miércoles, 27 de julio de 2011

Los menhires de Tafí del Valle y la cultura de los tafíes - Parte II

De alguna manera, las esculturas de piedra que dejaron los antiguos tafíes quisieron -y quieren, todavía- transmitir la presencia viva de este pueblo, no sólo a través de su legado cultural sino como mensaje perenne de que su extinción no significó la muerte definitiva. Todo lo contrario: murieron, sí, para nacer de nuevo en esos cuerpos inmortales de piedra, vivos y renovados, respirando entre la piel siempre nueva de la roca indestructible.
Los siglos trajeron también el incremento de la población y la creación de nuevas formas de urbanización, adecuadas a las dimensiones de aldea que ya exhibía el cuerpo social de esta comunidad. El tejido de las construcciones comenzó a enlazarse y unirse definitivamente entre las primeras estructuras grupales de edificación, que estaban reunidas sobre todo hacia la zona de La Angostura. Los primeros patios rituales cedieron después a la gran plaza colectiva de todas las ceremonias y la vida de la comunidad. Pero el conglomerado urbano importante se desplazó definitivamente hacia las alturas de Carapunco, en cuya vecindad están actualmente los restos arqueológicos de La Bolsa. Allí aprendieron igualmente las artes de la alfarería, cuya creación artística no brilló como en la piedra, sino que se mostró discreta y primaria, ruda y casi monocromática. Lo que más se conoció fue la cerámica de uso doméstico, así como alguna escasa de destino ritual.
Lo cierto fue que los menhires fueron los pontífices necesarios entre los hombres y los dioses, el puente que unía los ruegos de los tafíes con la voluntad de la divinidad creadora de su mundo. La inclinación de sus cuerpos y la orientación de sus rostros describen con claridad esa función. Siempre, en efecto, estaban mirando al Este, al punto donde nace cada día el sol, padre de todas las deidades, para que su petición tuviera una conexión directa con el astro supremo de los cielos. Ese era el sentido profundo de su presencia: presidir todas las ceremonias religiosas de las familias, primero, y del pueblo todo, después. Por eso, los patios de cada grupo familiar tenían entronizado un monolito en cuya piel de piedra podía tener inscripto las figuras de círculos concéntricos, de felinos o de víboras, incluso de serpientes con cabezas humanas. En torno suyo, se colocaba toda la ornamentación ritual y los hombres se reunían bajo la advocación de los primeros hechiceros.

Vicarios divinos

Desde luego que el avance de los siglos trajo la evolución cultural de los tafíes, su transformación en aldea demandó de nuevas costumbres y hábitos de convivencia que respondiesen a las necesidades de todas las grandes familias que habían originado este pueblo. El espíritu religioso fue desarrollándose, del mismo modo, hacia estadios superiores del alma colectiva. Pero la presencia de los dioses de piedra, hundidos en la tierra primordial de los tafíes, nunca fue abandonada, sino todo lo contrario: la vicaría divina que ejercían en la tierra tenía la obligación de tutelar a una aldea cada vez más populosa. El culto convocó cada vez más al espíritu comunitario para ir abandonando el perímetro familiar. En la zona de Casas Viejas, pueden verse todavía restos de lo que fuera uno de los más importantes centros ceremoniales, donde fue encontrada, naturalmente, una mayor concentración de menhires.
El progreso de esta cultura mojó igualmente todas las actividades económicas y políticas, así como a la dinámica social. Todo lo cual pudo absorber también del intenso diálogo intercultural con otras culturas contemporáneas de la región, cuya más poderosa influencia operó desde la cultura Condorhuasi, que se desarrolló en el valle catamarqueño de Hualfín, con quien abrieron un enriquecedor intercambio de bienes materiales y espirituales.
Lo concreto fue que los tafíes perfeccionaron notablemente su capacidad de aprovechamiento de las tierras aptas para los cultivos que practicaban, mientras al mismo tiempo ensanchaban la frontera de esos terrenos cultivables en el pequeño valle de Tafí. Otro tanto hicieron con los rebaños familiares que llegaron a convertirlos en verdaderos ganados de llamas y vicuñas. La explotación agropecuaria sistematizada les permitió a través de los siglos mejorar las especies animales para diversificar su utilidad laboral y comercial. Llegaron a criar llamas para el transporte de cargas y otras para aprovechar su lana para los tejidos, además de las que obtenían para la alimentación.

Diálogo de culturas

La coexistencia pacífica, en líneas generales, de estos pueblos de valles cercanos abrió el dialogo intercultural y el tránsito de influencias sobre los saberes de cada sociedad. El perfeccionamiento del uso del fuego y el hallazgo de minerales y metales en las montañas que los envolvían potenció su ingenio hasta crear la metalurgia, un arte que les permitió forjar piezas de utilidad doméstica, ritual y militar. Pero la alfarería rudimentaria que practicaban en el valle de Tafí sintió también el progreso que traía la interculturalidad. La cerámica exhibió entonces mejor calidad de manufactura y mayor estilo, diseño y variedad de colores en la creatividad de los tafíes. El arte sobre la piedra sintió, a su vez, el viento de los siglos que insufló sobre las manos artesanas la inteligencia modernizada para crear nuevas técnicas de cincelado, así como el descubrimiento de nuevos yacimientos de imaginación para trabajar, crear y recrear el arte sobre las rocas.
Hasta que la ciencia perdió el rastro de su existencia en el valle, alrededor del año 800 después de Cristo, esta cultura, que había amanecido un milenio antes, mostró a la historia el desarrollo cultural de un pueblo antiguo pero de abundantes potencialidades espirituales, que llegó a tapizar el valle tafinisto de aldeas tuteladas por uno o más pastores de piedra, de estatura gigantesca, capaces de tocar las nubes y hacer escuchar las oraciones de su feligresía casi al oído de los cielos. Todo el valle se pobló de ellos, de los hombres de carne y huesos y de los sacerdotes de piel de roca.

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Fuentes:
# Menhires: La verdadera historia - Centro de Rescate del Patrimonio Cultural - UNT
# Manasse, Bárbara - Una historia alternativa sobre el pasado prehispánico del valle de Tafí - Escuela de Arqueología – SECyT (UNCa)
# Geoarqueología de Carapunco, Tucumán - Andrés Gustavo Herrera - Facultad de Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo. Universidad Nacional de Tucumán.
# Vivienda vernácula del noroeste argentino. El caso de la vivienda rural de Tucumán. Siete aspectos para una definición de la vivienda rural del Valle de Tafí - Gabriela Claudia Pastor - Universidad Nacional de Tucumán.
# Reproducción social doméstica y asentamientos residenciales entre el 200 y 800 d.C. en el Valle de Tafí - Julián Salazar - Tesis doctoral en la Facultad de Filosofía y Humanidades (UNC).
# Sitios web: www.tafidelvalle.com - www.nortevirtual.com - www.naya.org.ar -www.identidadaborigen.com.ar - www.lagaceta.com.ar - www.enteculturaltucuman.gov.ar

(c) Hugo Morales Solá



martes, 12 de julio de 2011

Los menhires de Tafí del Valle y la cultura de los tafíes - Parte I

Son suplicantes eternos, que ruegan erectos desde la oscuridad de los milenios. Imploran a los cielos que manden agua para fertilizar la tierra sedienta y al calor del sol, tantas veces tibio de aquellas eras, para fecundar a los hombres y a los animales. El nombre de “menhir” los hermana con el universo de “piedras largas” -eso significa la palabra celta- que se levantan en diferentes lugares del planeta, pero ellas son recuerdos desesperados en el valle de Tafí, tal vez rogativas que se alzaban -se alzan, todavía- a los dioses de la América lejana y remota, anterior incluso a la era cristiana, para pedirles su protección entre la suma de adversidades que debe haber significado la vida y la convivencia de aquellos años casi sin memoria.
Los tafíes fueron, en efecto, la primera comunidad que decidió asentarse de manera estable en tierras argentinas unos 300 años antes de Cristo, según las primeras noticias arqueológicas que se tuvo de ellos. Habían elegido un valle de dos mil metros de altura, cuya piel tal vez no tenía, por aquellas centurias, el terciopelo verde de estos tiempos, pero era igualmente hospitalario para cambiar sus días de nomadismo, cuando la supervivencia dependía de la caza que los llevaba y traía adonde estuvieran las manadas y las bandadas de animales que les servían para alimentar a las tribus que migraban en grupos más o menos reducidos por la propia naturaleza, claro está, de viajeros interminables entre el polvo de otros valles y quebradas de las sierras del noroeste.
Es posible, en realidad, que los tafíes hayan bajado desde las alturas de la puna boliviana, movidos por la tracción nómada de la supervivencia, hasta que se deslumbraron con este valle quieto y silencioso, probablemente menos verde, probablemente más seco, pero apto igualmente como un regazo tierno de la madre tierra que los estaba esperando en el oeste montañoso de Tucumán, entre las Sierras del Aconquija, como límite occidental, y el Sistema de las Cumbres Calchaquíes que se levanta como muro oriental de la cuenca vallista, para albergarlos y abrigarlos definitivamente en el viaje de la vida. Muchos siglos después, los diaguitas llamaron al valle tal como era el paisaje que tenían ante sus ojos: “Taktillakta”, cuyo significado era precisamente "entrada espléndida", una hondonada geológica de forma más o menos triangular que tiene unos 21 kilómetros de longitud total y un ancho máximo, por el Sur, de 15 kilómetros, que se ciñe en el extremo norte. De aquella voz diaguita derivó el vocablo castellanizado de “Tafí” con que la arqueología identificó a esta cultura. Ella fue la primera comunidad sedentaria del noroeste argentino que aprendió a trabajar la tierra y recoger los frutos de esa faena y descubrió que los animales que cazaban -las llamas y las vicuñas- eran domesticables en corrales de piedra, así como aprendió también a criarlos en manadas para que les sirviera de alimento, transporte y sus pieles de abrigo. Fue entonces la primera comunidad agroalfarera, si bien su cerámica era ruda, aunque útil para los usos cotidianos. Sus habilidades, en cambio, se orientaron sobre todo a pulir y tallar las grandes piedras que yacían inertes en el valle.

El despertar de los menhires

Los tafíes despertaron efectivamente a aquellas piedras que dormían el letargo de los milenios, cuya altura llegaba a los cuatro metros, y a poco de asentarse comenzaron a erguirlas, una por una, para tallar sus cuerpos y esculpir sus rostros. Entonces sí, quedaron de pie, de cara al cielo, suplicando quizás la desesperación de una sequía interminable y la hambruna inevitable que siempre sobrevenía. Pero su silueta cincelada con figuras humanas o de los animales sagrados -se hallaron también piedras lisas, simplemente erectas- servía además para presidir el patio de todas las ceremonias comunitarias y familiares. La figura totémica de estos monolitos, que estaban enterrados profundamente para sostenerse a través de los siglos, fue tal vez la mayor expresión de la espiritualidad de los tafíes. Tal vez, el de los monolitos penitentes haya sido el culto precursor de la Pachamama, un ruego petrificado que preparó el espíritu de los hombres de la América primordial para el encuentro con la madre tierra. O tal vez hayan sido los orígenes del culto mismo a la Pachamama, diosa mayor de la divinidades indígenas desde el fondo de los tiempos. Lo único cierto es que todas las teorías que se tejieron y destejieron para tratar de leer el sentido religioso de una civilización, a través de estos rocosos mensajeros, no pueden ser más que una inmensa red de conjeturas, presunciones y supuestos -unos con más rigor científico que otros- acerca de la mística y el devocionario mágico de la cosmogonía aborigen de los tiempos más remotos de las culturas nativas americanas.
Tafí fue la primera cultura de lo que se conoce como el Período Temprano de las comunidades agrícolas y pastoriles, que marcaron el cambio más rotundo en los hábitos y modos de vida, desde que pasaron del nomadismo al sedentarismo. La vida de esta sociedad en el valle de Tafí se extendió hasta el año 800 después de Cristo, esto es, hubo una evolución social de más de un milenio que cruzó de una era a la otra de los tiempos.
Desde esa época -o un poco después, incluso- se pierden los rastros de la vida de este pueblo, por razones que todavía la ciencia arqueológica no puede desentrañar. Tal vez debió abandonar el valle que los albergó por más de mil años, porque los cambios climáticos intensos de entonces volvieron inhóspito a su hábitat, cuya fertilidad habían alcanzado a través de los siglos. Entonces, ¿los tafíes migraron desalojados por el clima adverso o por la amenaza de dominación militar y política de otros pueblos de la región? Nadie, ni la ciencia, lo puede saber con certeza. La única verdad incontrastable son los latidos concretos de los menhires y las construcciones de piedra que dejaron durmiendo bajo la tierra como el mejor producto cultural de su pasaje por la existencia.
Sus casas, en efecto, se levantaban con piedra sobre piedra y eran generalmente de forma circular o semicircular. En los primeros tiempos de su asentamiento en el valle de Tafí, se congregaban en pequeños grupos de viviendas unidos por vínculos de sangre hasta conformar núcleos familiares extensos, que estaban separados, unos de otros, cada trescientos metros, una modalidad que desnudaba todavía su espíritu errante que les impedía formar aldeas más populosas. Al principio de su historia sedentaria, aprendieron a edificar sus moradas con la técnica rudimentaria del apilado de piedras, de entrada absolutamente descubierta y, si tuvieron techo, fue con un arte no menos primitivo de paja y barro. Lo que se mantuvo siempre como espacio central de alto contenido espiritual y ceremonial, aunque no menos práctico por la perfecta funcionalidad cotidiana, fue el patio, a cuyo alrededor se iban disponiendo las viviendas de cada grupo, en la medida en que crecía la familia nuclear. Desde luego que se trataba de un espacio común para las tareas colectivas de todos los días, como la preparación y almacenaje de los alimentos y la fabricación de los utensilios, a lo que después se sumaría la rutina de los tejidos con la lana de las llamas que criaban. El patio reunía igualmente a sus miembros en comidas o cualquiera otra actividad social.
Cada grupo familiar fue ocupando, con el paso de los años, toda la superficie del valle tafinisto, a través de los que técnicamente se conoció como un “sistema de asentamiento disperso”. Elegían zonas donde la pendiente del suelo no superase el ocho por ciento y, según señala la arquitecta Gabriela Claudia Pastor en un estudio realizado sobre la vivienda de Tafí del Valle, “en una estrecha relación con las áreas de cultivo”, donde sembraban naturalmente papas, maíz y zapallo, además algunas legumbres. Desde luego que toda esta sistematización demandó un largo período de tiempo, que sirvió, a la vez, para que la evolución cultural de los tafíes sintiese el impacto de la interacción con pueblos y culturas vecinas o cercanas, como la Condorhuasi, cuyo resultado pudo verse más tarde con la creación e incorporación de técnicas novedosas de cultivos, como la experimentación de las áreas cultivables en andenes y terrazas, con un complejo sistema de riego, para mejorar el rendimiento agrícola, o de métodos de reproducción de rebaños y pastoreo en corrales de pircas circulares. Estas actividades, está claro, eran explotadas como fuentes básicas de la subsistencia de la sociedad.

La magia de las “piedras largas”

El tiempo, nuevas necesidades grupales y familiares, la influencia del intercambio cultural fueron finalmente el motor de la progreso cultural de este pueblo, cuyo perfeccionamiento en las artes de construir les permitió contar con viviendas de mayores espacios disponibles, así como fue claramente apreciable la solidez de su estructura basada fundamentalmente en la unión de las piedras de doble hilera con el barro, primero, a través del sistema de pircados, una técnica que después se fue mejorando hasta llegar a cementar las paredes con adobe. Algunos arqueólogos conjeturan que el ancho mayor de las paredes -alrededor de un metro- servía como vía de tránsito. Los techos, del mismo modo, habrían sido de paja y barro.
Pero el patio central era el protagonista más importante de la vida de los grupos familiares de los tafíes. Allí, se levantaba toda la ritualidad y la magia religiosa que practicaban diariamente y, por supuesto, un menhir enclavado en el centro de este espacio circular presidía siempre esa espiritualidad primitiva, donde cada latido de la existencia, cada pulso de la naturaleza, con los beneficios y las adversidades, era sentido como una expresión de los dioses nativos o directamente como ellos mismos. Por eso, un trueno, un rayo, la lluvia y, por fin, la madre tierra tenían entidad divina, eran dioses en sí mismos. Y siempre la “piedra larga” era el médium entre los hombres y los dioses. De ahí, la carga simbólica que tenía -y tiene- la iconografía lítica, desde las formas humanas, animales hasta la más diversa geometría circular y de ángulos rectos u obtusos, cincelada en bajos relieves y limpia de todo color sobre la piedra.
La suma de sus necesidades, como hombres y como pueblo, se resumía siempre en una sola impetración: el ruego de protección personal, familiar y social, así como a los animales y a los cultivos. La otra cara de ese pedido se traducía en solicitudes de fecundidad y fertilidad para las mujeres, la tierra y los rebaños. Es que toda la vida de la comunidad giraba en torno, quizás, de una existencia crispada de miedos y angustias inexplicables frente a una naturaleza todopoderosa e inaprensible, incontrolable y desconocida. ¿Cómo encontrar un sentido ante lo inexplicable, si no hubiese sido por el soporte mágico de su espiritualidad, donde la presencia totémica de aquellas piedras largas cumplía una función de contención de cara a tanta incertidumbre del presente y del futuro?
Más aún: un sector de la arqueología interpreta el tallado de algunos de estos monolitos como una escultura fálica que intenta representar al falo creador de los dioses. En realidad, se trataría de un culto fálico alineado a ritos semejantes de cultos ancestrales de diferentes regiones del mundo. En todas las culturas primitivas existió siempre la presencia ceremonial del falo, como el símbolo mayor de la fertilidad humana y animal, como la fuente emblemática de la vida e incluso de la inmortalidad. De allí que a un costado suyo, en un extremo del mismo patio ceremonial, los grupos familiares enterraban a los muertos, en un cementerio que estaba igualmente presidido por el menhir mágico, bajo cuya tutela descansaban los antepasados el sueño vivo de la eternidad.

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Fuentes:
# Menhires: La verdadera historia - Centro de Rescate del Patrimonio Cultural - UNT
# Manasse, Bárbara - Una historia alternativa sobre el pasado prehispánico del valle de Tafí - Escuela de Arqueología – SECyT (UNCa)
# Geoarqueología de Carapunco, Tucumán - Andrés Gustavo Herrera - Facultad de Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo. Universidad Nacional de Tucumán.
# Vivienda vernácula del noroeste argentino. El caso de la vivienda rural de Tucumán. Siete aspectos para una definición de la vivienda rural del Valle de Tafí - Gabriela Claudia Pastor - Universidad Nacional de Tucumán.
# Reproducción social doméstica y asentamientos residenciales entre el 200 y 800 d.C. en el Valle de Tafí - Julián Salazar - Tesis doctoral en la Facultad de Filosofía y Humanidades (UNC).
# Sitios web: www.tafidelvalle.com - www.nortevirtual.com - www.naya.org.ar -www.identidadaborigen.com.ar - www.lagaceta.com.ar - www.enteculturaltucuman.gov.ar

(c) Hugo Morales Solá



lunes, 24 de noviembre de 2008

¿Ha muerto el capitalismo?


De ninguna manera, desde luego, puede morir el sistema económico que trajo a Occidente al tercer milenio. Ni siquiera, ha muerto el neoliberalismo, luego de la catástrofe financiera mundial, de los últimos meses, que se llevó consigo a los más grandes íconos de la especulación capitalista en el corazón mismo de este modelo, cuyo crecimiento desmesurado en las dos últimas décadas del siglo XX permitió expandirlo como el virus del sida por casi todo el mundo.
Fue claramente una colosal burbuja planetaria, que detonó con la crisis de los deudores hipotecarios en Estados Unidos. Más de dos décadas es demasiado tiempo para dejar detrás de sí economías devastadas y una acuarela de desigualdad e injusticias sobre los países emergentes, como si el cielo de estos pueblos se hubiera oscurecido de buitres. Pero no se saciaron: a pesar de la voracidad con que deglutieron las riquezas de las naciones subdesarrolladas, fueron después por el tesoro que sostenía a la sustancia misma de su propia opulencia: los más acendrados actores del neoliberalismo se devoraron entre ellos, se tragaron a sí mismos, en una implosión fatal que los dejó impotentes, incapaces de poder sobrevivir por sí mismos.
Es cierto: no ha sido todo esto, exactamente, el capitalismo. Pero ha sido ciertamente el padre de ese engendro aciago para buena parte de la humanidad. De la matriz capitalista salió este juego mezquino que favoreció a unas minorías, esto es, ni siquiera llegaron a beneficiar a un conjunto de países, sino a los principales operadores supranacionales del modelo neoliberal: a sus compañías traficantes del uso especulativo de los capitales, que migran y se nutren sobre todo de las economías más débiles del planeta. Todo se oscureció, sin embargo, cuando comenzó el derrumbe de la catedral financiera de Wall Street y se develó la insensibilidad de una cultura económica, de cara al mundo empobrecido que lo rodeaba y del cual se alimentaba su enriquecimiento insaciable.
Dice Paul Samuelson, premio Nobel de Economía en 1970, que “esta debacle es para el capitalismo lo que la caída de la Unión Soviética fue para el comunismo”. Debería serlo, en efecto: el impacto de la crisis es de una magnitud planetaria. Pero, pese a la expresión de deseos del economista keynesiano, el ideal neoliberal sigue vivo y redivivo. Está caído, sí, auxiliado por los estados del primer mundo, que salieron diligentes a salvar las asfixias financieras de los principales agentes de las finanzas internacionales, cuyos tesoros se habían infectado con los activos tóxicos, provenientes de los créditos hipotecarios que habían repartido generosamente en la primera economía del mundo. Pero el derrumbe de la URSS fue, en todo caso, la implosión de un estancamiento económico que arrastró a la política -incluso, barrió con la institucionalidad soviética, que detonó la explosión de libertad de los pueblos sometidos al antiguo régimen- pero no alteró a las economías del mundo, sino que por el contrario consolidó la hegemonía de los Estados Unidos, como el único imperio económico, financiero y político que quedó en pie en todo el planeta.
Desde luego que volverá a levantarse el neoliberalismo dominante de estos tiempos, qué duda cabe: ya lo están apuntalando los gobernantes más importantes del planeta, porque sienten que demasiada intervención estatal puede enfermar a las economías, como sostiene el presidente saliente de los EE.UU. George Bush, en efecto, está convencido que una crisis de pocos meses no puede terminar con el esplendor de 60 años de libre mercado. Y sobre esas líneas troncales del pensamiento económico desarrollado no se discute, más allá del recambio de gobierno norteamericano, así como de las diferencias ideológicas de los gobernantes europeos. Más allá, incluso, de que la realidad haya podido contradecir la máxima que impusieron Ronald Reagan y Margaret Thatcher, verdaderos padres del ascenso global del neoliberalismo, a partir de 1981, cuando sostuvieron que el Estado no era la solución sino el problema y que el mercado y las empresas privadas eran autosuficientes. Exactamente eso fue, ahora, el Estado: la solución al caos y el descontrol que generó el mercado absolutamente desregulado.
Grandes bancos de inversión, bancos comerciales, compañías de seguros y tantos otros agentes financieros de gran poder multinacional -y aun sobre las políticas de los organismos internacionales de crédito- mostraron sus pies de barros y, por un acto reflejo, acudieron de inmediato a los gobiernos para rescatar sus capitales, alcanzados por el recalentamiento de los mercados en todo el mundo. La gran burbuja financiera internacional infló billones de euros y dólares hasta límites insoportables para cualquier lógica económica. Parecía igualmente ilógico que lo que fuera inicialmente el colapso de las “hipotecas basuras”, una suerte de parálisis de un circuito financiero bien acotado que entró en crisis cuando los propietarios de las viviendas hipotecadas empezaron a dar señales de iliquidez, pudiera ser capaz de desatar semejante desmadre de las finanzas mundiales.
Desde lord Keynes en adelante se pronostica el fin del capitalismo liberal, salvo que sobreviviese con el auxilio del Estado. Esto es lo que ha sucedido ahora, pero por el pánico a una catástrofe mayor que podría producir la mera sensación de la muerte del paradigma librecambista en la cabeza de los principales gobernantes del mundo, sean ellos adscriptos o no a este credo, el intervencionismo de los gobiernos desarrollados actúa sólo para restablecer el orden económico globalizado, regido desde los más grandes casinos financieros del mundo. Salvo algunas excepciones que se alzaron desde América Latina y sobre las cuales, por supuesto, cayó de inmediato el castigo de la segregación y el más duro aislamiento sine die. Desde todos los gobiernos del mundo se intentó evitar lo inevitable: la cara más trágica de esta hecatombe financiera se pintaría con oleadas de recesión por las economías del mundo, un tsunami planetario de despidos, la resurrección del desempleo globalizado y la restricción del crédito, como verdadero motor de la inversión productiva.
¿Alguien puede imaginar el mundo del siglo XXI sin el precepto liberal, mejor aun, sin el mandamiento neoliberal? Ciertamente, es imposible ese ejercicio de la fantasía, porque estremece el andamiaje del “establishment” internacional, cuyas inagotables riquezas dependen umbilicalmente de su fortaleza. Hay demasiado poder y dinero acumulados en este molde monetarista, que creció al rescoldo de la teoría económica de Milton Friedman. El mundo entero late en cada sístole y cada diástole de Wall Street y de las bolsas de Londres, París, Hong Kong, Tokio, San Pablo o Buenos Aires. Y, sin embargo, un mundo más justo dependería precisamente de que el sistema económico más poderoso que haya creado la humanidad cediese parte de sus dogmas, ante el peso inconstratable de la realidad, en beneficio de la igualdad de los pueblos del planeta. Si al juego libre -absolutamente libre- del mercado, los estados pudiesen oxigenarlo con pócimas de mayor control y regulación de una actividad que es incapaz de autolimitarse, como acaba de demostrarlo una vez más la crisis financiera global, el resultado sería tal vez una suerte de neokeynesianismo en beneficio de quienes soportan el mayor peso de la desigualdad y las injusticias y desde donde clama el cielo en defensa de las dignidad de seres humanos, cuyo dolor es invisible a los ojos del resto del mundo.
Muchos de esos pueblos se rindieron a los brazos de la resignación, en cuyas aguas estancadas se descompone su destino y medran los aventureros e indolentes que hacen del hambre y la pobreza el gran negocio para sostenerse y enriquecerse. Son sociedades que ya no ven -no pueden ver-, no escuchan ni sienten el perfume de la esperanza, han aceptado incluso hasta la fatalidad de morirse sin esperar ninguna solución al drama de su existencia. En los pórticos de sus ciudades luciría bien la inscripción que la imaginación del gran Dante vio a la entrada del infierno: “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate” (“Abandonad toda esperanza los que van a entrar”). Hay que vivir -y pertenecer- en la geografía de la pobreza, hay que ser parte de los millones de seres humanos que no existen, porque su existencia no tiene importancia a los ojos del poder mundial, para conocer y comprender, para sentir el dolor de la injusticia intrínseca de esta teoría monetarista. Esto, precisamente, que ahora escribimos lo hacemos desde la región más pobre de la Argentina. Pero cómo esperar sensibilidad de las conciencias de los grandes centros del poder económico internacional, si tantas veces es imposible esperar solidaridad de los polos de poder de la propia Argentina. Desde este continente justamente se viene intentando superar, desde que comenzó el siglo XXI, el modelo neoliberal que impusieron los gobiernos de los noventa, cuyos nuevos gobernantes, más allá de su calidad democrática, han sido el producto de la desesperación de los pueblos, asfixiados por las injusticias neoliberales aplicadas con un fundamentalismo mayor que la profesión de la fe liberal del mundo desarrollado. Pero hasta aquí, como se dijo, los intentos regionales de socializar las democracias latinoamericanas han pagado el precio del aislamiento internacional.
Son esas sociedades, sin embargo, los soportes de la riqueza que siempre otros detentarán. Ni siquiera les duele ya convivir con la cultura luxury, y sus estilos de pomposa ostentación, del otro lado del Ecuador, y aun entre ellas mismas, porque se entregaron, tal vez, al fatalismo y se convencieron de que la vida está regida irremediablemente por ese destino. Así vivió la “aristrocacia de banqueros”, como la bautizó Ignacio Ramonet en su habitual columna de Le Monde Diplomatique, parafraseando al escritor Tom Wolfe, de quien recordaba su novela “La hoguera de las vanidades”, donde proféticamente ya llamaba “amos del universo” a los hombres de esta privilegiada casta financiera. Una elite que alcanzó niveles inimaginables de rentabilidad y confort para su vida. Según cuentan Tim Arango y Julie Creswell, en La Nación y The New York Times, “desde mediados de los 80, los operadores, banqueros, administradores de fondos de alto riesgo y gurúes del mercado han ganado decenas de millones en los malos años y cientos de millones -un puñado de ellos incluso miles de millones- en los buenos tiempos”. Dan como ejemplo el caso de un administrador de fondos de alto riesgo que gastó más de 14 millones de dólares en 1998 en su mansión de 30 habitaciones en Greenwich, Connecticut. Pero dicen que hay también otro barómetro muy importante de la capacidad de recuperación de Wall Street: el tráfico en los clubes caros de strip-tease. “En los tiempos álgidos del boom de los 90, se veía a menudo Lincoln, Rolls-Royce y Bentleys frente a clubes nocturnos. Y según gente que conoció esa época, había grupos de brokers que todas las noches gastaban entre 50.000 y 100.000 dólares”, describen minuciosamente. En verdad, llegaron a sentirse los dueños del firmamento económico mundial. Con una pequeña notebook, desde las mesas del tradicional bar Harry’s, en Hanover Square, de Manhattan, jóvenes ejecutivos podían convertirse en millonarios en el intermezzo que va del poniente al saliente de los soles de todo el mundo. En el Sur, mientras tanto, continentes enteros se debatían fatalmente -y siguen debatiéndose, por supuesto- con el hambre, la pobreza y la muerte absurda y evitable.
Es irremediable. ¿En verdad, lo es? Desde su filosofía, por lo menos, no cabe ninguna duda que el modelo parece irreductible. Aunque ahora soplen algunos vientos de proteccionismo y de saludable intervencionismo estatal -y aun de aumento razonable del gasto público-, recomendados, incluso, por los organismos mundiales de crédito, contra todos sus principios y su historia de castigos a los países emergentes por acometer políticas en ese sentido, durante el apogeo neoliberal de los 90 que destruyó sus economías, como la de Argentina, por ejemplo. Lo que ayer fue severamente reprimido en los países pobres, ahora es auspiciado para los países ricos. Diversos analistas coinciden en que esta crisis conducirá a una convivencia multipolar en el mundo y que EE.UU. perderá, en consecuencia, su poder de dominación sobre buena parte de él. En verdad, será la hora de la justicia. Pero no es menos real que, a menos que se trate de un crack político e institucional internacional, ese resultado demandará un proceso que consumirá varias décadas, tal vez la mitad del siglo que recién comenzamos. El poder del dinero está demasiado atado al poder político en el juego financiero que gobierna actualmente las relaciones internacionales.
En la última película del realizador austríaco Erwin Wagenhofer, “Let’s make money” (“Hagamos dinero”), cuyos anuncios y comentarios ya circulan por la red, se plantea ácidamente el juego perverso de estas masas insondables de dinero que deambulan afiebradas por el mundo buscando las mejores oportunidades de inversión para satisfacer la voracidad de obtener ganancias ilimitadas, sin el menor cuidado por las economías y el medio ambiente locales. Ejemplos como las explotaciones mineras en los países más pobres de África, remiten inevitablemente a los casos de las explosiones inmobiliarias en las costas europeas del Mediterráneo o el avance irracional de los cultivos de soja en Latinoamérica, todas inversiones de naturaleza claramente depredadoras, que muestran la sinrazón del circuito planetario de la especulación financiera. Por sus venas circulan 11,5 trillones de dólares y, para los ojos de un entrevistado, allí reside el corazón de la codicia y la indiferencia del sistema sobre la gente común y los pueblos más pobres, quienes son, por lo demás, los que siempre cargan con las pérdidas, cuando -como ahora- colapsa la maquinaria especulativa.
Cuando Adam Smith estudió, en efecto, las riquezas de las naciones, el primer capital que encontró fue el egoísmo humano. Vio que, efectivamente, la mayor riqueza de los hombres, su motor más poderoso e indestructible era -y lo será, eternamente- el amor por sí mismo, excesivo, siempre desbordado, sin fuerzas naturales o artificiales que lo contengan en su quicio: incontrolable y ciego, o casi ciego, para permitirle atender -y entender- las necesidades y los intereses de los demás. Desde luego que el contexto histórico y cultural de hace 240 años -época en la que era necesario afianzar el ascenso de la naciente burguesía urbana de la sociedad británica- fue el caldo natural para que el cuerpo de sus ideas no cultivara un escándalo moral, sino que le permitió plantearlo, sobre todo, como el funcionamiento armónico de los intereses personales y grupales o sectoriales, para intercambiar sus conocimientos y habilidades, al calor de un encuadre ético que acotaba racionalmente esa fuerza natural de los hombres. Hoy, sin embargo, en un mundo que ha dinamitado precisamente los vallados morales de todo tipo, casi no existen frenos para el avance depredador de lo que fuera planteado por Smith como el saludable interés personal o, en todo caso, un egoísmo acotado por el juego colectivo. En términos económicos, la libertad de los mercados ha caído bajo el gobierno del libre flujo de los capitales por todo el mundo, sin reglas ni controles que los regulen, salvo algún mandamiento darwiniano, según el cual sobrevivirán siempre los más aptos del escenario financiero. Lo que vivimos en estos tiempos se parece mucho, indudablemente, al fin de la era de gloria de Wall Street, pero es sólo la hora en que el péndulo de la historia ha comenzado a alejarse de su esplendor, cuyos fulgores sienten el espejismo paralizante del apagón. Pero no: de ninguna manera puede morir el capitalismo, ni el neoliberalismo, como su creación más acabada, porque su energía, la misma sobre la que trabajó Smith, es inagotable, mientras exista humanidad.

jueves, 15 de mayo de 2008

El viaje de cada día

Hoy me levanté puntualmente a las 7. Preparé, como siempre, el desayuno para todos y miré el amanecer desde Yerba Buena, esta ciudad verde que reposa sobre las faldas del cerro San Javier, en la provincia argentina de Tucumán. Vi levantarse al sol y una mezcla de angustia y temor atravesó ese instante maravilloso de cada día. Luego, salimos a la calle y comenzó -para mí, porque allí nunca descansa- la danza cotidiana de la violencia de los automovilistas: una pequeña bocina es un insulto imperdonable, un juego de luces para pedir paso al que lleva menos apuro, pero no le importa el tránsito y circula lentamente por el carril rápido, es una provocación irresistible para responder con ofensas y agravios de toda laya. Seguí adelante, de todos modos, buscando en la indiferencia a la aliada que más se acomodaba a esta situación, pero unas cuadras más adelante el semáforo encendió la luz verde de mi calle y cuando intenté avanzar, convencido de la seguridad que daba este ordenador del tránsito, dos pequeñas motocicletas se entremetieron en vertiginosos zigzags para adelantarse a los vehículos que me acompañaban en ese momento. Desde la calle perpendicular, que tenía detenido el paso de los autos con la luz roja, otra moto se lanzó a la bocacalle a gran velocidad infringiendo la orden del semáforo, mientras unos conductores hacían riesgosas maniobras para esquivarla y arrojaban sobre su joven conductor lenguas de fuegos en los insultos que le proferían a garganta en cuello.
Sin embargo, el viaje desde mi casa a San Miguel de Tucumán debía continuar entre sobresaltos que aceleraban el corazón y tensaban más los nervios, ya erectos como agujas sobre la piel atizada de rabia. Intenté, entonces, buscar calles laterales a las avenidas de mayor circulación, para evitar embotellamientos, disgustos y peores riesgos. Pero fue inútil: desde una esquina me apareció un infaltable ciclomotor, como esos que hormiguean por miles y miles en la ciudad, y dobló en contramano, justo en contra de mi automóvil: de inmediato, le encendí las luces, porque preveía que el cruce sería en un estrecho pasadizo que había dejado una camioneta de gran porte estacionada en doble fila. En verdad, estaba con los cinco sentidos concentrados en la maniobra del encuentro, al tiempo que advertía que el motociclista no quería disminuir su velocidad, peligrosa sobre todo si circulaba en contramano. De pronto, un pequeño auto estacionado detrás de la camioneta decidió salir, al mismo tiempo, sin observar por su espejo retrovisor -o tal vez sin importarle, aunque lo hubiera hecho- y se largó a la carrera adelante mío, mientras su conductor reía a carcajadas en una conversación por teléfono celular. Llevaba a su esposa -supongo- al lado suyo y a dos pequeños hijos atrás, pero su fiesta era personal e inalámbrica. Yo, mientras tanto, no existía para él, aunque estaba muy cerca de su vehículo. No me quedó más remedio que frenar de urgencia, hasta escuchar el rechinar de las gomas sobre el pavimento y sentir que mi vehículo comenzaba a cruzarse en medio de la calzada. Alcancé a detenerlo a menos de un metro de la camioneta y del cruce con el motociclista, quien como golpe de gracia me insultaba con sus gritos en la misma ventanilla de mi puerta de conductor. Le contesté con algunos aullidos, mientras bajaba el vidrio de la ventanilla y me indignaba de impotencia. Me pregunté, entonces: ¿qué hago: vuelvo a casa o sigo adelante? Volver hubiera sido casi una cobardía o un verdadero acto de superstición. Continué. Minutos después pude llegar al centro con un escenario muy parecido, pero con la sensación de que la saña de la violencia callejera y la virulencia de la intolerancia para convivir iba creciendo en la medida en que me acercaba -e ingresaba- a las calles céntricas de una ciudad colapsada de vehículos, con escasas avenidas de drenaje vehicular y con controles definitivamente insuficientes y demasiados blandos. Allí gobernaba otro caos, dentro del gran caos del tránsito urbano de la capital provincial. Estacioné, cerré con siete llaves todas las puertas del auto, me miré, miré las caras de los transeúntes, peatones de aspecto tranquilo que pronto se transformarían en rabiosos conductores. ¿La violencia nos posee en cuerpo y alma? me pregunté de nuevo. Y si embargo solamente veía seres humanos. Traté de relajarme, mientras caminaba dejé que mis nervios aflojasen su tensión y que el corazón desacelerase su taquicardia. Quería -quiero- creer en nuestra humanidad.

 Mi columna en El Corredor Mediterraneo. Revista cultural de Río Cuarto. Córdoba.  https://acrobat.adobe.com/link/review?uri=urn:aaid:scds:U...