La Batalla de Tucumán - 24 de setiembre de 1812

  Un temblor de cascos sobre la tierra anunciaba el paso de casi mil caballos que trasladaban al Ejército del Norte hacia la campaña del Alto Perú. Al mando del coronel Francisco Ortiz de Ocampo, el Ejército Auxiliar al Alto Perú reclutaba milicias en su camino para engrosar las columnas de las tropas de vanguardia, que iban comandadas por el mayor general Antonio González Balcarce. El ejército tenía la misión de afianzar la revolución de Mayo en los territorios altoperuanos, donde todavía conservaba todo su poder la corona de España, usurpada por el imperio napoleónico, e iba desde Córdoba, donde había sofocado un fuerte foco contrarrevolucionario liderado por el ex virrey Santiago de Liniers y el gobernador cordobés, Juan Gutiérrez de la Concha. En su viaje, no sólo debía pertrecharse con las colectas patrióticas que estaban a cargo de Clemente Zavaleta, en Tucumán, quien coordinaba las acciones con Juan José Castelli, el delegado del gobierno revolucionario para llevar adelante el plan de aprovisionamiento de armamentos, sino que además Ortiz de Ocampo debía satisfacer el abastecimiento de alimentos y animales, que demandaba regularidad en diferentes tramos del viaje. Casi todos los insumos que necesitó el ejército los encontró en San Miguel de Tucumán, que era ya una importante ciudad de servicios para el paso de los viajeros hacia el Alto Perú. 
   En tierras bolivianas, llegó el triunfo de la batalla de Suipacha, que envalentonó a las tropas del Ejército del Norte. Pero siete meses después, el 20 de junio de 1811, sobrevendría el desastre de Huaqui, que marcaría el fin de la campaña militar al Alto Perú de las tropas revolucionarias, quienes debieron retroceder hasta Jujuy, tras la persecución del ejército español. En Jujuy, las autoridades porteñas designaron a Manuel Belgrano como nuevo jefe del Ejército del Norte, quien se hizo cargo en la posta salteña de Yatasto y ordenó seguir retrocediendo hasta Tucumán, una retirada militar que contó con el acompañamiento de todo el pueblo jujeño, que se conoció como el Éxodo, y le permitió utilizar el método de “tierra arrasada”, con lo cual las tropas realistas no sólo no podían encontrar población sino tampoco vituallas ni ningún tipo de víveres para su abastecimiento. Esta estrategia permitió al nueve jefe militar y a los suyos llegar, en efecto, hasta las tierras tucumanas. Belgrano había viajado desde Rosario, de donde venía de enarbolar por primera vez, el 27 de febrero de 1812, la Bandera Argentina que él mismo había creado, para tomar el mando del ejército y se trasladaba en un vistoso carruaje. 

 Las tropas desmoralizadas

 El polvo del suelo tucumano ya conocía el tranco lento de los caballos cansados de Belgrano. Habían pasado en su viaje de ida hasta la tragedia del Desaguadero y ahora volvían casi en fuga, vencidos y desmoralizados. En el norte había sucedido igualmente el triunfo de Suipacha, pero la derrota de Huaqui pesaba más en las conciencias de los soldados, pesaban los muertos, la amargura de la batalla perdida, el riesgo del fracaso de la revolución de 1810 y, encima, esa sensación de terminar huyendo de las tropas enemigas. Belgrano observaba a aquellos hombres apesadumbrados, militarmente desarmados, heridos y hambrientos. Debía levantarles de inmediato la moral, para que volviesen a confiar en sí mismos y en la empresa en la que les iba la vida misma de cada uno, si quería acceder al clamor del pueblo tucumano para que desobedeciera las ordenes del Triunvirato de Buenos Aires de que continuase hasta Córdoba y dejase en la indefensión a Tucumán, ante el avance de los ejércitos españoles. Desde luego que el general que había aceptado el mando del Ejército del Norte en Jujuy no pudo desoír el ruego de los tucumanos y se quedó, incluso con un poco más de tiempo de lo que calculaba, ya que había desorientado a Pío Tristán, el jefe de los soldados realistas, quien se había convencido de que Belgrano estaba huyendo hacia el puerto, porque había elegido una ruta diferente al Camino de las Carretas.
   El general de los soldados criollos se retiró después a las afueras de San Miguel de Tucumán, mientras la fábrica de fusiles de esta ciudad reponía el armamento de las tropas. Tenía información de que el enemigo se demoraría unos días más y se instaló más al sur del casco urbano para reabastecerse de alimentos, mulas y la imprescindible caballada. Mandó igualmente a reclutar hombres del interior para formar las milicias que reforzarían a las tropas del Ejército del Norte. Toda la zona de influencia de Monteros, por ejemplo, de donde era oriundo Bernabé Aráoz, que apoyó fervorosamente la empresa militar de Belgrano, y que más tarde se convertiría en uno de los más importantes caudillos defensores de la causa republicana y federal del país, aportó generosamente sus mejores hombres para preparar al ejército para el combate inevitable con las fuerzas hispanas. Combate éste que exigía una única condición: el coraje para enfrentar al enemigo, sin pedir nada más que ese espíritu de valor por encima de cualquier otra aptitud militar, una calificación técnica de la cual estos hombres carecían por completo. 

 La desobediencia de Belgrano 

 Casi cuatro mil soldados conducía Pío Tristán en su marcha sobre Tucumán, quien decidió avanzar lentamente con la convicción de que no encontraría al ejército de Belgrano, pero éste lo esperaba, con la mitad de aquel ejército, en las afueras de la ciudad, sobre el Campo de las Carreras, un potrero ubicado al sudoeste de San Miguel de Tucumán, donde la gente asistía los domingos a carreras cuadreras, luego de disponer la reubicación de su tropa por el desvío que había decidido el español ante el incendio de los campos del acceso norte de la ciudad, desatado por Gregorio Aráoz de Lamadrid. La batalla de Tucumán terminó con una gran cantidad de bajas y la fuga de las huestes realistas hasta el territorio de Salta. En realidad, se trató de una gran pueblada que acompañó las operaciones militares del ejército belgraniano. La gente de la ciudad y del interior tucumano no quiso dejar a la exclusiva suerte militar el destino de su tierra, luego del ruego que le habían hecho a Belgrano para que se quedase a defenderla y desobedeciese a la junta de gobierno porteña. El general en jefe del Ejército del Norte, por su parte, era consciente de la inferioridad de sus tropas frente al enemigo, de la urgencia de las circunstancias -Tristán demoró unos doce días en llegar a San Miguel de Tucumán-, de la escasez de armamentos y hombres, y aceptó entonces el refuerzo popular, para lo cual apeló al profundo espíritu religioso del pueblo y echó la suerte de la batalla ofreciendo la gesta a la Virgen de la Merced, por quien los tucumanos tenían una gran devoción. Todo eso: coraje, defensa de la patria criolla que estaba naciendo y la alta religiosidad se reunieron entre las milicias del Ejército del Norte y el pueblo tucumano, decidido a levantarse en armas frente al poder colonial. El combate del 24 de setiembre de 1812 obligó a Pío Tristán a huir hacia Salta, en donde fue definitivamente derrotado unos meses después, el 20 de febrero de 1813, en la batalla de Salta. Cuatro meses de preparación de su ejército en Tucumán, le valió a Belgrano la rotunda victoria sobre las tropas españolas.

El destino de Sudamérica 

 Dicen los historiadores que ambas batallas del norte argentino, pero sobre todo la de Tucumán, fueron capitales para sellar el destino histórico del país e, incluso, del cono sur americano. Si Belgrano hubiese obedecido a los triunviros, que desde Buenos Aires dirigía Bernardino Rivadavia, se habrían perdido las provincias actuales de Tucumán, Salta y Jujuy de la conformación de su territorio definitivo, tal como antes ya se había debido renunciar a todo el Alto Perú, una región que pertenece actualmente a Bolivia. En esa dimensión histórica se inscribe la patriada que llevó adelante el pueblo tucumano hasta intervenir directamente en la lucha contra el poder virreinal, y a esa trascendencia pertenece la colaboración silenciosa y bravía de los hombres y mujeres del interior de Tucumán.
   Tiempos violentos, en verdad, los años que siguieron a 1810 fueron de gran convulsión y desconcierto, un verdadero terremoto espiritual colectivo que sacudió a los hombres y mujeres de la ciudad y del campo, frente a una realidad que exigía de definiciones tajantes por un bando o por otro, por un lado o por el otro de la guerra, por la lealtad a la corona de España o por el futuro de una patria criolla por la que se luchaba y daba la vida. Tucumán, naturalmente, quedó envuelto en esa tormenta revolucionaria y en su vientre se batía igualmente la madre de todas las batallas: la de las conciencias que adherían a una u otra bandera. La insurrección del pueblo del virreinato rioplatense de 1810 abrió un período de guerras con el poder imperial que se esparció por todo el territorio, pero de manera especial en la gobernación del Tucumán, porque representaba el nudo de ensamble con el viejo virreinato del Alto Perú, de donde precisamente bajarían los ejércitos represivos de España. De repente, la tierra tucumana estaba regada de sangre y sus campos olían a pólvora. Semejante conmoción en las aldeas y pueblos rurales no sólo trajo incertidumbre y zozobra, sino que además obligó a aquellas conciencias más rudimentarias que las urbanas -donde, sí, el debate por las opciones francas en favor del poder criollo o la fidelidad al rey español surfeaba en la cresta de la ola de aquel momento histórico- a tomar partido casi a tientas, defendiendo en consecuencia los intereses que pasaban por el sostenimiento de vidas colectivas, familiares e individuales. 
    Aquella profunda religiosidad del pueblo, por ejemplo, que en ocasión de la batalla de Tucumán sintió como un mandato de la madre de Dios su decisión de acompañar a Belgrano en el fragor del combate, también actuaba, al mismo tiempo, como un elemento de obediencia al clero rural, que muchas veces defendió el poder de la corona hispana. Ardua, muy ardua, la disyuntiva que atravesó el espíritu de gente tan sencilla y de escaso conocimiento del cuadro de situación que había desatado semejante oleaje de violencia y un temblor irremediable de las instituciones virreinales. Algunos defendían el statu quo y otros apoyaban el movimiento revolucionario, según el modo y la intensidad con que impactaban en sus vidas y en sus negocios familiares el hecho de Mayo de 1810 y sus consecuencias políticas, económicas, culturales y militares. En la ciudad, en cambio, el debate se desplazaba a mayor escala y reflejaba naturalmente el volumen de los intereses de los grandes hacendados, estancieros y los representantes de la industria local, del mismo modo que la revolución en Buenos Aires fue movilizada por los sectores de la burguesía criolla en defensa de la suerte de sus negocios. Los residentes urbanos, entonces, estaban más predispuestos a la audacia del cambio, porque en él se decidía el destino mismo de su comercio e industria. 

El desconcierto del campo 

    La población rural reflejaba sobre todo la inquietud y el desasosiego de sus protagonistas en una discusión más acotada a las cuestiones existenciales básicas. Para peor, el tránsito de los ejércitos que pasaban, se acantonaban unos meses, se armaban, se pertrechaban y abastecían, dejaba una estela de perplejidad, temores fundados y desconcierto en su comunidad, aunque es cierto que del mismo modo se beneficiaba con el comercio de las provisiones a las tropas. Numerosos voluntarios que se enrolaron en las filas belgranianas salieron del interior tucumano, de sus campos y sus campesinos. Fueron a pelear al lado de los gauchos de Güemes y de tantos otros soldados reclutados en Catamarca y Santiago del Estero, llenos de temor y sin comprender cabalmente por qué luchaban. El paso de la quietud de los días de labriegos a la militarización de sus tierras, con la presencia de ejércitos enteros que acantonaban en ellas; de la rutina de sus vidas, que las envolvían de seguridad y previsibilidad, a la incertidumbre y los miedos de la guerra, fue ciertamente un estremecimiento que sacudió de una punta a la otra al campesinado tucumano. El nuevo gobierno criollo debía atender, en realidad, dos grandes frentes de batalla: el de las tropas realistas que bajaban desde el Alto Perú y la frontera norte con los indios, sobre todo de Santiago del Estero, cuya defensa había sido desatendida para concentrar todas las milicias en el choque con las fuerzas españolas. 
    La gente del campo, sus pequeños agricultores, intentaban, en definitiva, transcurrían sus días sin demasiada conciencia de que eran tiempos históricos, cuya inflexión signaría para siempre no sólo su propio destino sino el de Tucumán y la Argentina toda. A tres o cuatro años de la Revolución de Mayo, Tucumán era, en efecto, lo que Ramón Leoni Pinto llamó “el centro estratégico de la guerra en la frontera norte”, porque su ubicación geográfica lo había convertido en “el enlace necesario entre el enemigo y la fuente de los recursos bélicos y humanos y, especialmente, en sede obligada de las fuerzas que llegaban del litoral y partían al frente de lucha, luego de ser asistidas con todo lo necesario para enfrentar a un enemigo poderoso y bien equipado”. Todo lo cual, generó una encerrona de las circunstancias históricas que obligó a las elites urbanas y a la gente de a pie a tomar partido por la revolución o por la lealtad a la corona, y luego de la poderosa influencia de los grupos dominantes en favor de la construcción de una patria criolla, a elegir entre la defensa de los intereses locales concretos o el proyecto de nación, todavía difuso y abstracto. A esa altura de los hechos y de los años, la fidelidad al rey Fernando VII, quien había recuperado la corona española en marzo de 1814, era una opción casi abandonada en el territorio de la gobernación de Tucumán, así en la ciudad como en los pueblos del interior. El peso de las clases dirigentes en la conciencia social había sido efectivo en todos estos años y la resistencia a la revolución se había apagado casi completamente. La opinión de Belgrano, en este sentido, fue fundamental no sólo desde lo militar sino sobre todo desde lo político, cuyo pensamiento orientó todas sus energías a sembrar el ideario revolucionario a través de la educación de las nuevas generaciones de dirigentes políticos, militares y económicos. 
    En lo económico, precisamente, las transformaciones que debieron soportar las reglas de todas las actividades productivas fueron de un impacto tan inevitable como consciente por los actores económicos, convencidos de la necesidad de romper con todo el andamiaje colonial que regía la economía de lo que estaba a punto de ser el ex virreinato rioplatense. Hasta en las conciencias campesinas comenzó a prender efectivamente la noción vidriosa de que estos tiempos conducían definitivamente a la independencia de las provincias rioplatenses, que los hechos de 1810 y los años violentos que siguieron habían desatado un período sin retorno en demanda de un autogobierno criollo. Porque los gobiernos que se sucedían desde entonces no habían roto definitivamente, todavía, su vínculo institucional con el titular natural de la corona de España y los tiempos actuales comenzaban ya a exigir, en este sentido, una posición más contundente. El cielo de la Argentina nueva, de sus hombres y mujeres de las ciudades centrales y periféricas, de los pueblos y aldeas del interior, comenzaba a despejarse, tras años interminables, nublados de guerras y desazón. 

© Hugo Morales Solá

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