La novedad del Papa Francisco

    ¿Ha dicho algo nuevo el Papa Francisco respecto de temas que la agenda de los medios de comunicación y la opinión pública han ubicado como centrales entre las preocupaciones de las sociedades de nuestro tiempo? No. Rotundamente no ha dicho nada nuevo que la Iglesia en su doctrina social como de la fe no lo tenga ya consagrado desde hace siglos, porque muchas de esas cuestiones están inscriptas en los dogmas de la fe de los cristianos. 
   Lo que, en todo caso, ha hecho Francisco ha sido replantear y reubicar esos temas a la altura de nuestro tiempo. Darles una mirada moderna, mejor dicho posmoderna, incluso, hipermoderna, como se prefiere llamar ahora a la posmodernidad. Remozar el rostro de la Iglesia con un baño de misericordia y cercanía a la gente. Desacartonar y descontracturar los ritos y formalidades de una curia que estaba anquilosada y alejada de los hombres y mujeres de a pie, de sus preocupaciones y vicisitudes, de las marchas y contramarchas del mundo que se muda de costumbres, de valores y culturas como los reptiles cambian su piel, aunque éstos lo hacen por otra. El mundo actual, en cambio, transmite la sensación de que ha quedado desnudo de principios y paradigmas que sostengan la convivencia y la vida de los seres humanos sobre el planeta y que naufraga en el relativismo más atroz, que destruye todo lo que toca. 
     ¿Qué se esperaba: que Francisco diera un giro de ciento ochenta grados a la doctrina católica, que autorizara el matrimonio gay y el sacerdocio de la mujer? Francisco, en todo caso, ha transmitido, con sus gestos y sus palabras, la intención de renovar las capas más periféricas de la identidad del catolicismo, pero su núcleo más duro permanece -debe permanecer- intacto. Por eso fue el cardenal más votado, después de Ratzinger, en la elección de Benedicto XVI, y fue el elegido de su predecesor en su propia elección como Sumo Pontífice. Desde luego, entonces, que existe una continuidad doctrinal entre ambos papados. Lo cual no impedirá, por supuesto, que encare algunas reformas pastorales y burocráticas, que permitan incluso el avance de los puestos de la mujer en la conducción de los organismos vaticanos, en tanto esas funciones no exijan de prelados para llevarlas adelante.
   Pero, ¿es suficiente esa impronta del pontificado de Francisco para inaugurar una nueva era, un cambio de época, en la vida de la Iglesia católica, que sume y no reste ovejas a su rebaño? Él mismo ha mandado a sus pastores a impregnarse de olor a ovejas, lo cual significa, en otras palabras, enviarlos a mezclarse con el mundo y pensar y sentir, y mirar la vida de los hombres como los hombres mismos, desde sus problemas, sus dolores, sus dichas y sus desdichas, pero por supuesto abiertos a la trascendencia del mensaje evangélico. “Estar en el mundo sin ser del mundo”, tal como mandó Cristo a sus discípulos hace más de dos mil años. Ni más ni menos. 

 Del Gatopardo a Francisco 

   ¿Cambiar un estilo, entonces, para que nada cambie? Desde luego que no. Lo que quiere es que los cristianos, en general, y los sacerdotes, en particular, replanteen y modernicen su modo vivir y convivir y de creer en el mensaje del Evangelio para llegar mejor a la gente, para que desde esa vecindad se haga más efectivo su trabajo de pescadores de almas. Su mensaje es claramente una demanda de regresar a las fuentes, a los valores evangélicos y sobre todo a su práctica, en un mundo que día a día se deshumaniza más. Ese, sí, es el gran cambio. Pero hay pilares de sustentación de una fe que por su propia naturaleza deben ser firmes en sus cimientos, aunque flexibles en su estructura para poder soportar los vientos de altura. Esa es la diferencia entre lo absoluto y lo relativo. Cuando se creó, por ejemplo, la Teología de la Liberación, en la década de 1970, sus mentores no intentaron demoler las bases dogmáticas del cristianismo, sino adaptarlas a una realidad desesperante de injusticias y desigualdades sociales. Fue una cuestión de método, de abordaje del mensaje evangélico para luchar contra ese flagelo latinoamericano. Fue una teología de compromiso social activo e intenso de lucha en contra de la pobreza extrema y mortal del continente sudamericano. Esa lucha incluyó, por supuesto, lo político, cuyas ideologías todo lo abarcaban en esa época, y muchas veces se desdibujó la frontera entre religión y política. Pero nunca pasó de la dimensión metodológica del fenómeno.

¿Hacer líos? 

    A los jóvenes, les dijo que “hagan líos” en sus comunidades y que sean “revolucionarios”. ¿El lío de la discordia, la revolución armada de los años setenta? Desde luego que la mera pregunta es absurda. Hacer líos suena a sacudir los espíritus narcotizados por el individualismo y el relativismo, donde la mayor divinidad es el “yo mismo” y todas las religiones, las ideologías, las ciencias y las culturas, en definitiva, se tejen y destejen alrededor de esta medida. Sabe a volver a la búsqueda de lo absoluto, de los paradigmas que tengan como centro a la dignidad de la persona y la promoción de todo el ser humano, del respeto a la justicia social y a la libertad por sobre el culto a los fundamentalismos económicos que devastaron nuestras sociedades. Esa revolución debe vibrar primero en la interioridad de cada uno, porque será en esa medida que la revolución se transmitirá y podrá consolidarse como vehículo de paz, en tanto miremos al otro como a nosotros mismos y seamos instrumento de su servicio sin servirnos de él.

¿Y la mujer? 

    Desde ese cristal, Francisco mira -y ha opinado- sobre la mujer de este tiempo y ha revalorizado su dignidad para ubicarla en el lugar de la Virgen María. Pero su opinión ha sido más bien un reacomodamiento a la actualidad de lo que sobre este tema ya vienen diciendo los padres de la Iglesia desde hace tantas encíclicas. De todos modos, no se quedó en esa revalorización de la naturaleza femenina sino que ha dicho, a modo de anuncio, que es necesario una teología de la mujer. Lo cual significa abrirse a los misterios de su humanidad y de la palabra de Dios para desentrañar nuevos modos de interpretarla, comprenderla y volver a revalorizarla, según la demanda de cada tiempo. Insistir, en ese contexto, en el sacerdocio de la mujer, por ejemplo, se parece más a una obstinación feminista, que pretende ocupar roles masculinos y terminar así masculinizándose en lugar de rejerarquizarse. La igualdad de sexos significa ser iguales en dignidad. Y lo somos, en efecto. Pero en modo alguno quiere decir mezclar las funciones que son privativas de cada uno. 

El mundo gay y los divorciados

    Del mismo modo, ha hablado sobre el mundo gay, del cual ha dicho que él no es nadie para juzgarlo y que esas personas merecen su integración y respeto sin ninguna discriminación. Es más, él mismo ha aceptado colaboradores con algunas presuntas historias de homosexualidad, si es que esa tendencia está controlada en sus actos. Porque no se juzga a las personas sino al acto homosexual. Otro tanto ha hecho con los divorciados, sobre quienes ha insistido en el gesto misericordioso y contenedor de la Iglesia, pero ha vuelto a marcar el límite que ya estaba marcado: la comunión de los divorciados es posible, en tanto no existan nuevas uniones de parejas, porque sino sería la propia Iglesia quien iría en contra del sacramento del matrimonio. 
   En fin, son los dogmas de la fe de los católicos los que amojonan la vida espiritual y la convivencia de los cristianos. Ellos son precisamente parte de aquel absoluto, hacia donde el mensaje de Francisco ha querido reorientar sobre todo a la juventud, para reconstruir desde ahí una existencia maciza, trascendente y definitiva, que dura justamente porque conserva su forma, y rompa (“revolucione”) con los mandamientos temporales, los proyectos provisionales y los intereses egoístas que, como enseñó el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, pertenecen a esa naturaleza líquida, que se transforma constantemente, toma infinitas formas y fluye en la dirección de cada uno de los egoísmos. Esa conciencia volátil y soluble gobierna la vida de los hombres y mujeres del nuevo milenio. Por ella va el Papa Francisco. Esa es su novedad. 
   ¿Una utopía? Puede ser, pero hace mucho tiempo que un ideal no es el motor del progreso de las sociedades. Cuando Karol Wojtyla llegó a Roma, llevaba en su cabeza la utopía del fin del comunismo, que tanto daño había hecho a las libertades de su pueblo. La utopía se hizo realidad. Y pudo verla, aunque no imaginó que las mismas cadenas que cortaba desatarían también las fuerzas del capitalismo más salvaje que conoció la historia. 

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© Hugo Morales Solá

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Brillante síntesis cómo siempre interpretando el verdadero mensaje del Santo Padre.Comparto todos los puntos tratados.Sería bueno que los comunicadores sociales tengan la lucidez mental acorde a los tiempos que estamos viviendo.Felicidades!!!!

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