El viaje de cada día

Hoy me levanté puntualmente a las 7. Preparé, como siempre, el desayuno para todos y miré el amanecer desde Yerba Buena, esta ciudad verde que reposa sobre las faldas del cerro San Javier, en la provincia argentina de Tucumán. Vi levantarse al sol y una mezcla de angustia y temor atravesó ese instante maravilloso de cada día. Luego, salimos a la calle y comenzó -para mí, porque allí nunca descansa- la danza cotidiana de la violencia de los automovilistas: una pequeña bocina es un insulto imperdonable, un juego de luces para pedir paso al que lleva menos apuro, pero no le importa el tránsito y circula lentamente por el carril rápido, es una provocación irresistible para responder con ofensas y agravios de toda laya. Seguí adelante, de todos modos, buscando en la indiferencia a la aliada que más se acomodaba a esta situación, pero unas cuadras más adelante el semáforo encendió la luz verde de mi calle y cuando intenté avanzar, convencido de la seguridad que daba este ordenador del tránsito, dos pequeñas motocicletas se entremetieron en vertiginosos zigzags para adelantarse a los vehículos que me acompañaban en ese momento. Desde la calle perpendicular, que tenía detenido el paso de los autos con la luz roja, otra moto se lanzó a la bocacalle a gran velocidad infringiendo la orden del semáforo, mientras unos conductores hacían riesgosas maniobras para esquivarla y arrojaban sobre su joven conductor lenguas de fuegos en los insultos que le proferían a garganta en cuello.
Sin embargo, el viaje desde mi casa a San Miguel de Tucumán debía continuar entre sobresaltos que aceleraban el corazón y tensaban más los nervios, ya erectos como agujas sobre la piel atizada de rabia. Intenté, entonces, buscar calles laterales a las avenidas de mayor circulación, para evitar embotellamientos, disgustos y peores riesgos. Pero fue inútil: desde una esquina me apareció un infaltable ciclomotor, como esos que hormiguean por miles y miles en la ciudad, y dobló en contramano, justo en contra de mi automóvil: de inmediato, le encendí las luces, porque preveía que el cruce sería en un estrecho pasadizo que había dejado una camioneta de gran porte estacionada en doble fila. En verdad, estaba con los cinco sentidos concentrados en la maniobra del encuentro, al tiempo que advertía que el motociclista no quería disminuir su velocidad, peligrosa sobre todo si circulaba en contramano. De pronto, un pequeño auto estacionado detrás de la camioneta decidió salir, al mismo tiempo, sin observar por su espejo retrovisor -o tal vez sin importarle, aunque lo hubiera hecho- y se largó a la carrera adelante mío, mientras su conductor reía a carcajadas en una conversación por teléfono celular. Llevaba a su esposa -supongo- al lado suyo y a dos pequeños hijos atrás, pero su fiesta era personal e inalámbrica. Yo, mientras tanto, no existía para él, aunque estaba muy cerca de su vehículo. No me quedó más remedio que frenar de urgencia, hasta escuchar el rechinar de las gomas sobre el pavimento y sentir que mi vehículo comenzaba a cruzarse en medio de la calzada. Alcancé a detenerlo a menos de un metro de la camioneta y del cruce con el motociclista, quien como golpe de gracia me insultaba con sus gritos en la misma ventanilla de mi puerta de conductor. Le contesté con algunos aullidos, mientras bajaba el vidrio de la ventanilla y me indignaba de impotencia. Me pregunté, entonces: ¿qué hago: vuelvo a casa o sigo adelante? Volver hubiera sido casi una cobardía o un verdadero acto de superstición. Continué. Minutos después pude llegar al centro con un escenario muy parecido, pero con la sensación de que la saña de la violencia callejera y la virulencia de la intolerancia para convivir iba creciendo en la medida en que me acercaba -e ingresaba- a las calles céntricas de una ciudad colapsada de vehículos, con escasas avenidas de drenaje vehicular y con controles definitivamente insuficientes y demasiados blandos. Allí gobernaba otro caos, dentro del gran caos del tránsito urbano de la capital provincial. Estacioné, cerré con siete llaves todas las puertas del auto, me miré, miré las caras de los transeúntes, peatones de aspecto tranquilo que pronto se transformarían en rabiosos conductores. ¿La violencia nos posee en cuerpo y alma? me pregunté de nuevo. Y si embargo solamente veía seres humanos. Traté de relajarme, mientras caminaba dejé que mis nervios aflojasen su tensión y que el corazón desacelerase su taquicardia. Quería -quiero- creer en nuestra humanidad.

Comentarios

Gaby Baigorrí ha dicho que…
Hola Hugo, sus sobrinos me recomendaron su blog y la verdad se los agradezco. Muy buenos los dos textos que leí. Con respecto a "El Viaje de cada día", siempre me sorprendo cuando vivo o veo episodios de violencia en las calles ¿No hay un límite? Parece que la intolerancia en esta jungla es ley. Lamentable. Y lo peor es que todos somos protagonistas de alguna manera. Espero más textos suyos. Saludos

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