El Papa, los linchamientos y nosotros

  “Pensé que a ese chico lo hicimos nosotros, creció entre nosotros, se educó entre nosotros. ¿Qué cosa falló?”, se preguntó el Papa Francisco cuando conoció el caso de linchamiento de David Moreira, el muchacho rosarino que finalmente murió por los golpes que recibió de la gente en esa lapidación, luego de haber robado la cartera de una mujer. 
  Sí, es necesario preguntarnos con el Papa respecto de las cosas que están fallando en la Argentina para que hayamos regresado a ese estado de barbarie, más bárbaro aún que la misma delincuencia. ¿Falló el Estado? Por supuesto que sí, pero no sólo en la ausencia de sanción y castigo al delito, sino mucho antes, desde su responsabilidad preventiva. Y prevenir, precisamente, quiere decir frenar las injusticias, la exclusión de vastos sectores sociales, no abandonar los mecanismos que servían de dique al empobrecimiento vertiginoso de casi todo un pueblo y, en definitiva, tampoco desertar a una de las razones fundacionales del todo Estado, como es la promoción humana y evitar que se expanda la desigualdad sobre la sociedad, como una gran mancha de petróleo sobre el mar. Ahí está el huevo de la serpiente y la madre de todos los males.
  Fuimos abandonados hace mucho tiempo por los estados liberales que nos llevaron, primero, a la hecatombe institucional, política, económica y social de 2001 y nos dejaron, después, empantanados en esta monumental deuda social, que nos sumergió rápidamente en la convivencia caníbal. Este es el producto de las grandes transformaciones económicas y del “ingreso al primer mundo” de la década neoliberal de los noventa. La globalización nos entró por la ventana como un huracán y arrasó con todo el tejido comunitario con el que más o menos podía vivir y dejar vivir en sociedad. Ya transitamos la segunda década de exclusiones masivas, millones de argentinos se empobrecieron sin remedio y sin futuro, muchos hasta los límites de la misma condición humana y más allá también. 

 Los pobres, un estorbo 

   Los que sobrevivieron, los que pudieron resistir en su lugar natural de la sociedad y sobre todo los que se enriquecieron con estas interminables crisis humanas, que destruyeron familias y clases sociales enteras, tienen también una gran deuda con los excluidos, con los pobres de toda pobreza, con quienes debieron pagar, todavía hoy, el espantoso costo de una fiesta de fantasía que acogió a pocos. Sin embargo, hicieron todo lo contrario: se alejaron, se aislaron y embolsaron cada vez más dinero prescindiendo del trabajo de los derrotados por este sistema perverso. En un primer momento pareció que se solidarizaban y derramaban sobre ellos pequeñas migajas laborales mal pagadas y en negro. Entonces, debió intervenir el Estado para hacerse cargo de tantas vidas indefensas con la ayuda de planes sociales y asignaciones universales, que además le daban protección sanitaria y previsional. La reacción no se demoró en hacerse ver: los pobres eran -son- un estorbo en la ambición de acumular más dinero y había que sacárselos de encima, sacudírselos como una capa de polvo de los pies. 
   Este trágico proceso social terminó enroscándose como una espiral que se alimentaba a sí mismo. Y llegó la violencia que apaga siempre cualquier luz de esperanza, agravada mil veces por la compañía mortal de las drogas. El resultado de tanta indiferencia, de tanta hostilidad, después, que bajó desde las clases superiores de la sociedad y el resentimiento que amasaron millones de argentinos, generaciones enteras que nacieron y crecieron sin conocer la esperanza, la dignidad y muchos menos la noción más elemental de sus derechos, fue una fórmula letal, que enferma y mata a cualquier convivencia pacífica. 
  “No era un marciano, era un muchacho de nuestro pueblo”, se lamenta de nuevo el Papa. Pero ¿lo era, realmente? ¿Lo sentíamos así o lo habíamos expulsado de la sociedad porque un albañil molestaba, más allá de su función, si la tenía efectivamente? Y si tenía la ayuda estatal de algún plan social para él o su familia, debía ser más despreciado todavía, porque era “un vago que no quería trabajar” Y de inmediato descargaban la culpa en el Estado que “fomenta y sostiene la haraganería con esas políticas de contención social”. Era un delincuente, es cierto, como también lo recuerda Francisco, pero ¿había hecho del delito su medio de vida? Claro que no, si era albañil y peón en una fábrica de calzado. El robo fue un accidente en su corta vida, porque no tenía antecedentes policiales, según informan los medios de comunicación. 

 Los medios de comunicación 

   Los medios, precisamente, tienen también su responsabilidad en esta tragedia, como en tantas otras, porque se ocupan de atizar el drama con mensajes de segregación y enfrentamientos sociales. Su discurso repetido hasta el hartazgo con las imágenes más crudas de estos hechos contribuye a viralizar la reacción de uno de los costados que más deshonran a la naturaleza humana. El contagio es inmediato y los hechos se reproducen como una epidemia espiritual en la convivencia de los argentinos.
   Lo matamos porque molestaba como pobre y lo expulsamos de la ciudad, mucho antes. Ese fue el primer acto de violencia, que generó las demás respuestas no menos violentas, como en una espiral que crece sin control. De un lado se desprecia y del otro se amasa el resentimiento, que más tarde se volverá odio, muchas veces no sólo conviviendo sino casi cohabitando unos al lado de los otros: inmensos y pomposos countries, cuyos habitantes parecen deleitarse exhibiendo sus riquezas de maneras cada vez más ostentosas, al lado de pestilentes e indignas villas de emergencias. ¿Es natural esa coexistencia? ¿Cuánto tiempo soportará este sistema semifeudal al que hemos regresado para apuntalar desigualdades que ofenden a la condición humana? 
   América Latina, sin duda, es el continente más injusto y desigual del planeta, aunque África sea el más pobre. Entonces, ¿dónde está la mayor injusticia y dónde las bondades del derrame que prometían los mayores sacerdotes del neoliberalismo paroxístico que nos condujeron en las últimas décadas? 
   Relatando su dolor acerca de este linchamiento, Francisco recuerda el pasaje de la lapidación a una mujer adúltera en el Evangelio. “Y me acordé de Jesús ¿Qué diría si estuviera de árbitro allí?”, se pregunta, entonces. Pero, ¿somos capaces de mirarnos a nosotros mismos para reconocer nuestros errores y nuestros pecados, para utilizar términos igualmente evangélicos, si casi no podemos mirar al otro, al que existe -sin que lo advirtamos, en realidad- y transita a nuestro lado en la sociedad? 
   Dice el Papa que le dolía todo, “me dolía el cuerpo del pibe, me dolía el corazón de los que pateaban”. David Moreira ha muerto y es una tragedia para la Argentina, porque se apagó su vida, tan joven y de un modo tan injusto y primitivo. Pero también ha muerto algo en el corazón de los que lo patearon hasta matarlo y de los que aplaudieron -y aplauden, todavía- esa muerte atroz. 
   Nos hace mucha falta llorar, es verdad. Lloremos con Francisco por “el muchacho delincuente y también por nosotros”, porque “lo peor que nos puede pasar es olvidarnos de la escena”. 

 ©Hugo Morales Solá

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