortuorios y los cementerios sean unas de las mayores fuentes de conocimiento de esta civilización aborigen antes de la llegada del español y la presencia evangelizadora que dejó -ella sí- abundantes crónicas para reconstruir la historia nativa de los valles y quebradas del noroeste argentino.
El enterramiento de los adultos era ya objeto de un procedimiento diferente al de los párvulos, quienes incluso tenían un cementerio exclusivo, apartado de las sepulturas de los mayores, cuya ubicación podía estar emplazada en un costado de la misma vivienda familiar. En general, se los inhumaba en cámaras cilíndricas, con capacidad para varios cuerpos, que tenían una tapa de madera de cardón o algunas piedras lajas. Con ellos iban sus ropas y todo el ajuar que los había acompañado en toda su vida. Esta costumbre permitió conocer después las diferencias sociales, porque eran notables las riquezas halladas en unas tumbas y la escasez o la simpleza del menaje fúnebre encontrado en otros sepulcros. En muchos de estos enterramientos, se hallaron también restos de llamas o guanacos que se sacrificaban para acompañar al difunto, tal vez para aliviar la carga del viajero de la eternidad. Del mismo modo, se descubrió que casi siempre la posición de los cuerpos tenía la orientación este-oeste, además de colocárselos de decúbito lateral, esto es, tendido sobre un costado, mientras que la cabeza se ubicaba en el extremo oriental de la tumba.
Un producto cultural, en definitiva, como el del valle de Santa María o Yocavil, aunque fuera el de más perfecto acabado en su configuración artística como arquitectónica, política, económica y social para proyectarse a la historia, nunca pudo ser el resultado de una creación del espíritu puro de los pueblos santamarianos, sino que al mismo tiempo fue seguramente la consecuencia del encuentro y la interacción más o menos intensa, según los vaivenes de los tiempos, con otras civilizaciones vecinas, como la cultura del valle contiguo de Belén -hacia al sur y al oeste catamarqueño-, con quien hubo ciertamente comunicación e intercambio cultural y comercial por la conexión geográfica más accesible que tenían. De ahí que ambas creaciones culturales muestren rasgos comunes en toda la variedad de sus universos espirituales. Pero es cierto que en los tiempos que precedieron inmediatamente a la invasión española -y aún durante los largos años de su resistencia- se dio la mayor integración entre estos valles, movidos sobre todo por la necesidad imperiosa de unir fuerzas y esfuerzos para una coordinar una estrategia común que confederase sus potencias de ataques y defensa. Lo cual, desde luego, hizo su aporte indeleble en la evolución cultural del valle de Santa María, sin que por eso desdibujase el rostro propio y ancestral de su espíritu.

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Fuentes:
* Ampuero,Gonzalo: Cultura Diaguita, Serie Patrimonio Cultural
* Pérez Gollán José Antonio - Diaguitas y Mayas - Ciencia Hoy: Revista de divulgación científica
* Período de desarrollos regionales - Por: Myriam Noemí Tarragó - Catamarcaguía.com.ar
* Claudia Alicia Forgione - Facultad de Filosofía, Historia y Letras
Universidad del Salvador - De la oscuridad, el diluvio y la nueva generación de hombres. Historia y mito en la cultura andina del noroeste argentino - Espéculo: Revista de estudios literarios. Universidad  Complutense de Madrid
* Los diaguitas - Identidadaborigen.com.ar
* Cultura Santa María - Arteceramico.com.ar

*La foto pertenece a Jorge Luis Campos - Buenos Aires - Argentina


(c) Hugo Morales Solá

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