viernes, 26 de octubre de 2012

Poemario: "Vuelvo"


Sabes a la lágrima de los sauces sobre el río,
a la gota de agua que lame el ardor de los desiertos.
Suenas como el silbido de los álamos de la tarde,
como el bramido del tiempo sobre la memoria.
Hueles al aroma cruzado de dos nostalgias,
a los almendros de la noche.
Me habitas como un eco de la infancia,
como una semilla que guardará los frutos.
Me inundas como un viento de estambres
sobre el pistilo de los alelíes.
Tu presencia es inmensa como una luna de altamar.
Y vuelvo. Siempre vuelvo,
como vuelve sin remedio
el silencio de los pájaros del atardecer.


(C) Hugo Morales Solá

jueves, 25 de octubre de 2012

Los Quilmes - VI - La invasión inca (final)

Una cultura tributaria 

   Los quilmes, como todos los demás pueblos sometidos, debieron crear una rigurosa cultura tributaria, ya que el delegado local del Inca, recaudaba implacablemente los impuestos que debían rendir con una cuota parte de todas sus actividades productivas. Mientras el tributo se cumplía normalmente, la vida de la comunidad podía transcurrir con igual normalidad, casi como en los tiempos previos a la llegada del conquistador del Cuzco. Lentamente, sin embargo, el pueblo fue construyendo una nueva rutina para sus días. No eran los mismos, por supuesto. Ahora debían trabajar para ellos y para el ocupante extranjero: debían buscar los metales preciosos o abrir y mantener los caminos del incario, por donde los ejércitos sumaban nuevos territorios para el emperador. Pero la nueva realidad trajo un beneficio nuevo: los pueblos del valle estaban atados ahora por el cordón imperial al trono de Tupac Yupanqui y, si bien la ocupación no había sido tan cruenta como pronosticaban los orejones del rey, no se permitiría ningún movimiento de sublevación entre ellos. El imperio del miedo favoreció, de paso, la paz entre estas comunidades, porque cualquier enfrentamiento entre sí podía ser visto como un intento levantisco en contra del gran Inca. 
  La guardia militar del delegado imperial era la que bajaba y se mezclaba con los quilmes en las tareas cotidianas. No era numerosa, pero su presencia entre ellos todos los días imponía el orden y la paz que como en el imperio romano se acataba en silencio. Sin integrarse a la vida social, estos soldados caminaban junto a todas las tareas cotidianas, supervisaban el trabajo diario de cada sector de la comunidad, prestaban oído a todas las reuniones, a cada uno de los rumores y penetraban, a veces, la intimidad de la vida familiar para conocer el entramado complejo de la lengua de los quilmes y de los pueblos de todo el Yocavil, como del resto de sus vecinos que hablaban el duro kakán hacia el norte, hasta las comunidades lejanas del altiplano, y el diaguita hacia el sur, hacia las comunidades de los valles riojanos. Pero había oportunidades en que, a pesar de todo, los militares incas debían infiltrar la confianza de las comunidades sometidas y olfatear los hedores subterráneos de conspiraciones y sublevaciones que pudiesen tejerse y destejerse secretamente entre ellas. 
   El castigo, en esos casos, era ejemplar. Aunque fueron escasas, por lo menos en la zona de los valles calchaquíes, las sanciones que se aplicaban era ciertamente extremas y alcanzaban a la comunidad entera. No se trataba de condenar sólo a los conspiradores, aún con la pena de muerte -que sin duda cupo igualmente-, sino de infligir con la mayor dureza el escarmiento sobre todo el pueblo: el estado cuzqueño tenía previsto el destierro liso y llano de toda la sociedad indígena en cuyo seno había sido detectado cualquier conato de alzamiento contra el poder imperial. El “mitimaes” inca era el desarraigo de su tierra y de sus raíces culturales hacia geografías lejanas de la comunidad rebelde, adonde era trasladada definitivamente con un destino de perpetuo trabajo forzado. Esa ruptura súbita y violenta era fatal para la vida colectiva y su muerte era una suerte lenta e inapelable para sus hombres. Este castigo fue imitado después por los conquistadores españoles y una de sus víctimas emblemáticas fue precisamente la comunidad quilmeña, a quien le cayó el goteo irremediable de la pena de muerte colectiva ante la rebeldía ingobernable del espíritu que opusieron al conquistador blanco y desconocido. 
  Pero en general los pueblos vallistos se sometieron pacíficamente al dominio incaico y dejaron que esa cultura que resplandecía sobre ellos se incrustase imperceptiblemente en el espíritu de sus sociedades. Entre los quilmes, por ejemplo, el embajador del Cuzco que vivía en las alturas del cerro del Alto, cerca de la sede del rey del pueblo, pero con la suficiente distancia para imponer su autoridad, no tenía un contacto directo con la gente, aunque un poco más con las autoridades tribales, sobre quienes descendía su poder a través de la guarnición militar. No se mezclaba ni, mucho menos, intimaba con ellos. Sus soldados, en general, tampoco compartían la convivencia y las costumbres locales. Pero la marcha de las obras imperiales, las nuevas costumbres para construir, para urbanizar, para refortificar las ciudades, la magnífica ingeniería que aplicaron en la red vial o la intensiva explotación de las minas, toda la legislación del imperio, que permitió levantar el andamiaje de un estado organizado a los largo y ancho de todos sus dominios, y sobre todo la poderosa herramienta cultural de dominación que fue la lengua oficial del Cuzco, transmitida a los sectores más elevados de las sociedades indígenas sometidas para que de ellos bajase el quechua a las grandes mayoría de la población, fueron inoculando la identidad de los pueblos -en los quilmes también- hasta transfigurar definitivamente su espíritu. 
  Fue, en verdad, una mutación invisible e intangible, deletérea y sutil, porque la invasión inca no intentó eliminar por la fuerza de las armas las culturas propias de cada territorio que llegó a controlar. Es más: respetó su pasado, sus costumbres, sus creencias, aceptó la organización social y política y las jerarquías del poder local. Incluso, fue permeable a la influencia de cada pueblo sobre sí mismo, esto es, rescató de cada uno -o de muchos, en todo caso- los códigos que regían la convivencia, la historia y sus culturas. De hecho, el delegado inca de los quilmes solía observar desde lo alto de su albergue personal, los ritos cotidianos y periódicos que ofrecían a sus dioses para pedir por la buena fortuna de sus trabajos y emprendimientos, a sabiendas, por supuesto, que parte de todos los cuales debía destinarse al tributo del trono del gran Inca. Lejos de esas costumbres y esos credos, los aceptaba, sí, pero no los compartía, aunque se parecían mucho a las divinidades de su religión, cuyas idolatrías más importantes, como la Pachamama e Inti, eran incluso comunes con la de los quilmes. 
  Esa mañana, el orejón llegó de sorpresa al asiento que el representante inca tenía en el cerro sagrado de los quilmes. La vivienda estaba -está- dispuesta al sudoeste de la ciudad, con un ambiente rectangular amplio que evidencia notablemente la arquitectura incaica para diferenciarse y separarse del resto de las construcciones urbanas. La llegada inesperada del enviado imperial, que también oficiaba de recaudador, le hacía saber al procurador de los asuntos del soberano incaico en ese pueblo que debía viajar inmediatamente al Cuzco para elevar su informe al emperador sobre la marcha de la economía en su jurisdicción y un pormenorizado detalle de las utilidades que debía rendir ante el palacio real. 
  Ese fue uno de los motores más poderosos de todas las conquistas del incanato y, aunque no había un calendario riguroso para el cumplimiento de esta obligación, los delegados imperiales debían acudir periódicamente a la gran capital inca para formalizar la rendición de cuenta debida. Cuando éstos se demoraban, como había sucedido en el caso del administrador de Quilmes, llegaba primero la intimación urgente y luego enviaban al kipukamayo, que era esa suerte de contador inca, para hacer la auditoria de los números del funcionario que no había cumplido con su obligación. 
  Lo cierto es que la expansión del imperio hacia estas regiones del territorio argentino, uno de cuyos centros más importantes fueron los valles calchaquíes, no pudo durar más de medio siglo. La llegada de los españoles terminó con el señorío del Inka sobre los pueblos del Tahuantinsuyu que llegó a irradiarse por casi todo el macizo cordillerano de Sudamérica, desde las alturas del Ecuador hasta los límites del río Maule, en el sur de Chile donde empezaba la Araucanía. 
 Corto tiempo, ciertamente, para el esfuerzo titánico de la conquista del gobierno del Alto Perú. Pero suficiente para imprimir su marca imborrable sobre las culturas tan diversas donde rigió el poder de Tupac Yupanqui, hijo de Pachacútec, el Conquistador que acometió la gran expansión de los dominios del incario y le llamó Tauhuantinsuyu al imperio que gobernó, y nieto de Viracocha, el aborigen más venerado del incanato. Tiempo necesario, al fin, para que las culturas y los pueblos interactuasen entre sí, batiendo en ese vértigo sus modos de ser, sus maneras de sentir, sus formas de creer, sus estilos de vivir y de convivir. Sobresalió, por supuesto, la cultura dominante, porque naturalmente era superior, pero creció igualmente y se enriqueció con los signos que fue dejándole cada nación sojuzgada. Un juego de impresiones de uno sobre otro -de uno más que otros- que pintó una idiosincrasia nueva y diferente en la evolución inca y una personalidad definitiva, a la vez, en las comunidades que dominó. 


 * * *


(C) Hugo Morales Solá
Bibliografía 


 * Piossek Prebisch Teresa: Los Hombres de la Entrada. Historia de la expedición de Diego de Rojas – 1543-1546. Segunda edición de la autora. 1995. 
 * Piossek Prebisch Teresa: Pedro Bohórquez. El Inca del Tucumán. 1656-1659. Editorial Magna Publicaciones. Cuarta edición 1999. 
  * Piossek Prebisch Teresa: Los Quilmes. Legendarios pobladores de los Valles Calchaquíes. Edición de la autora. 2004. 
 * Torreblanca, H. de (2003): Relación histórica de Calchaquí, Buenos Aires: Ediciones culturales argentinas. Versión paleográfica, notas y mapas de Teresa Piossek Prebisch. 
  * Lafone Quevedo Samuel A.: Las migraciones de los Kilmes. Revista de la Universidad de Buenos Aires. Tomo XLIII, págs. 342 y sgtes., Talleres Gráficos del Ministerio de Agricultura de la Nación, Buenos Aires, 1919. (educ.ar). 
 * Turbay Alfredo: Quilmes. Poblado ritual incaico. La Fortaleza-Templo del Valla Calchaquí. Editorial María Sisi. Tercera edición póstuma. 2003. 
  * Galeano Eduardo: Las venas abiertas de América Latina. 
  * Revista Icónicas Antiquitas: Vol. 1, No. 1, 2003 - Universidad del Tolima - Colombia: Espacio y Tiempo de la Cultura de Santa maría – Análisis estructuralista de la iconografía funeraria en la cultura arqueológica de Santa María - Argentina - Los Quilmes del Valle de Yocavil. 
  * Tarragó, Myriam N. y Gonzalez, Luis R.: Variabilidad en los modos arquitectónicos incaicos. Un caso de estudio en el valle del Yocavil (noroeste argentino). Chungará (Arica), dic. 2005, vol.37, no.2, p.129-143. ISSN 0717-7356. 
  * Oliva Marta (Municipalidad de Quilmes - Pcia. De Buenos Aires): Evolución historiográfica de Quilmes. 
  * Reyes, Huaman Luis Alberto: Pachamama y los dioses incaicos – Pachamama agosto y la celebración - www.catamarcaguia.com.ar 
  * Quilmes a Diario.com.ar: La Reducción de la Santa Cruz de los Quilmes 
  * Quilmes legal: Breve reseña histórica de la ciudad de Quilmes. 
  * Russo Cintia: Universidad Nacional de Quilmes – Revista Theomai, número 2 (segundo semestre de 2000). 
   * Lorandi Ana María: Los valles calchaquíes revisitados. Universidad Nacional de Buenos Aires. 
  * Marchegiani, Marina; Palamarczuk, Valeria; Pratolongo, Gerónimo; Reynoso, Alejandra: Nunca serán ruinas: visiones y prácticas en torno al antiguo poblado de Quilmes en Yocavil - Museo Etnográfico “J. B. Ambrosetti” (Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires). 
   * Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa): Junto a los pueblos indígenas II 

 * * *

miércoles, 24 de octubre de 2012

Los Quilmes - V - La invasión inca (nuevo)

 La invasión inca 

Los orejones habían sido muy claros con Tupac Yupanqui: los hombres de las montañas del sur del continente eran aguerridos y dispuestos a defender su territorio hasta con sus vidas. Pero la tentación del emperador inca era más fuerte que la advertencia de los enviados del monarca para explorar y evaluar los pueblos, los climas y la calidad de las tierras que había más allá del límite austral del imperio, que había llegado hasta 1480 a las alturas de la puna boliviana, en el corazón de la cultura Tiahuanaco.
 ¿Qué había en estos valles? ¿Cuál era su valor tan importante que había llevado incluso al Inca a pactar con las comunidades indígenas del Tucma, en la llanura del naciente de esas cumbres, un tratado de exclusión de los dominios del imperio incaico? Teresa Piossek Prebisch señala en su obra “Los hombres de la entrada” que sus territorios, por ahora, no formaban parte del plan de expansión y sólo pretendía de esos pueblos que no interfiriesen el avance imperial por la zona montañosa que estaba a sus espaldas, por donde el sol caía rendido entre los picos más altos de los valles calchaquíes. Desde el llano, los lules y tonocotés, entre otros, sólo debían defender esa frontera del imperio andino en contra de cualquier intento extraño de penetrarla. 
 En verdad, la marcha de los ejércitos incas intimidaba. A su paso, desde que entraron al gran cañón de los valles calchaquíes, uno tras otro pueblo vallisto fue sometiéndose con menos resistencia hostil que la que esperaban, según el informe de los exploradores enviados por el trono de Cuzco. Algunas de estas comunidades se resistieron más que otras, sus pucarás fueron incluso fortificados en esa época de avance inca por los valles del río Chicoana, al cual después del paso del invasor se lo conocería como Calchaquí, que en quechua quiere decir precisamente “tierra arrasada”, y el Quiri-Quiri, nombre original del Yocavil, rebautizado después como Santa María por el español. Pero, en realidad, el peso aplastante de las tropas imperiales los amedrentaba y empequeñecía. Poca resistencia podían oponer pueblos ciertamente pequeños, divididos entre sí y sin tiempo para reaccionar detrás de una estrategia común que los uniese para practicar una defensa fuerte y a la altura de la potencia del invasor. Esa experiencia atroz y asimétrica les servirá, de todos modos, para intentar definitivamente la unión entre ellos cuando llegase el otro invasor, más peligroso que el que ahora pisaba su tierra y la de sus padres e igualmente la asolaba. 
 Los orejones eran delegados que pertenecían a la nobleza incaica y oficiaban como adelantados del imperio que además de llevar un estudio pormenorizado de las condiciones políticas, geográficas y económicas de los territorios apetecibles por el monarca para expandir sus dominios, tenían la misión de promover verdaderas campañas de miedo al poderío inca en el imaginario colectivo de los pueblos donde se infiltraban como comerciantes extranjeros. Tal vez habían exagerado, a su regreso al palacio imperial, sobre la belicosidad y la fiereza de estos pueblos de montaña al sur del Kollasuyu. Pero sobre todo parecían haber magnificado la capacidad minera de aquellos valles, que se abrían esplendorosos en las puertas de la gran planicie de altura que corría a los pies del gran nevado del Acay, cuya cumbre horadaba el cielo a los seis mil metros. Tal vez aquellos hombres, cuyo nombre derivaba de los gruesos adornos de piedras preciosas que colgaban de sus orejas, habían imaginado incontables tesoros de oro y plata que encendían la ambición de Tupac Yupanqui, adicto naturalmente al inmenso poder que simbolizaba la propiedad de estos yacimientos de minerales tan valiosos. Pero ellos habían convivido largo tiempo con estos pueblos de los altos valles ubicados al poniente del territorio del Tucma y habían estudiados minuciosamente su suelo y subsuelo y averiguado muy bien sobre las riquezas que yacían en estas montañas. Para la gente nativa de esas alturas, en cambio, tales yacimientos eran indiferentes en los términos que eran codiciados por el imperio del Tahuantinsuyu. El oro y otros metales preciosos, así como los demás minerales que explotaron los vallistos sirvieron, sí, para desarrollar las artes y la producción metalúrgica en general destinada al uso cotidiano y religioso, así como en lo defensivo y en lo social. 
 Lo cierto fue que el avance de la ocupación inca en la zona calchaquí fue arrollador. La superioridad numérica y la promoción de su poder militar invencible, inoculado sobre las conciencias de los calchaquíes, fueron los motores reales de la dominación por encima, incluso, del ejercicio efectivo de la potencia bélica sobre estos pueblos. 

Un conflicto entre pares

 Desde la mirada de las comunidades de estos valles, estos hombres, capaces de dominarlos, eran ciertamente poderosos. Es cierto que hubo, como se dijo, intentos individuales, y hasta la reedición de las confederaciones de los pueblos naturales de la zona, para resistir con violencia a la llegada de los ejércitos incas. Es cierto, en definitiva, que al poder incaico no le resultó fácil esta conquista en el extremo sur del imperio. No fue, en suma, una estrategia de dominación que se aplicó con la rutina de otras regiones. Pero, en primer lugar, la que llegaba a los valles del noroeste era una nación de la misma raza y de la misma sangre originaria que la de los quilmes, que había llegado de la misma tierra, aunque lejana, para extender su señorío sobre su gente y su territorio. Además, cuando resistían luchaban contra armas que no eran más poderosas y capaces de matar que las suyas. Sin embargo, eligieron finalmente la paz antes que rebelarse indefinida e inútilmente a su autoridad y se sometieron. Se trató, en definitiva, de un choque de naciones y de razas iguales entre sí, unidas por la misma matriz étnica y el mismo misterio de sus orígenes. Básicamente, fue un conflicto entre pares, aunque mostró, claro está, el desarrollo más avanzado de una cultura sobre otra, pero sobre un piso de conocimientos más o menos comunes, cuyas diferencias nunca llegaron a plantear la magnitud de una confrontación entre dos mundos absolutamente diversos, donde uno dominaba por el progreso ostensible de su ciencia y su conciencia sobre el otro. Eso pertenecía a una historia que se escribiría más tarde. 
 De todos modos, la historia de los quilmes cambió rotundamente. Con la llegada del inca invasor, llegó otro tiempo, otra convivencia, nuevos códigos culturales y, en suma, una nueva existencia amanecía en el valle inmemorial del Yocavil. Después que pasaron los ejércitos y se impuso el gobierno del poder incario, quedó el representante del trono de Cuzco, una suerte de virrey inca, con una pequeña guarnición militar, a cargo del pueblo con quien viviría pero no conviviría. 
 Los quilmes supieron siempre que nada sería como había sido hasta entonces, que nada volvería a ser igual a partir de la llegada de los ejércitos dominadores. Lo presintieron con una sensibilidad extrema. Por eso, sintieron la invasión como una conmoción en el alma de todo el pueblo, un terremoto que sacudió su historia, su presente y su futuro. Las noticias iban y venían de un pueblo a otro. Los vallistos, en efecto, habían multiplicado y acelerado sus canales de comunicación. La misma gente que antes se miraba con recelo y desconfiaba una de otra, las mismas comunidades que eran capaces de hacer la guerra entre sí ahora estaba aprendiendo a creer mejor en las posibilidades de acercamiento entre todos los habitantes de los valles, cuyo territorio era el patrimonio más preciado que habían legado de sus ancestros. Pero naturalmente no podían borrar una antigua historia de celos e intrigas con la misma velocidad que avanzaban las milicias que estaban ocupando ya el norte calchaquí. Era un dilema envenenado que los partía en dos: dudaban y temían entre sí y continuaban vigilándose y preparándose siempre para la defensa y la guerra doméstica que había signado durante siglos sus vidas y sus espíritus; y al mismo tiempo debían prepararse para resistir el asedio imperial, hasta que tomasen una decisión definitiva para hacer frente a esta nueva realidad que imponía el invasor. La dominación inca trajo entonces, como una consecuencia no buscada, esa paz que, aunque por separado, preparó los ánimos para la unión que solamente llegaría con el otro invasor, superior al que conocían. 
 Después que cayó Chicoana, en la puerta norte del valle Calchaquí, la suerte de todos los pueblos vallistos estuvo echada. Luego de la aridez mortal del altiplano, el Abra del Acay separaba -separa- generosamente las montañas hasta las profundidades del valle del Chicoana, y un poco más abajo, se levantaba la gran ciudad de piedra, cuyos campos fértiles y la ubicación geopolítica ideal atrajo con avidez el interés de los incas. Desde allí, en efecto, el imperio controlaría casi todo el Kollasuyu y ramificaría las rutas secundarias de su extensa red caminera hacia la expansión del Tahuantinsuyu por el sur del continente. 
 Si esta capital ya estaba en manos de los incas, Tolombón, la población más importante del Quiri-Quiri, al sur de Chicoana, sería el próximo bocado importante en los planes de la conquista. Y si caían estas grandes ciudades vallistas, capitales de las dos nuevas provincias que se anexaban a la provincia del Kollasuyu, ¿tenía sentido resistir el avance inexorable del imperio? ¿Era sensato oponerse a su paso y entregar en esa pueblada, tal vez solitaria, la vida de guerreros y tantos habitantes del cerro Alto del Rey? 
 El curaca de Quilmes convocó de inmediato al concejo asesor, que estaba generalmente integrado por los ancianos de la tribu, los mejores oficiales militares y el cuerpo sacerdotal. Quería consultar el mejor criterio, buscaba la sensatez y el discernimiento más sabios entre los hombres de su corte, y se inquietaba visiblemente por saber la respuesta del oráculo de los hechiceros. Encontró sólo pequeños matices de diferencia entre la mayoría de ellos, quienes aconsejaban preservar la vida del pueblo. Un viento helado que traía los rumores de la gloria de todas las batallas y todas las dominaciones del incanato se adelantaba siempre a su llegada y bañaba a las almas de sensatez y precaución. Habían visto caer la beligerancia más tenaz de sus vecinos del norte calchaquí ante esa realidad nueva y descarnada y era mejor acomodarse a los tiempos del gran Inca, quien casi siempre se valió de la leyenda gloriosa de su ejército que precedía a todas las ocupaciones de nuevos territorios para evitar precisamente el choque letal de las guerras que podían significar un alto costo de vidas entre sus tropas. 
 Salvo casos excepcionales, los pueblos calchaquíes se fueron sometiendo irremediablemente al poder de Tupac Yupanqui. Pero a este emperador indígena le atraían sobre todo los grandes yacimientos de oro y plata que dormían en las profundidades de las montañas de los valles al sur del Kollasuyu y los hombres de aquellas tierras para que entregaran la mano de obra esclavizada a los pies del yugo imperial. Por eso, permitió preservar las identidades de cada comunidad sojuzgada, aunque impuso, eso sí, el quechua como lengua oficial del imperio con la intención de que sirviese como una herramienta más de dominación. 



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(C) Hugo Morales Solá



Bibliografía 

 * Piossek Prebisch Teresa: Los Hombres de la Entrada. Historia de la expedición de Diego de Rojas – 1543-1546. Segunda edición de la autora. 1995. 
 * Piossek Prebisch Teresa: Pedro Bohórquez. El Inca del Tucumán. 1656-1659. Editorial Magna Publicaciones. Cuarta edición 1999. 
  * Piossek Prebisch Teresa: Los Quilmes. Legendarios pobladores de los Valles Calchaquíes. Edición de la autora. 2004. 
 * Torreblanca, H. de (2003): Relación histórica de Calchaquí, Buenos Aires: Ediciones culturales argentinas. Versión paleográfica, notas y mapas de Teresa Piossek Prebisch. 
  * Lafone Quevedo Samuel A.: Las migraciones de los Kilmes. Revista de la Universidad de Buenos Aires. Tomo XLIII, págs. 342 y sgtes., Talleres Gráficos del Ministerio de Agricultura de la Nación, Buenos Aires, 1919. (educ.ar). 
 * Turbay Alfredo: Quilmes. Poblado ritual incaico. La Fortaleza-Templo del Valla Calchaquí. Editorial María Sisi. Tercera edición póstuma. 2003. 
  * Galeano Eduardo: Las venas abiertas de América Latina. 
  * Revista Icónicas Antiquitas: Vol. 1, No. 1, 2003 - Universidad del Tolima - Colombia: Espacio y Tiempo de la Cultura de Santa maría – Análisis estructuralista de la iconografía funeraria en la cultura arqueológica de Santa María - Argentina - Los Quilmes del Valle de Yocavil. 
  * Tarragó, Myriam N. y Gonzalez, Luis R.: Variabilidad en los modos arquitectónicos incaicos. Un caso de estudio en el valle del Yocavil (noroeste argentino). Chungará (Arica), dic. 2005, vol.37, no.2, p.129-143. ISSN 0717-7356. 
  * Oliva Marta (Municipalidad de Quilmes - Pcia. De Buenos Aires): Evolución historiográfica de Quilmes. 
  * Reyes, Huaman Luis Alberto: Pachamama y los dioses incaicos – Pachamama agosto y la celebración - www.catamarcaguia.com.ar
  * Quilmes a Diario.com.ar: La Reducción de la Santa Cruz de los Quilmes 
  * Quilmes legal: Breve reseña histórica de la ciudad de Quilmes. 
 * Russo Cintia: Universidad Nacional de Quilmes – Revista Theomai, número 2 (segundo semestre de 2000). 
  * Lorandi Ana María: Los valles calchaquíes revisitados. Universidad Nacional de Buenos Aires. 
 * Marchegiani, Marina; Palamarczuk, Valeria; Pratolongo, Gerónimo; Reynoso, Alejandra: Nunca serán ruinas: visiones y prácticas en torno al antiguo poblado de Quilmes en Yocavil - Museo Etnográfico “J. B. Ambrosetti” (Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires). 
  * Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa): Junto a los pueblos indígenas II 

 * * *

martes, 23 de octubre de 2012

Poemario: "Soledad"


Sangra de niebla la mañana.
Los años sangran de olvido.
Miro tu ausencia
y sus manos son hiedras
que me abrazan y me ahogan.
Hay nieves de ira en tu memoria.
Es que nunca se fueron tus pasos de fuga,
se quedaron aquí, a tientas y sin perdón.
Miro ahora tu presencia
y la memoria se desviste de recuerdos.
Es una amnesia errante
de sombras que se extravían en el silencio,
de silencios que se aturden sin sosiego.
Es inútil, las escamas de la noche
nunca podrán devolvernos
el sueño que ha pasado.
Todavía respiro tu temblor a mi lado
y siento sangrar a los lapachos
su sangre violeta de setiembre.
Luego vuelvo a tu costa
como una suave marea y
te olvido y te recuerdo.
Te recuerdo y te olvido.
Duermo y despierta tu presencia.
Despierto y se duerme tu permanencia.
Estoy solo, sangrando tu recuerdo,
mientras la luna sangra su amanecer.



(C) Hugo Morales Solá

miércoles, 17 de octubre de 2012

Poemario: "Arenas"



La tarde duerme en el arenal
donde mueren los soles del valle
que lentamente revivirán
en las uvas del verano.
Hasta aquí han llegado tus pies de azahares,
traen las espinas del naranjal,
secos de tristezas,
desangrados de lloviznas.
Han venido a matar las uvas
que tragaron las luces del frío.
La muerte debe vivir en otras vidas.
Siempre. Una y otra vez,
hasta volver a morir.
Y tú. Me pueblas de silencios
y germinas el aire de palabras.
Algún día el vino que muere en otras sangres
renacerá en tus pies y en tus uvas.
Y en tus soles.
Entonces, el arenal despertará
el sueño de la tarde.
Como un remolino de tibieza,
entre el polvo de silicio
haremos la zafra de tus desdichas.



(c) Hugo Morales Solá



viernes, 21 de septiembre de 2012

Cara y seca de los argentinos

   La década mememista de los 90 expulsó ciudadanos de la sociedad, del mercado y del país: el movimiento piquetero estuvo en manos de los excluidos. La década de los Kirchner incluye y regresa a los excluidos a la sociedad, al mercado y al país: el movimiento cacerolero está ahora en manos de los incluidos de siempre, muchos de los cuales fueron privilegiados del modelo de Menem-Cavallo.
   Vivimos tiempos en que la pobreza y la exclusión pesa y molesta sobre las clases sociales más altas, tiempos en que los ricos intentan sacudirse a los pobres de encima. Tiempos, en fin, intoxicados del neoliberalismo que nos envenenó la convivencia alrededor del planeta y ha surcado profundas divisiones en los pueblos de todo el mundo, como la pretensión del norte rico de Italia de separarse definitivamente del sur empobrecido o la medialuna opulenta del sureste boliviano que quiere independizarse de las comunidades indígenas pobres del noroeste del altiplano. Los argentinos nos mecemos también en esos oleajes y nos molesta la reinclusión de millones de pobres que habían sido segregados de la sociedad y aun de las ciudades y de la ciudadanía. La Argentina de los 90 se retuerce todavía ante el mínimo bienestar que van recuperando los sectores sociales sobre los que recayó todo el costo de la fiesta de la convertibilidad neoliberal.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Microrrelato: "Destino"

  Apenas subió al automóvil alemán de alta gama, sintió que su verdadero destino le esperaba en la habitación del lujoso hotel adonde se dirigían. El viaje sirvió para adelantarle una lluvia de caricias y besos que presagiaban el ensamble perfecto entre las sábanas de seda. Sin ropa interior, dejó explorarse el cuerpo con todos los sentidos, mientras imaginaba que iba a su noche de boda. La luna llena los acompañó más tarde por el inmenso ventanal de la suite hasta el éxtasis de la noche. Su piel se estremeció una y otra vez en el jadeo viscoso de los cuerpos. Su mente, en cambio, la encarnó en la primera dama del imperio económico que la deslumbraba esa noche. Después vino el sueño, la relajación de los músculos y el sudor frío que se evaporaba como una nube de fascinación en el ambiente. Pero un sobresalto la sacudió de repente de la somnolencia: cobró de inmediato y regresó al lado de su niño, que dormía solito en el cuarto de pensión.

(c)Hugo Morales Solá


 Mi columna en El Corredor Mediterraneo. Revista cultural de Río Cuarto. Córdoba.  https://acrobat.adobe.com/link/review?uri=urn:aaid:scds:U...